2009/12/07

Una crisis global con muchas enseñanzas

Por Carlos Luppi (*) Un nuevo mundo está naciendo. La Crisis Económica Global que viene devastando Estados Unidos y Europa desde 2007 dejará, además de pérdidas cuantiosas, muchos cambios y enseñanzas: la primera y principal es la constatación irrefutable del fracaso de los fundamentos del Neoliberalismo y aún del Liberalismo Económico Clásico.

Pero hay muchos otros fenómenos políticos e ideológicos (como el nacimiento de una nueva multipolaridad, el fortalecimiento de la alianza EEUU – China, una mayor presencia del Estado, y la búsqueda de una “estabilidad con alto desempleo” como la que enfrentó John Maynard Keynes, como solución impiadosa a los errores del Primer Mundo), vinculados a este “tsunami” económico – social.

De esos y otros temas trata nuestro libro “La Crisis del “Capitalismo Salvaje” - Qué nos enseñó y cómo es el mundo que viene”, prologado por el Secretario General Iberoamericano, Cr. Enrique V. Iglesias, que acaba de publicarse.

Breve crónica de una crisis anunciadaLa crisis económico-financiera global que, pese a su anunciado fin, continúa padeciendo el mundo (el déficit fiscal en EEUU alcanzó el 14,5% de su PBI y el desempleo se ubica en 10,2%, ambos creciendo, en tanto la mayor parte de Europa está en recesión), y cuyo efecto de arrastre seguirá destruyendo activos y empleos), no admite comparación con las anteriores crisis de la época moderna, ni con las posteriores a la Globalización iniciada en 1989-1991.

Así como Uruguay fue otro después de 2002, el mundo será otro luego de la Crisis global explicitada en 2007.
Esta crisis es distinta y más abarcativa que la Gran Depresión de 1929, ya que aquella no alcanzó, por ejemplo, a la Alemania nazi ni a la Unión Soviética-URSS. También es cualitativamente distinta y de mayor alcance que las crisis mundiales ocurridas a partir de la Globalización de 1989 - 1991: la de 1994 en México, 1997 en el Sudeste asiático, 1998 en Rusia, 1999 en Brasil y algunos países de América Latina, y 2001 en Estados Unidos.

Nadie, a pesar de las afirmaciones gubernamentales, puede aún hoy vaticinar sus consecuencias, ni si habrá recaída (double-dip), ni cómo quedará el sistema global cuando termine realmente.

Este megafenómeno económico-financiero tiene caras y consecuencias muy visibles: EEUU, entre otras cosas, ha visto quebrar casi todo su sistema financiero (que fue virtualmente comprado por el Estado, para asombro del mundo), y caer sus principales empresas industriales, algunas emblemáticas como General Motors; muchos países de Europa están en recesión; China tuvo una dura caída en su crecimiento de 11% a 9%, (con baja de sus importaciones, determinantes en América Latina); hubo una destrucción de más de 70% del capital accionario de las grandes empresas y un gran aumento del desempleo, que continúa, y solamente en 2008 se perdieron más de 70 millones de puestos de trabajo; esperándose una caída de 80 millones en 2009.

Millones de personas han perdido sus viviendas en EEUU y Europa y la crisis también se ve en el otro extremo de la sociedad. Millonarios como Adolf Merckle (uno de los hombres más ricos de Alemania, con un patrimonio valuado en 7.000 millones de euros, que se arrojó bajo un tren el 6 de enero de 2009 tras una operación de Bolsa) cometieron suicidio; los tres hombres más ricos del mundo –Bill Gates, Warren Buffet y Carlos Slim- perdieron en 2008 gran parte de sus fortunas, y quedaron al descubierto estafas como la perpetrada por el financista Bernard Madoff, quien en 20 años defraudó a sus ahorristas en la cifra de U$S 50.000 millones.

Causas de un desastreComo bien señaló Paul Krugman, Premio Nobel de Economía 2008, la crisis se originó en el exceso de liquidez provocado por las medidas de la Reserva Federal que terminaron con la llamada “crisis de las empresas punto.com” (año 2001) y diez años de desregulación iniciada por Ronald Reagan.

