2016/04/04

Para leer a Donald Trump

Mientras las propuestas del precandidato republicano de amurallar la frontera con México y prohibir el ingreso de musulmanes siguen generando alarma y debate, conviene recordar los futuros posibles para EE.UU. –marcados por la xenofobia– que imaginaron Philip Roth, Norman Spinrad, Michael Chabon y Philip K. Dick.
Por: Jorge Poblete (@jpobletecapital)
trump
Los silbidos de las balas se escuchaban hace rato, pero fue el veterano periodista londinense Martin Wolf, quien sacó primero la artillería: “Trump es un promotor de fantasías paranoicas, un xenófobo y un ignorante. Su negocio consiste en la erección de feos monumentos a su propia vanidad”, disparó, a principios de marzo, en su columna del Financial Times.
Un tiro al que siguió una ráfaga enumerando casos de gobiernos con poderes extremos, incluyendo lo ocurrido con el presidente Paul von Hindenburg, quien nombró a Adolf Hitler canciller de Alemania, en 1933. “Trump puede no ser Hitler. Pero Estados Unidos tampoco es la Alemania de Weimar. Es incluso mucho más importante que eso”, dijo el periodista, marcando la pauta de otras duras ofensivas (verbales, por cierto) que vendrían.
Esa misma semana, la revista Time puso al precandidato republicano en su portada, con cuatro casilleros rellenos y uno por completar: Matón (sí), showman (sí), aguafiestas (sí), demagogo (sí). ¿Presidente número 45 de Estados Unidos? Sin respuesta aún. El periódico Washington Post lanzó hace unos días, luego de que su mesa editorial se reuniera con el empresario, una granada adicional: “Sus respuestas dejaron pocas dudas de cuán radical es el riesgo que estaría tomando la nación al confiarle a él la Casa Blanca”.
Así están las cosas en Estados Unidos, en una campaña que ha superado la intensidad esperable del debate en período electoral y en que declaraciones sobre construir un muro en la frontera con México (pagado por los mexicanos), o prohibir el ingreso de musulmanes al país (lo que abre la pregunta de qué otros grupos podrían sumarse al listado después) han dado paso a algo que el pueblo estadounidense conoce bien: las pesadillas del horror. Pesadillas que durante el siglo XX y también el XXI distintos escritores han expresado en ucronías: es decir, en historias sobre futuros que no ocurrieron, pero que estuvieron cerca de ocurrir, más cerca de lo que es agradable reconocer.

El candidato improbable

“Los resultados de las elecciones de noviembre ni siquiera estuvieron igualados. Lindbergh consiguió el 57% del voto popular y, con un triunfo aplastante, ganó en 47 estados”, cuenta el escritor estadounidense Philip Roth, en las primeras páginas de La conjura contra América.
Es el comienzo de una ucronía publicada en 2004 en torno a la figura del piloto Charles A. Lindbergh, quien –en el mundo que conocemos– se volvió una celebridad internacional tras realizar en 1927 un vuelo transatlántico sin escalas y el que, una década más tarde, comenzó a viajar a Alemania para informar al gobierno estadounidense sobre el desarrollo de la aviación nazi. Viajes que no resultaron positivos para los intereses de su país, ya que a Lindbergh lo cautivó lo que encontró en sus recorridos y, tras ser condecorado por el mariscal Hermann Göring, volvió a Estados Unidos, donde pronunció discursos antisemitas y bogó porque se mantuvieran neutrales en la Segunda Guerra.
“Trump puede no ser Hitler. Pero Estados Unidos tampoco es la Alemania de Weimar. Es incluso mucho más importante”, dijo el columnista Martin Wolf.
“El temor gobierna estas memorias”, dice Roth en una ucronía donde no utiliza como narrador a su alter ego Nathan Zuckerman (de novelas como Pastoral Americana o La mancha humana), sino que la voz de un niño llamado Philip Roth. Es un mundo donde Lindbergh se convierte en candidato republicano y, tras derrotar a Franklin D. Roosevelt, es nombrado trigésimo tercer presidente de Estados Unidos. Desde esta plataforma mantiene al país neutral en la guerra y, paralelamente, lanza programas (aparentemente voluntarios y de nombres amables: Buen Vecino, Sólo Pueblo) que progresivamente vuelven más difícil la vida para los judíos estadounidenses. Entonces aparecen la violencia y la evidencia de que no es imposible despertar un día y que el presidente diga que ya no eres bienvenido en tu país.

