En los últimos 25 años América Latina ha experimentado avances económicos significativos. La pobreza se redujo de 48 por ciento en 1990 a 28 por ciento en 2014. Más de 80 millones de latinoamericanos pasaron a formar parte de la clase media en la última década y se estima que este segmento representa hoy en día el 34 por ciento del total de la población. La región pareciera estar en un proceso de renacimiento; sin embargo debemos tener un optimismo cauto y moderado.
El actual éxito económico de América Latina se remonta a las reformas que se impulsaron en los años noventa. Las economías de la región se abrieron a los mercados internacionales expandiendo sus lazos comerciales con Norteamérica, Europa y Asia; varias empresas estatales fueron privatizadas, lo que significó mejoras en el servicio a los consumidores; los mercados de capitales se desregularon dando paso a una ola de inversión extranjera; y los déficits fiscales y la inflación se redujeron brindando un ambiente más estable y propicio para las empresas, entre otras transformaciones importantes.
Todas estas reformas fueron fundamentales para que la región experimentara una fuerte expansión económica durante la última década, dejando atrás los desbalances macroeconómicos y la crisis de deuda externa de los años ochenta.
A pesar de estos avances, la región todavía enfrenta desafíos importantes. No se debe perder de vista que la última década ha sido buena por la bonanza en los precios de las materias primas, y no precisamente por una reconfiguración significativa de la economía latinoamericana. El mérito de varios países de la región es haber administrado bien este ciclo, pero los procesos de industrialización y de adopción de nuevas tecnologías se encuentran estancados. Seguimos siendo principalmente productores de materias primas y estamos muy lejos de convertirnos en el centro de la producción mundial de bienes de alto valor agregado. Y si no se realiza esta transformación de la matriz económica, difícilmente lograremos un crecimiento económico sostenido.
Sin embargo el desafío más grande que enfrenta América Latina es de carácter institucional. Actualmente todos los países latinoamericanos celebran comicios para elegir a sus gobernantes, pero eso no implica que cuenten con auténticas democracias liberales o republicanas. En varios países la independencia de poderes, la alternabilidad en el poder, la libertad de expresión y los derechos fundamentales de los individuos han desaparecido o están desapareciendo rápidamente. Tal es el caso de Bolivia, Ecuador y Nicaragua; no digamos Venezuela que ya es una auténtica dictadura.
Al final, cualquier avance económico que alcance la región, rápidamente puede ser revertido si no se cuenta con instituciones sólidas. Esa es la lección principal que nos brinda los 200 años de historia independiente de América Latina, siendo Argentina el mejor ejemplo de una economía que lo prometía todo hace más de un siglo, pero que actualmente está relegada a una nación de crisis recurrentes.
En este contexto el caso de Centroamérica es sumamente preocupante. Esta es la subregión más problemática del continente, por sus altos niveles de inseguridad, su evidente rezago social, el estancamiento económico y su deterioro institucional. La reducción de la pobreza y el incremento sustancial de la clase media ha sido una realidad en Sudamérica, pero no en la mayoría de países del Istmo centroamericano. Vamos muy por detrás del resto de la región.
En conclusión, hay avances importantes en varios países de América Latina que deben celebrarse, pero también hay peligros que no deben obviarse. Hoy en día subsisten muchas democracias de fachada, que hacen mucho más compleja la lucha por la institucionalidad y el Estado de Derecho. En el pasado eran claras las dictaduras que debían ser denunciadas, pero lamentablemente en la actualidad esa línea cada vez es más tenue y difusa.
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