Esa liquidez se dirigió al sector inmobiliario, horadando principios elementales de control (en el valor de los inmuebles y la capacidad de repago de los compradores), creando una inmensa burbuja, paralela a las que se formaban en Europa, al amparo de una etapa de bonanza.

Toda burbuja (crecimiento excesivo y en definitiva falso de un mercado y la cotización bursátil de sus activos) tiene su fin, y éste empezó por el sector inmobiliario de EEUU, originando la llamada Crisis subprime, debido a que su estallido se dio por la gran cantidad de préstamos otorgados sin garantías suficientes.

Esta crisis –que Krugman había anunciado en junio de 2003- también deflagró en Europa (especialmente en Inglaterra y España) y provocó diez grandes colapsos bursátiles, el primero de los cuales se dio en 2007.

El estallido de la burbuja inmobiliaria perforó el sistema financiero global y también habría horadado el espacio financiero que integran el conjunto de transacciones provenientes de fondos de cobertura y de especulación con productos financieros derivados (hedge funds), que circula electrónicamente y cuya masa –en opinión de los mismos analistas- ha sido estimada en diez veces el Producto Bruto Interno mundial, imposible de solventar.

Conscientes de la gravedad de la situación, los gobiernos de EEUU, Europa y China actuaron inmediatamente con grandes inyecciones de recursos (nada se confió al “libre funcionamiento de los mercados”), pero la crisis se extendió al sector financiero y de ahí al sector real de la economía. La única solución es el restablecimiento de la confianza de los inversores –sobre la que reposan todos los sistemas financieros del mundo- y con ella las cadenas productivas y comerciales. Ese el principal objetivo del presidente de EEUU, Barack Obama.

Desde la Gran Depresión de 1929 –que pudo haber culminado con el dominio mundial del nazismo- el mundo no enfrentó un peligro económico mayor, con sus repercusiones sociales –empleo y pobreza- y políticas, ya que estos fenómenos favorecen los totalitarismos y extremismos de todo signo.

Pero no solamente tenemos efectos económicos y sociales.

Las consecuencias de la CrisisEn opinión del autor, hay trascendentes consecuencias de la crisis en el siempre renovado debate económico, que están a la vista y deben ser desarrolladas: si 1989 significó la caída del Muro de Berlín y la implosión del llamado Socialismo Real, la crisis que estalló en 2007 significa –como afirmó Joseph Stiglitz- la caída del “Muro de Wall Street” y el fin de la ilusión del “Capitalismo salvaje” (así lo llamó Juan Pablo II), como instancia definitiva, o “el fin de la Historia” que proclamó el catedrático neoconservador Francis Fukuyama.

No sólo han caído todos los fundamentos del Neoliberalismo y su producto más perfeccionado, el Consenso de Washington, que se aplicó en América Latina pero no en el mundo desarrollado; también significó el fin de la credibilidad de los paradigmas del Liberalismo Económico Clásico, tal como se nos hizo creer que habían sido trazados por Adam Smith (quien contra lo que se cree, fue un perspicaz observador del Capitalismo y sus defectos, sólo que al igual que Karl Marx y John M. Keynes no son leídos sino “comentados” por sus respectivos fieles), y que supuestamente regían la actividad económica: ajuste automático de los mercados (o sea que nunca podría haber desempleo ni sobreproducción de bienes y servicios, ni ningún otro de los desequilibrios que hemos visto estallar); competencia perfecta e igualitaria entre todos los agentes del mercado; transparencia en la información (todos tienen acceso a todos los datos), consideración de que toda intervención del Estado es contraproducente y que éste debe limitarse a “dejar hacer, dejar pasar” (esta crisis fue enteramente provocada por privados, y la salvación se espera enteramente de parte del Estado); que no debe planificarse (cuando las grandes corporaciones planifican hasta el último detalle); que la economía de “libre empresa” asegura la selección y el triunfo de los mejores y más honestos, sin clientelismos ni amiguismos, así como el beneficio de todos, e impide la constitución de monopolios u oligopolios privados; y otros supuestos igualmente irreales cuya falsedad se ha demostrado a lo largo de toda la historia y particularmente en estos años.

