
Por LUIS NASSIF
(Blog Luis Nassiff. Brasil).- Los avances de la gestión pública brasileña pudieron ser observados en el sexto balance del PAC (Programa de Aceleración del Crecimiento), divulgado el pasado viernes. Desde el lanzamiento del PAC se montó un sistema de acompañamiento y evaluación, de las obras públicas y del cronograma financiero, completo, meticuloso, cuando Dilma Rousseff era Ministra-Jefe de la Casa Civil.
En cada sector – Transportes, Energía, Saneamiento – es posible saber la cantidad de obras ejecutadas, en ejecución, las que están dentro del cronograma, las que están un poco o muy atrasadas.
A partir de esa prestación de cuentas, cada analista puede sacar sus conclusiones. Los críticos enfatizarán los retrasos y concentrarán el análisis en el desembolso presupuestario. Los defensores centrarán el análisis en el cronograma y explicarán que el pago sólo es liberado tras la obra concluida. Más que eso, con la Cámara de Gestión se creó un forum que está ayudando a hacer eficientes los principales procesos internos del Ejecutivo.
¿Donde patinan las ruedas? En la excesiva centralización impuesta por Dilma Rousseff a la acción de sus Ministros. Meticulosa, perfeccionista, conseguía afinar todos los detalles cuando estaba dedicada a la PAC. Cuando se entra en la enorme complejidad del gobierno como un todo, el juego es otro. No es más un trabajo exclusivo de acompañamiento físico de proyectos.
Es imposible que una persona sóla, por más capaz que sea, administre todas las áreas, decida sobre todos los temas, defina todos los conceptos.
El año pasado hubo un chorreo de medidas en todas las áreas, el lanzamiento de programas en todos los ministerios. Pero sólo eran autorizados tras la palabra final de la presidenta, de la corrección de cada palabra del proyecto. El resultado eran retrasos permanentes. Más que eso, falta de compromiso de los Ministros.
Racional como es, ahora la Presidente percibirá que es quimera el ansia de mantener todos los proyectos bajo control. Y ciertamente mejorará la forma de gestionar el Estado.
El primer paso sería reforzar la asesoría interna – a través de técnicos destinados en la Casa Civil (como era Dilma cuando estaba allá). Esos asesores serán los ojos y oídos de la Presidente.
Después, formará un ejército de generales – de Ministros de primer equipo, no de meros gerentes. Si por arreglos políticos se imponen ministros de más pequeño aliento, fortalézcase la Secretaría Ejecutiva con gestores de confianza. Pero déles autonomía.
En cada programa, el papel de la Presidente debería ser el de dirigir las reuniones iniciales de elaboración del proyecto, definir los puntos principales, preguntar a los participantes sobre las maneras de alcanzar los objetivos. Después, dejar por cuenta de cada Ministro, con sus asesores acompañando la implementación y reportando los datos a ella.
Y garrotazo a quien no ande en la línea o no cumpla a las expectativas.
Hoy día el papel de los Ministros es tan secundario que Dilma puede darse al lujo de mantener piezas que no funcionan. Como todos los proyectos actuales son de la Presidenta, ningún Ministro se considera con responsabilidad de prestar cuentas a la sociedad, de defender el proyecto y ni siquiera de responder por sus resultados.
No se vence una guerra con un ejército de sargentos. Mientras más pronto se despierte con esa verdad, más rápido será el arranque de las acciones de gobierno.
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