2009/12/04

Un desafío mayor

Probablemente, la mayoría de las personas estará de acuerdo conmigo en que temas como el desempleo, el mercado del trabajo y la regulación laboral, si bien son importantes, cualquier discusión al respecto tiende a terminar en divisiones y discusiones políticas. Déjenme intentar motivarlos para ver si tomamos conciencia del desafío del porte de una catedral que tenemos al respecto.

En términos gruesos, podríamos dividir a los 16 millones de chilenos, en cuanto a su relación con el mundo laboral, así: 38% tiene un empleo remunerado, por cuenta propia o trabajando para un tercero. De los restantes, 35% está impedido de trabajar por ser muy jóvenes o muy viejos; y el 27%, si bien podría trabajar, no lo hace porque no encuentra un empleo o porque se dedica a otras actividades. O sea, los seis millones de chilenos que tienen un trabajo remunerado deben financiar sus propios gastos y los de otros 10 millones de chilenos que no lo tienen.

Nuestra preocupación más urgente debe ser disminuir el desempleo, al menos a los niveles previos a la crisis; es decir, a cerca de 7%. Sin embargo, ello no basta para alcanzar los objetivos más altos de derrotar la pobreza y convertirnos en un país desarrollado. Para eso, debemos ser capaces de emplear un porcentaje mucho mayor de la población. En particular, necesitamos que más jóvenes y mujeres puedan encontrar un empleo digno. En los países con mayores niveles de desarrollo que el nuestro, el porcentaje de la población activa -excluyendo niños y ancianos- que tiene empleo, alcanza al 70%. En Chile, ese guarismo no llega al 60%.

El desafío es mayúsculo: debemos emplear a más de 1,5 millón de chilenos, sin contar las nuevas generaciones, para alcanzar estándares de país desarrollado.

El aumento del empleo en Chile pasa por crear más puestos de trabajo; es decir, mayor crecimiento económico y una regulación pro-empleo. También pasa por facilitar la participación de la mujer en el mundo del trabajo y dotar a los jóvenes de las habilidades para desempeñarse productivamente. En todos estos campos hemos fallado notablemente a lo largo de nuestra historia y particularmente en los últimos 10 años.

Nuestro crecimiento ha languidecido a partir de la crisis asiática de 1999, siendo en la última década la mitad de lo que fue en la anterior. Con ello, la creación de oportunidades de empleo se ha visto notoriamente disminuida. Más allá de las disputas ideológicas internas, los rankings de instituciones internacionales de prestigio y sin tinte ideológico, como el World Economic Forum, muestran un notable deterioro de las condiciones del mercado laboral chileno.

La tasa de desempleo juvenil en Chile supera el 25% y es cercana al 50% en los estratos socioeconómicos más bajos. Por otro lado, las remuneraciones de quienes encuentran un empleo son extremadamente bajas, a menos que dicho joven tenga formación universitaria. Y la tasa de participación de la mujer es todavía muy baja en relación con los países desarrollados.

Pese a eso, Chile tiene una oportunidad única de dar un salto cuántico en términos de empleo. La tasa de fertilidad en Chile es hoy de 1,9 hijos por mujer; en 1960 era de 5,5 hijos por mujer, y en 1980, de 2,7 hijos por mujer. Este solo hecho debiera facilitar la participación más activa de las mujeres en el mercado del trabajo en los próximos años.

Por otro lado, el gran crecimiento que ha experimentado la oferta de carreras de educación superior, gracias a la inversión realizada por las instituciones privadas, ha significado que la matrícula de educación superior alcance a cerca del 45% de los jóvenes entre 19 y 24 años. En 1980, ese porcentaje era inferior al 10%; y en 1990, cercano al 15%.

Si logramos acompañar estas dos megatendencias, demografía y educación superior, con una mejor regulación del mercado del trabajo y un mayor crecimiento económico, la esperanza de crear más de 1,5 millón de empleos en un futuro cercano no será sólo una quimera, y podremos aspirar, como Irlanda y España recientemente, con condiciones similares a las que hoy enfrenta Chile, a ser países desarrollados y a derrotar la pobreza.

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