Los expertos suelen recurrir a la misma metáfora para describir el resurgimiento del Fondo Monetario Internacional: "se ha vuelto a elevar como un ave fénix", dijo Ken Rogoff, un ex economista jefe del organismo.
Antes de que la contracción del crédito disparara la crisis financiera global de 2008, el FMI había caído en la irrelevancia.
La calma relativa en los mercados y la economía mundial durante el auge posterior a 2003 implicó que menos países buscaran préstamos de emergencia. Además, persistía el resentimiento por el trato coercitivo a los países afectados por el cataclismo financiero asiático en 1997 y la crisis de la deuda latinoamericana en los "80.
Las cosas han cambiado. El FMI, que este fin de semana realiza su reunión de primavera (boreal) en Washington junto con el Banco Mundial, ha encontrado una misión en la reciente turbulencia financiera global, que involucra retomar su tarea de combatir las crisis y jugar un papel en la creación de nueva regulación. Por ejemplo, ha causado revuelo su recomendación de aplicar nuevos impuestos a los bancos para pagar el costo de futuros rescates gubernamentales.
Tras recuperar su prominencia, la pregunta es si el desafío de rescatar la economía griega será para el Fondo el equivalente a volar cerca del sol.
"Nos encontramos en una nueva fase importante de la crisis. Se ha evitado una depresión mundial", se congratuló en una conferencia de prensa ayer Olivier Blanchard, economista jefe del FMI. Y realmente el organismo puede darse crédito por esto ya que volvió a la acción para rescatar países del este de Europa que tenían grandes déficits de cuenta corriente y necesitaban préstamos para respaldar sus balanzas de pago. Letonia recibió un paquete de
US$ 10.500 millones y Hungría otro de US$ 25.000 millones, en los que a los préstamos del Fondo se agregó dinero de la Unión Europea y el Banco Mundial.
Guiado por su astuto director gerente, Dominique Strauss-Kahn el Fondo logró triplicar sus fondos disponibles a alrededor de
US$ 750.000 millones. Y, además, ha abandonado en parte las duras condiciones para los créditos —especialmente la obligación de que los países emprendieran reformas estructurales como la privatización o la desregulación— que crearon tanto resentimiento.
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