Los recientes eventos financieros y económicos han provocado gran preocupación internacional, haciéndolos parecer inesperados, especialmente a nivel de los países emergentes, como México. Dándoles, así, un aparente carácter enigmático e inusitado. Sin embargo, tales eventos se han ido fraguando en el tiempo y, como en la biología, no son producto de una “generación espontanea”, siendo en todo caso el resultado lógico de la acumulación de fuerzas y circunstancias creadas con bastante antelación. Aún más, estas circunstancias son producto de claras decisiones u omisiones de política económica.
Los acontecimientos de los mercados internacionales, los problemas financieros de China, la continuidad de la crisis Europea, la depreciación del peso y hasta las demandas populares en Brasil y Turquía son vicisitudes y riesgos anunciados desde hace un buen tiempo. Lo que resulta sorprendente es que los comentaristas convencionales traten infructuosamente de explicarlos de manera anecdótica y simplista, en tanto los indicadores de su potencial ocurrencia han estado presentes desde hace un buen tiempo.
Los problemas económicos se gestan en el tiempo, no ocurren de la noche a la mañana, aunque algunos se empeñen en suponerlo así. Técnicamente tendencias y posibles causalidades, como los síntomas y la enfermedad, enuncian siempre posibles cursos de los fenómenos económicos y financieros. Por ello es posible afirmar que en la economía como en la biología no hay generación espontanea, nada es fortuito, aunque lo parezca. Pero asumir la posibilidad de lo inesperado siempre es un buen artilugio para justificar nuestros errores, descuidos y hasta necedades, especialmente para los políticos y para quienes pretenden dogmatizar el conocimiento.
En el tiempo, sin embargo, en tanto los eventos económicos tienen siempre algún retraso o periodo de gestación y maduración, los fenómenos financieros pueden presentar sus manifestaciones en el muy corto plazo. Aunque, en general, los fenómenos financieros casi siempre tienen una razón económica que el espíritu animal del hombre, como Keynes lo apeló, los agrava. Bajo estas consideraciones, la llamada volatilidad de los mercados de las dos últimas semanas son eventos cuya factibilidad eran, de una manera u otra, esperados.
Brasil desde hace un buen tiempo alertó que la inyección de liquidez por parte de Estados unidos (USA) estaba generando el inicio de una guerra de divisas, es decir una depreciación del dólar, por la vía del exceso de oferta de la moneda verde, y una apreciación de las monedas de los países emergentes, por la vía de entrada de capitales y mayor demanda de sus monedas. Los especialistas internacionales desde hace más de dos años advirtieron que el sistema financiero Chino enfrentaba una alta fragilidad por sus altas carteras vencidas, cubiertas vía la banca oficial, pero que en algún momento se vería afectado en su liquidez y su capital.
El recuento de la crisis europea parece una historia de horror, en la que finalmente el monstruo parece salir de la pantalla haciendo que los espectadores salgan huyendo, incluidos los encargados de la sala cinematográfica. Ha corrido demasiada tinta insistiéndose que los problemas financieros, bancarios y de deuda pública de la Unión Europea (UE) eran de carácter económico y que su pretendida atención gubernamental y comunitaria sólo los agudizaría. Ello se enfatizó hace algunos ayeres desde estas páginas. Hoy los médicos, es decir el Fondo Monetario Internacional (FMI) y la Comisión Europea (CE) se culpan mutuamente (El País, 23 de junio de 2013) de que el enfermo parece estar en coma.
Indisputablemente en la economía como en la medicina no hay un único tratamiento para una enfermedad, pero lo que es necesario es hacer un buen diagnóstico y tener claras las alternativas de posibles tratamientos, para seleccionar el más adecuado y factible de llevarlo a cabo con el mejor resultado posible. No es admisible terminar diciendo que se desfalleció en el intento de lograr la cura.
Algunos países emergentes, como México, no aceptaron realmente que la crisis económica y financiera internacional más temprano que tarde acabaría por afectarlos, tanto por el cambio estructural económico que la crisis en si ha significado, como por las medidas cortoplacistas y algunas equivocadas que se han instrumentado para paliar sus efectos adversos. El anuncio de Ben Bernanke del retiro de la inyección de liquidez para el año próximo generó una caída generalizada en las bolsas y la apreciación del dólar, con la consabida depreciación de monedas locales, como el peso. Obviamente por su relación técnicamente inversa, metales como el oro y la plata también cayeron.
