Transparencia, trato con los empleados e impacto en el medio ambiente y en la comunidad son algunos de los factores que tiene en cuenta una empresa distinguida con el sello “B”. En Chile, estas compañías ya son 50, lo que supone que más de la mitad de Empresas B que operan en América Latina (97) son locales. De acuerdo con datos facilitados por Sistema B, organización que impulsa el movimiento en el país y que promueve la “redifinición del éxito empresarial”, estas facturan más de US$ 100 millones.
La primera compañía en constituirse como tal fue Triciclos, a cargo de Gonzalo Muñoz, en enero de 2012 y, como ella, la mayoría de las empresas B en Chile pertenecen al sector servicios. Sin embargo, a las 27 firmas de servicios que existen se les suman otras 11 en el área del retail, 10 en manufactura y dos en el sector agrícola.
Pese a que certificarse como Empresa B es una meta cada vez más perseguida —408 están solicitándolo en América Latina y 150 en Chile—, este concepto sigue sin ser comprendido por muchos que aún se mueven en el campo de las compañías tradicionales o en el de las ONG. “Una empresa tradicional tiene como principal objetivo la generación de rentabilidad financiera o retorno para sus inversionistas en el corto plazo. Las ONG o fundaciones son instituciones sin fines de lucro con objetivos sociales y/o ambientales”, explica Juan Pablo Larenas, cofundador de Sistema B en Chile. “Las empresas B se ubican entre estas dos formas: son empresas que usan el mercado para dar solución a problemas sociales y/o ambientales, generando un modelo de negocios en torno a un propósito con objetivos más allá de los financieros”.
La principal diferencia con las fundaciones, señala Larenas, es que la Empresa B puede tener 100% fin de lucro, pero usando éste no como un fin en sí mismo, sino como un vehículo para generar un fin mayor. Además de la rentabilidad financiera, estas compañías se comprometen con otras metas que giran en torno a generar bienestar social y/o ambiental en el largo plazo y hacia todos sus públicos de interés. Este compromiso se imprime en un cambio de estatutos que realiza en el proceso de certificación. “Es un compromiso en sus documentos legales y los hacen exigibles como indica la B: beneficio o bienestar, o el plan B empresarial”, asegura.
En total, en el mundo hay 996 firmas de esta tipología distribuidas en alrededor de 32 países, siendo los principales Estados Unidos, Canadá y en tercer lugar, Chile.
En 2013 en América Latina se certificaron 48 empresas B, y en el caso chileno, 25. En lo que va del año, 18 lo han logrado a nivel latinoamericano y siete en el ámbito nacional, siendo las últimas en obtener el certificado Alkance Comunicaciones y Al Gramo. “Aún es muy reciente para poder calcular el impacto real; sin embargo, es interesante constatar el crecimiento del movimiento y también del tamaño y facturación de las empresas que se están incorporando a este movimiento”, dice Larenas.
“Lo más destacable de las firmas B en Chile es que, pese a su tamaño, están influyendo en sus industrias, levantando estándares y comprobando una nueva manera de actuar, aun cuándo esto haya despertado alarmas en sus sectores económicos como el caso de Cumplo”, señala. “En otros ejemplos tenemos empresas B que han significado un aporte y relevancia en asociaciones gremiales donde operan, desde la Asociación Chilena de Emprendedores (Asech) hasta la Cámara Chilena de la Construcción”, añade.
Casos e iniciativas
Además de las empresas ya citadas, como Triciclos —que desarrolla herramientas para visibilizar el impacto ambiental de cada persona en su comunidad como sus emblemáticos Puntos Limpios— y Al Gramo —un negocio de máquinas “expendedoras” de productos de necesidad básica a granel—, varios son los ejemplos de empresas B que se han hecho conocidas en el país. Late!, fundada por Pedro Traverso, se convirtió en una promotora de una economía de mercado más equitativa, transformando el consumo de productos masivos como el agua en un acto solidario. Latitud 90, desarrollada por Felipe Howard, Alberto Gana y Nicolás Boetsch y a la que en 2011 se incorporó la familia Matetic, lleva más de 15 años generando experiencias de aprendizaje, formación y entretenimiento a través de viajes y programas al aire libre. Otra es Broota, fundada por Alejandro Pérez Spencer y José Antonio Berríos Cruzat, que se ha convertido en el punto de encuentro entre los emprendimientos y el financiamiento online.
Cabe destacar que las Empresas B en Chile se están constituyendo en una suerte de bloque con iniciativas conjuntas como “#101 Soluciones”, una convocatoria online liderada por Socialab, Avina y Sistema B, que pretende recopilar propuestas en favor del emprendimiento social y seleccionar las mejores para que el Ministerio de Economía las incluya en su agenda comprometida para los primeros cien días de Gobierno.
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