Corren tiempos extraños en Alaska

“Todos esos disturbios que están teniendo lugar en Siria, en Bagdad, en Egipto. En Londres. Gente que pega fuego a embajadas”, escucha atento el detective Meyer Landsman: “Ésa es la clase de mierda que nos espera ahora. Coches ardiendo y bailes homicidas”.
Ése es el universo en que se desarrolla El sindicato de policía Yiddish, la novela publicada en 2007 por el escritor estadounidense Michael Chabon (autor también de Chicos prodigiosos y Las asombrosas aventuras de Kavalier y Clay), en que describe un mundo que se separa del que conocemos, en 1948: ese año, la creación del Estado de Israel fracasa tras pocos meses de guerra con los países vecinos y Estados Unidos entrega provisionalmente a los judíos “un paréntesis torcido de costa rocosa” en Alaska, llamado Sitka, desde donde no se puede emigrar a otras partes de Estados Unidos, sin autorización especial.
El préstamo es por 60 años, está a pocos meses de concluir y nadie sabe bien qué ocurrirá con los tres millones y medio de habitantes de Sitka, mientras en Europa y Medio Oriente, los atentados terroristas siguen aumentando. En ese contexto de incertidumbre es que el misántropo detective Meyer Landsman, junto a su inseparable compañero Berko Shemets (un policía de dos metros y 110 kilos, de papá judío y madre de la tribu Tlingit) deben resolver un crimen de un joven drogadicto que pudo, o no, haber sido el mesías del que habla la Biblia.
“No hay nada claro sobre la inminente Revocación, y es por eso que corren tiempos extraños”, repite Landsman, en un libro donde profundiza en la dificultad de vivir en un hogar amurallado, aunque sea del tamaño de una ciudad, cuando un gobierno lo decide así.

El ilustrador del Greenwich Village

“Adolf Hitler nació en Austria el 20 de abril de 1889. En su juventud emigró a Alemania y sirvió en el ejército alemán durante la Gran Guerra. Luego intervino durante un breve período en actividades políticas extremistas en Munich, antes de emigrar finalmente a Nueva York en 1919”, escribe Norman Spinrad (autor de Pequeños héroes) al presentar su novela El sueño de hierro: una ucronía de 1978 sobre un universo en que la migración de Hitler al Greenwich Village hizo que, en vez de canciller alemán, se volviera ilustrador de historietas y luego escritor, publicando libros donde volcó su ideología de odio en clave ciencia ficción, por lo que el público estadounidense los recibió con agrado, como algo inofensivo. Después de todo, nunca conocieron al Hitler del que sí se supo en este universo.
“Los resultados de las elecciones de noviembre ni siquiera estuvieron igualados. Lindbergh consiguió el 57% del voto popular y, con un triunfo aplastante, ganó en 47 estados”, relata Philip Roth en La conjura contra América.
Es una novela dividida en tres partes: la primera es “Acerca del autor”, un par de páginas donde se habla de la biografía del escritor de ciencia ficción y su muerte en 1953 como un autor con algún reconocimiento, básicamente entre los fanáticos del género. La segunda es “El señor de la svástica”, 284 páginas donde se reproduce una novela escrita por Hitler sobre un mundo en que los “verdaderos hombres” se imponen a los “mestizos y los mutantes” a través de un genocidio y que, a su vez, funciona como una ucronía dentro de la ucronía que ya es el libro de Spinrad. Finalmente, la tercera parte de la novela es un “comentario de la segunda edición”, en que se analizan las raíces sicológicas de Hitler como autor y la popularidad que alcanzó el libro tras la muerte del escritor, y el que algunos estadounidenses, como pandillas de motoristas y grupos anticomunistas, hayan comenzado a adoptar en sus reuniones símbolos presentes en el libro, como la svástica.
El sueño de hierro es una perturbadora visión que sugiere la idea de que las decisiones personales no rescatan al mundo de un destino trágico, que ya está escrito.

El otro puerto de San Francisco

“Tenía 38 años y aún podía recordar los días anteriores a la guerra, los otros tiempos. Franklin D. Roosevelt y la Feria Mundial, el mundo mejor de antes”, escribe el narrador de El hombre en el castillo, la conocida novela de 1962 de Philip K. Dick sobre un universo en que los Aliados perdieron la Segunda Guerra contra los países del Eje y en que la costa oeste de Estados Unidos quedó bajo dominio japonés y la costa este es controlada por los alemanes.
En este libro de K. Dick (cuyas obras han sido llevadas numerosas veces al cine: Blade Runner, Minority Report) gira en torno a un puñado de personajes que, por un lado, resisten las miserias de vivir ocupados en un mundo en que el principal rascacielos de San Francisco es el del periódico Nippon Times y en que los estadounidenses nativos están relegados a puestos secundarios. Un mundo en que los alemanes tienen el monopolio de la tecnología de plástico, a partir de la cual han desarrollado una exitosa carrera espacial. El hombre en el castillo es además un universo donde hubo un genocidio en África, donde los esclavos son legales y en que la cultura norteamericana popular se ha reducido a objetos de colección (relojes de Mickey Mouse, tapas de botellas de leche) que los japoneses adquieren a altos precios.
El hombre en el castillo es un mundo sombrío, en que sus personajes encuentran consuelo consultando su futuro en los hexagramas del I-Ching, a través del cual unos pocos, muy pocos, llegan a vislumbrar la posibilidad de que el mundo en el que viven no es el universo real. •••
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