2015/06/30

Carlos Peña: “El malestar juvenil no acabará tan rápido”

Ideas de perfil se titula el nuevo libro del rector de la UDP. “El imperio de las intuiciones es una renuncia a la vida política”, dice sobre los tiempos que corren.
Por: Pablo Marín 
Fotos: Alejandro Barruel
C-PEÑA
"En vez de discutir acerca de cómo debemos vivir, el debate público o político parece estar enfocado más bien en cómo vivir de manera más eficiente, cómo elevar los niveles de productividad, bajar los niveles de cesantía y cosas así. Somos pasajeros de un barco preocupados del confort del viaje, pero no de su destino”.
Podría el lector suponer que estas palabras de Carlos Peña González (56) corresponden a una de sus comentadas columnas mercuriales o a algún discurso en su calidad de rector de la U. Diego Portales. Si ése fuera el caso, no acertaría: la frase pertenece a su libro Ideas de perfil (Hueders).
Este grueso volumen pasa revista al aparato de ideas de la modernidad a través de los pensadores que lo han ido modelando. De Kant a Wittgenstein, de Maquivavelo a Zizek. Su autor dice perseguir un propósito más bien modesto: “Poner al alcance de los lectores cultos, aunque no especialistas ni críticos, algunas de las ideas que subyacen en la cultura pública de nuestra época”.
Y en este empeño formula la pregunta que Platón consideró la más importante de todas: ¿cómo debemos vivir? Para este abogado doctorado en Filosofía, “las sociedades contemporáneas están atravesadas por profundas discrepancias respecto del sentido último de las cosas”.
El rector de la UDP, así como discute el proyecto de la modernidad propuesto por los distintos autores que perfila en su libro, aborda en esta entrevista el espíritu de los tiempos, la coyuntura política y el malestar estudiantil, que bien de cerca le toca.
-Michelle Bachelet es de quienes dicen “yo siento” en vez de “yo pienso”. ¿Dice esta frase algo acerca de nuestra época?
-Por supuesto. Algo así equivale a subjetivarlo todo. Comenzar cualquier enunciado diciendo “yo siento que” es renunciar a justificar el propio punto de vista. ¿Cómo alguien podría discutir lo que usted siente? Hay una trampa en esa frase, que concibe a la vida social como una aglomeración de subjetividades. ¿No fue eso, dicho sea de paso, lo que molestó de la entrevista de la presidenta con Don Francisco: que fue una confesión más que un discurso racional que invitaba al diálogo? La vida social –y en especial la vida pública o política– nos exige decir lo que pensamos y dar las razones que tenemos para sostenerlo. Ésa es la única manera para que los demás vean si lo que decimos o hacemos vale o no la pena. El imperio de la subjetividad, del sentimiento o de las intuiciones, es una renuncia a la vida política, la que –hay que decirlo una y otra vez– debe reposar en razones que los demás puedan comprender y criticar.
“Hasta ahora Jorge Burgos no ha mostrado tener la voluntad que todos le atribuíamos”.
-¿Qué tan deficitaria ve hoy la discusión?
-Creo que el actual momento político está caracterizado por un fenómeno que debe ser el más particular de nuestro tiempo: la presidenta de la República es una figura que construyó su liderazgo y su presencia en la esfera pública sobre la base de su subjetividad. Sobre la base de su trayectoria vital, por una parte, y de las características de su personalidad por la otra: esta capacidad que tiene de ponerse en el lugar del otro, de conectar con las audiencias, etc. En suma, tenemos una institución formal e importante, erigida sobre características subjetivas, lo que hace particularmente frágil el liderazgo de Bachelet. Al menor tropiezo de esas características, como ocurrió con el caso Caval, el liderazgo se desploma.
-Subrayar eso de “escuchar a todo el mundo”, ¿qué dice de su gobierno?
-La política es una cosa, la terapia es otra. La tarea de la política no es el mero escuchar. Su tarea consiste en recoger intereses, organizarlos a base de un proyecto colectivo y contener las expectativas de la gente. No es sólo escuchar lo que cada uno tenga que decir y alentar las expectativas o los anhelos que cada quien abriga. Eso no es política; es la disolución de la política. Es incurrir en lo que Durkheim, el creador de la sociología, llamó el mal del infinito: estimular el deseo a tal extremo, que nunca podrá ser satisfecho. Algo así conduce permanentemente a la frustración y al malestar. La política tiene la tarea de estimular y luego modelar las expectativas de las personas; pero también contenerlas dentro de los límites de lo que se estima razonable, alcanzable. En Chile hemos vivido un proceso muy rápido de modernización, de bienestar creciente para las grandes mayorías, que ha cambiado radicalmente las expectativas de las personas. En ese contexto seguir estimulándolas, en vez de proveer un marco que las oriente y las contenga, me parece un error.
-¿Vio un punto de inflexión en el discurso del 21 de mayo?
-Creo que marca un intento de corregir un error. No un error en cuanto a los objetivos globales del gobierno, sino en el sentido de cómo llevar adelante esos objetivos. Y el discurso insinuó, pero sólo insinuó, un cambio en la manera de perseguir esos objetivos. La experiencia posterior al 21 de mayo ha carecido, sin embargo, de acciones consistentes con lo que se insinuó. Hasta ahora Jorge Burgos, por ejemplo, no ha mostrado tener la voluntad que, sin embargo, todos le atribuíamos. Y lo de Jorge Insunza habla muy mal de esta administración: tropiezos semejantes, después de todo lo que ha ocurrido en Chile, son simplemente insólitos. O ridículos. Esto tiene que ver con un mínimo de profesionalismo requerido en política, que hoy pareciera estar faltando. No se trata, como dijo la presidenta, de convertir la política en una cuestión policíaca, sino de evitar que se convierta en mera improvisación o que, para justificar los errores, se quiera erigir a la falta de cuidado en buena fe.
“Tenemos una institución formal erigida sobre características subjetivas, lo que hace particularmente frágil el liderazgo de Bachelet”.
-¿Ve un deseo general de pintar una clase política “manchada”?
-Hay cierto anhelo, flotando en el debate público, de que las cosas estén tan estropeadas que finalmente tengamos que comenzar de nuevo. Ese anhelo de borrar nuestra trayectoria, hacer borrón y cuenta nueva en nuestro sistema político y nuestra cultura pública, es bastante extendido, pero convengamos que es muy adolescente. Y seguramente ese anhelo alienta el deseo, hasta cierto punto insano, de descubrir todos los días algo nuevo y peor. Sabemos que en Chile hay un grupo de políticos profesionales que vive relativamente bien, y es evidente que de algún modo se financia. Y parece obvio que la manera en que se financia no ha estado correctamente regulada. Entonces, hagámonos cargo de ese problema y, sin perjuicio de eso, persigamos aquellos casos en los que, a propósito de ese financiamiento, se han cometido delitos. Pero meter todo en un mismo saco, como si todo fuera delictual, me parece un error. Salvo que la clase política sea una banda de ladrones, cuestión que no creo, parece evidente que hay que hacerse cargo del financiamiento de la política y no hacer de cada caso el síntoma inevitable de un colapso cercano y extendido.

