2010/04/30

El rescate griego se está convirtiendo en todo un desafío de coordinación

Por Alan Beattie



En mi opinión, hay tres motivos por los que un gobierno que atraviese una crisis financiera puede solicitar la intervención del Fondo Monetario Internacional. Primero, para obtener créditos baratos. Las tasas de interés de los programas de ayuda del FMI suelen oscilar entre un razonable 1,26% cuando se trata de cantidades pequeñas y un par de puntos porcentuales más.

Segundo, importar credibilidad política utilizando la marca del FMI. Uno puede discutir las condiciones anexas al préstamo, pero su concesión no suele ir acompañada de un derroche de dinero público.

Tercero, se consigue un importante blindaje político, desviando la indignación de la opinión pública. A un gobierno le resulta más fácil recortar el gasto público o aumentar las tasas de interés si, en lugar de asumir la responsabilidad, se la adjudica al Fondo.

La desventaja de recurrir a la intervención del fondo es el hecho de reconocer la pérdida de control.

Sorprendentemente, la forma en la que las autoridades de la eurozona han gestionado la crisis griega ha servido para evitar hacer frente a las consecuencias del estigma de la intervención del FMI y desperdiciar buena parte de los beneficios. Esta desafortunada combinación ha sido provocada por la insistencia de la eurozona en tomar las riendas, a pesar del complicado proceso de toma de decisiones.

El Consejo Europeo comenzó a hablar de un rescate a Grecia a mediados de febrero, ya tarde, y éste todavía no se ha materializado. En estos meses, las posibilidades de impago por parte de Grecia han aumentado considerablemente; la rentabilidad de los bonos griegos ha subido más de tres puntos porcentuales.

Esta clase de gestión económica no sirve precisamente para tranquilizar a los mercados: las continuas e inconclusas reuniones de los ministros de Finanzas europeos, las peleas en público sobre las condiciones crediticias, los debates sobre el papel del FMI o las dudas sobre si la legislación de la UE y la de sus miembros permitían ese tipo de rescates. La extraña propuesta de crear un Fondo Monetario Europeo sólo complicó las cosas. El retraso y la confusión han elevado las posibilidades de que se produzca un impago, echando a perder los beneficios de la intervención del FMI.

Dado que el Fondo aportará parte de los dineros, Grecia acabará soportando el estigma asociado a la intervención del FMI. Pero, parece que por razones de autoestima, la eurozona quiere ser la que aporte la mayor parte del préstamo, a intereses más altos que el FMI, e imponga las condiciones. Incluso en este momento, todavía se tardará otra semana en obtener la aprobación del préstamo por parte de los dieciséis miembros de la eurozona.

Seguir los procedimientos constitucionales es una tarea encomiable, pero esto no es el Congreso de Viena: hablamos de una crisis de deuda en los mercados de capital en pleno siglo XXI. Si se tarda casi tres meses en conseguir un acuerdo del eurogrupo, no debería ser éste el que dirigiera el rescate financiero.

El FMI tiene reglas claras: no puede desembolsar dinero sólo porque lo pida la eurozona. Pero, ¿qué sucede si el organismo y la eurozona conceden créditos, tal vez con distintos calendarios y condiciones, y uno aprueba un desembolso y el otro no? No es la primera vez que el FMI cofinancia rescates, pero no cabe duda de que es el Fondo el que ha fijado las normas. Si esta situación parece caótica, imaginen cómo podría abordar la eurozona la probable circunstancia del impago de Grecia, en especial teniendo en cuenta sus deudas a bancos franceses y alemanes.

Existe una buena razón para la existencia del FMI: convertir los créditos en épocas de crisis, dentro de lo posible, en un ejercicio más tecnocrático que político. Eso no quiere decir que siempre lo consiga, y ha sido acusado de permitir que la política interfiera en sus préstamos en el pasado. Pero en lo que respecta a rapidez, competencia técnica e inmunidad a la parcialidad política a corto plazo, sin duda supera a la eurozona en el escenario actual. Estupenda forma de gestionar un rescate.

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