Esta crisis no implicará, como debió salir a declarar Gary Becker, el heredero de Milton Friedman, el fin del Capitalismo, sino que seguramente estamos en presencia de uno de los episodios que Joseph Schumpeter definió como “de destrucción creativa”, tras del cual emergerá –como ocurrió después de la Gran Depresión- una nueva forma del referido modo de producción, seguramente fortalecido pero socialmente más fragmentado.

Otra consecuencia es que ha nacido una nueva multipolaridad, gobernada por el G – 2 que forman virtualmente Estados Unidos y China Popular, e instrumentada por la OCDE y el FMI, en la que además juegan Europa, los restantes países del BRIC (Brasil, Rusia e India), el Islam y otras fuerzas unidas por alianzas (como el llamado “Eje Bolivariano”), o por organizaciones como APEC (Foro de Cooperación Asia – Pacífico) y el Grupo de Shanghai.

El mundo desarrollado avanza hacia un capitalismo más salvaje y desigual. Las enseñanzas de Keynes permitieron superar –aparentemente, y por ahora- la Crisis, como ocurrió en 1929, pero sus recomendaciones para mejorar las condiciones de vida de la Humanidad fueron nuevamente traicionadas, como en Bretton Woods, en 1944.

Es intención del libro mencionado indagar en las características de lo que vendrá. Lamentablemente se puede adelantar que esta crisis aumentará la brecha social que se da entre países y dentro de los países, incrementando la desigualdad y la inequidad económica, política, social y cultural, en un marco de caída de valores culturales y morales que afecta a toda la Humanidad, y que sentimos profundamente en Uruguay.

Los organismos pensados por Keynes (en Bretton Woods, 1944) para lograr un desarrollo mundial equilibrado (un Banco Mundial que fomentara el desarrollo, un Fondo Monetario Internacional que compensara los déficits en las balanzas de pago, y una organización de comercio mundial que asegurara equidad en el intercambio), se transformaron, como afirmó Joseph Stiglitz, en “síndicos de los países desarrollados”.

Reformar esas instituciones fue planteado por Enrique Iglesias desde la CEPAL durante la “crisis de la deuda externa” a fines de los 80, recomendado nuevamente cuando estalló la Crisis subprime en 2007, y retomado por Gordon Brown, Nicolás Sarkozy, José Luis Rodríguez Zapatero y Barack Obama. Pero fueron derrotados en las reuniones del G – 20 de Londres y Pittsburgh, como ocurrió en 1944. Las soluciones están “en la tapa del libro” pero los conservadores del mundo impiden su implementación.

Nuestro trabajo abarca la consideración de los antecedentes principales, las crisis argentina y uruguaya de los años 2001 y 2002, hasta los últimos acontecimientos ligados al fenómeno, con sus implicancias sobre América Latina. Anexa un cuadro sinóptico de la evolución de las principales variables económicas de nuestro país entre 1983 y 2009.Agrega comentarios formulados por los representantes de la mal llamada “ortodoxia económica” (que se ha equivocado siempre, intencionadamente o no), y los de instituciones como el FMI o el BM, que no sólo se equivocaron en sus apreciaciones sino que en muchos casos contribuyeron a aumentar las consecuencias negativas, sobre todo en los países latinoamericanos.

El libro combina economía y política en el entendido de que existe una absoluta interrelación entre ambas y que negarlo (tomando una sola parte de los fenómenos) implica un error y una omisión. E incluye numerosas anécdotas con personajes concretos: la “pequeña historia” muchas veces determina “la gran historia”.

Por ello por sus páginas desfilan George W. Bush, Barack Obama, Bill y Hillary Clinton, Tabaré Vázquez, José Mujica, Danilo Astori, Julio María Sanguinetti, Luis Alberto Lacalle, Jorge Batlle, Enrique Iglesias, los economistas Joseph Stiglitz, Paul Krugman, el megaespeculador George Soros, Vladimir Putin, Hugo Chávez, Mahmoud Ahmadinejad, Gordon Brown, Nicolás Sarkozy, José Luis Rodríguez Zapatero, Joseph Schumpeter, John Maynard Keynes y Karl Marx.