Días de protesta

Una parte de la presente entrevista tuvo lugar en la oficina del rector, en la Casa Central de la UDP, el mismo día en que se efectuaba una masiva marcha de estudiantes y profesores. Esa tarde, la mayor parte del alumnado de la UDP se encontraba en “paro reflexivo” –y próximos a votar un paro indefinido–, e incluso había un par de facultades tomadas por sus alumnos. El movimiento, admite el académico, es incluso “más intenso” en su universidad de lo que fue en 2011.
Según Peña, “media una diferencia fundamental entre un paro y una toma. El paro es la disposición de un grupo de estudiantes, o de la mayoría o de todos, a no participar de una actividad voluntaria, como es el proceso educativo o el diálogo académico en la sala de clases. Y así como no se puede forzar a nadie a participar de un diálogo terapéutico, tampoco se puede forzar a nadie a participar de la actividad educativa, que por definición es voluntaria. Yo entiendo que el paro es una forma de protesta que se condice plenamente con la índole de la actividad universitaria y quienes participan en ella no lo hacen coaccionados. La toma, en cambio, es un acto coactivo que supone impedir por la fuerza que otras personas, que desean hacerlo, puedan participar del proceso intelectual en el que consiste la universidad”.
“Por eso yo creo que, a primera vista y salvo casos muy excepcionales, las tomas son actos ilegítimos. Los estudiantes tienen hoy abundantes motivos para el malestar y todos entendemos eso. Entendemos que hay políticas educativas que se han diseñado apresuradamente y que son lesivas para un grupo de estudiantes, particularmente los de universidades como ésta. Todo eso es cierto. Pero de ahí no se sigue que las tomas sean la manera correcta de protestar”.
-¿Cómo definiría la actual situación estudiantil?
-Los estudiantes hoy padecen un profundo malestar que racionalizan en un conjunto de reivindicaciones, algunas mínimas –como la mejora de servicios que juzgan insuficientes– y otras máximas, como la triestamentalidad. Pero yo distinguiría entre el malestar que padecen, que es la fuente más profunda del problema, y las reivindicaciones que formulan. Y sin perjuicio de atender algunas de esas reivindicaciones, hay sobre todo que comprender un malestar que no se disipará tan rápido.
El malestar proviene, me parece, del hecho de que buena parte de los estudiantes de hoy esperan encontrar en la educación superior los bienes que ella proveía cuando ellos estaban excluidos. Y hoy, cuando se incorporan, descubren que los títulos universitarios ya no confieren el lugar de prestigio que antes aseguraban. Este fenómeno, propio de los procesos de modernización rápida y de masificación, es una de las fuentes profundas del malestar. Otra es, por supuesto, el coste del acceso; pero creo que incluso cuando se corrija este último, cuestión urgente, el malestar pervivirá. Y la tercera es la pérdida de vínculos y el enfriamiento de las relaciones sociales que produce, inevitablemente, el mercado.
“Los estudiantes descubren que los títulos ya no confieren el lugar de prestigio que antes aseguraban. Ésa es una de las fuentes del malestar”.
-¿La gratuidad universal, en este escenario, no suprimiría el malestar?
-Se aminoraría, pero no acabaría. Hay que mejorar el acceso, por supuesto, y una buena fórmula es la que ha sugerido Fernando Atria: gratuidad universal en el acceso y luego impuesto a los graduados. Pero creer que el malestar se reduce a esa reivindicación, o a otras de política pública, es un error. Hay, desde luego, una cuestión generacional. La actual generación es la más escolarizada de la historia de Chile y, por lo mismo, es más indócil. Hay también  un cambio profundo de expectativas, fruto de la modernización rápida. Y, por supuesto, existe una discrepancia intelectual, sostenida por las élites estudiantiles, acerca de la modernización capitalista. El error consiste en creer que esa discrepancia acerca del estilo de la modernización interpreta a la mayoría. En mi opinión, mal que pese, la mayoría ha sido permeada por los anhelos y la cultura del capitalismo, como lo muestra cualquier observación desapasionada de los malls o las reivindicaciones meritocráticas.