Algunos dicen que ello se debe a que los mercados no se equivocan, otros decimos que los que no se equivocan normalmente son los que juegan en los mercados. De esta manera, se señala que los mercados han descontado el costo de un evento adverso que puede ocurrir en el futuro mediato. Lo cierto es que el exceso de liquidez ha generado una inflación de activos, particularmente activos financieros como acciones, ciertas monedas y metales de refugio.
Ante la eventualidad de que la liquidez disminuya el precio de tales activos debe disminuir. Adicionalmente, la baja tasa que ha acompañado a la sobre liquidez por razones obvias ha tenido que subir, generando el encarecimiento del dinero en el mediano y largo plazo. Con lo que la fiesta de la bolsa parece llegar a su término y la salida de los llamados capitales golondrinos de países como México han comenzado a migrar.
Ante la profunda consecuencia de los eventos, los bancos centrales han tenido que salir a calmar los males desatados. Por lo que el Banco Central Europeo (BCE) y el Banco Popular de China (BPCH) han anunciado que mantendrán los estímulos, es decir la liquidez, lo que ha terminado por atemperar la caída de las bolsas. La Reserva Federal (RF) ha contribuido también a calmar relativamente a los mercados. El hecho es que las tasas de interés para el mediano plazo han aumentado firmemente y el costo de financiamiento de economías como España e Italia comienza a remontar.
Todo ello en un ambiente de menor crecimiento en USA, crecientes preocupaciones de la UE sobre si Grecia manifestará que la prescripción finalmente llevará al coma económico al País helénico, si la fragilidad financiera de China pondrá en riesgo la sostenibilidad de su economía y si las esperanzas de crecimiento económico de Japón se desvanecerán.
Es obvio que los procesos económicos y sus consecuencias sociales son un continuum y que el presente es el resultado de decisiones pasadas, pero cuya racionalidad pueden ser hoy cuestionables. Es irrebatible, también, que esas decisiones han correspondido a acuerdos políticos e institucionales pertinentes a ciertos momentos históricos, pero que no necesariamente resultan adecuados a las condiciones actuales.
Sobre hechos más emblemáticos, vale la pena tener presente que los problemas actuales del transporte de Brasil son un ejemplo prístino de cómo las disposiciones en la materia fueron fraguando un alto costo económico para la sociedad y el aparato productivo del país carioca. La corrupción, conocida y reconocida de ese país, ha terminado por imponer un alto “costo de transacción” casi para cualquier actividad económica y para las familias y las empresas. En ese ambiente de supuesta sorpresa, también es relevante el hecho de que Turquía requiere cada mes la entrada de cinco mil millones de dólares, que la inyección de liquidez de los países desarrollados le ha estado proporcionado.
A tales hechos la experiencia de México no es ajena. Son los casos del transporte urbano que privilegia al automóvil sobre el transporte público. De igual forma que las concesiones públicas han terminado por privilegiar los negocios privados de las carreteras, de las telecomunicaciones y hasta del transporte en contra de la economía y sociedad en su conjunto. México presume reservas que no pertenecen al país; son “prestadas” y abultadas en tanto no se decidan migrar a economías más estables y seguras. Bien se ha argumentado en este espacio que tener un tipo de cambio estable, libre entrada de capitales y una política monetaria soberana, es decir de tasas de interés, es una imposible trinidad. Sus consecuencias hoy se están viviendo.
La realidad, como en el caso de la pobreza, puede tratar de ocultarse, pero es muy triste la verdad y no tiene remedio. Sólo por ociosidad hay que pronosticar la continuación de la salida de divisas y que el aumento de la tasa es totalmente previsible, por lo que querer mantener una tasa de cambio estable con mayor crecimiento es casi un reto para hechiceros.
Ya veremos en 2014 como nos pintó realmente 2013; su primer semestre ha sido de sombríos resultados y ambiente apagado. Como no hay generación espontanea, 2014 será en mucho el resultado de las acciones económicas que se concreten en 2013.
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