El texto aspira a explicar la Crisis global, a exponer claramente sus principales características y prever –en lo posible- las derivaciones, convirtiéndose en un instrumento útil para la reflexión y la acción, como señala Iglesias en el Prólogo. Lo que vendrá

La Crisis global parece encaminarse a su fin, lo cual estaría demostrando otra vez, como si fuera necesario, que son los instrumentos keynesianos los más aptos para conducir la economía de las naciones.
En primer lugar habrá que ver cuándo termina efectivamente (porque una cosa es dejar de caer y otra retomar un ritmo sostenido de crecimiento), y cuál es el mundo –en términos de poder político, militar, distribución internacional del trabajo y situaciones nacionales- que tenemos entonces. Es necesario reiterar que la principal consecuencia negativa se encuentra en la alta tasa de desempleo, que significa una restricción en sí misma para una recuperación real.

El titular del FMI, Dominique Strauss-Khan sostuvo “estoy preocupado por los costos sociales y económicos del elevado desempleo, que persistirá incluso si los mercados se estabilizan”.

El propio secretario del Tesoro, Tim Geithner, afirmó en setiembre que “el desempleo es alto y las condiciones para su recuperación aún no se han establecido”. En octubre perdieron su empleo en EEUU 190.000 personas, y la tasa de desempleo –que determina el consumo, que explica el 70% del PBI- está hoy situada en 10,2%, cifra que superará en 2010. ¿Puede EEUU recomponer su economía con un desempleo cada vez mayor? Hay una contradicción de base.

Pero no sólo no sabemos cuándo ni cómo terminará, sino que lo más probable es que el mundo que sobrevenga sea mucho más difícil que el actual, por el simple hecho de la actuación salvaje de la “destrucción creativa” de la que hablaba Schumpeter, que el G-20 convalidó de hecho al no crear una nueva arquitectura financiera internacional (y un nuevo sistema regulatorio por el que parecen luchar Obama, Brown y Sarkozy, además de los emergentes), y no establecer reglas equitativas para el comercio mundial, cuando la crisis permitía la posibilidad de hacerlo.

Las dos últimas Cumbres del G-20 validaron como solución un nuevo “equilibrio con desempleo alto y continuo”, lo que era rechazado por Keynes, que lo veía como un “crimen social” y una fuente de problemas sociales y políticos, como en 1919 y en 1929. Pero la mezquindad de algunos es más fuerte. Estamos asistiendo al nacimiento de un nuevo orden mundial que, sin perjuicio de la importancia asignada al G-20 (y sus brazos ejecutores, la OCDE y el FMI), está claramente dominado por un G-2 integrado por las mayores potencias mundiales que son Estados Unidos y China Popular. Ese nuevo orden no contempla la reforma del sistema económico global.

Debemos considerar asimismo que vivimos una instancia histórica de globalización asimétrica, que podemos definir como la prehistoria del capitalismo y de las formaciones económico-sociales que lo superarán, porque sabemos que –a pesar del primer Fukuyama- no ha llegado “el fin de la Historia”. Es perfectamente posible alentar la esperanza de que finalmente “prevalezca la razón” y el mundo –que hoy no tiene restricciones económicas, materiales ni tecnológicas para abatir la miseria y las desigualdades, y está dividido por falsas “guerras de civilizaciones”- pueda encaminarse hacia una forma superior de producción y distribución de la riqueza.
Confiemos en que, como dijo William Faulkner al recibir el Premio Nobel de Literatura, “la condición humana prevalecerá”.

(*) Contador Público y Licenciado en Administración, con estudios de posgrado en Economía. Realizó cursos de perfeccionamiento en Alemania, Estados Unidos, Taiwán, México, Chile e Italia. Uruguay.


http://www.bitacora.com.uy/

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