-¿Puede esperarse una salida?
-La cuestión generacional se atenuará con el tiempo. Las expectativas seguirán cambiando y el problema es modelarlas, más que estimularlas; y la cuestión intelectual se resolverá en el debate y en los medios. El problema no es de simple política pública ni se reduce a proyectos de ley. •••
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“Se confunde la tolerancia con el relativismo”
-¿Buscó en Ideas de perfil reafirmar el valor del racionalismo ilustrado?
-El libro revalida lo que usted llama el proyecto de la modernidad. Todos los autores que se revisan en él de alguna forma comparten ese proyecto: hacer de nosotros sujetos, individuos capaces de conducir su vida con autonomía. Me parece que ese proyecto sigue en pie. Como dice Zizek en alguno de sus escritos, la tarea de la hora es salvar al sujeto, al individuo que es capaz de comprender y dentro de ciertos límites guiar su propia situación.
-¿Hay una defensa del liberalismo?
-El libro no tiene ese propósito. Hay en él, es cierto, algunos autores liberales; pero ellos van desde el liberalismo más clásico (como Locke y en cierto sentido Aron) al liberalismo igualitario (como Rawls o Dworkin). En otras palabras, hay liberales de izquierda y de derecha, creyentes y no creyentes. Hay, sin embargo, algo común: todos ellos piensan que el individuo debe ser inmunizado contra la injerencia no consentida de los otros y protegido para que él pueda discernir por sí mismo el tipo de vida que quiere llevar. Todos ellos piensan que los individuos en las sociedades humanas son algo así como archipiélagos que de tanto en tanto se comunican unos con otros, pero en caso alguno seres que habitan un compacto arrecife de coral.
-A propósito de relativismo cultural, uno de los temas que aborda, hay un eslogan radial que dice: “Yo acepto que mi verdad es distinta de tu verdad”. ¿Le parece correcto?
-Desde luego decir que usted tiene su verdad y yo la mía, es un absurdo, un sinsentido. Algo así equivale a cancelar la idea de verdad o de justificación. Ese punto de vista confunde la tolerancia con el relativismo. La tolerancia es la disposición a aceptar que el otro manifieste con libertad sus puntos de vista y desenvuelva su forma de vida. El relativismo equivale a considerar verdadero un enunciado por el solo hecho de que alguien lo sostenga. La tolerancia es correcta, el relativismo así entendido, no. Del hecho que usted tenga derecho a vivir su vida como le plazca, no se sigue que usted esté siempre en lo correcto.
-En el texto, destaca que “el sentido de la vida colectiva no es hoy motivo de reflexión alguna”. ¿A qué se debe?
-Las sociedades contemporáneas parecen haber naturalizado la vida social. Todos comprendemos la diferencia entre naturaleza y cultura. La primera es la simple causalidad, la segunda es el esfuerzo reflexivo por comprenderla y así controlarla. A veces, sin embargo, parecemos creer que el modo en que vivimos, las instituciones que tenemos, no dependen de la voluntad colectiva ni del discernimiento que los seres humanos, mediante el diálogo, podríamos emprender, ni de la comprensión que podamos desarrollar, sino de fuerzas naturales que no podemos controlar. Ese punto de vista es peligroso por varios motivos: desde luego, desplaza a la política y la sustituye por las políticas públicas, desplaza el discernimiento colectivo, el esfuerzo de comprender lo que somos, por la simple técnica. Pero además olvida que la democracia descansa sobre la idea de autonomía colectiva, es decir, sobre el principio de que los seres humanos son capaces de dar cada cierto tiempo una respuesta a la pregunta acerca de cómo quieren vivir.

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