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2012/07/05

Henry Purcell, el patriarca


Portillo fue el primer centro de ski de Sudamérica y, desde que quedó en manos de Henry Purcell, no sólo se salvó de la demolición sino que, de paso, se convirtió en la gran inspiración de una familia que hoy lidera una inversión de más de 30 millones de dólares en Atacama y Torres del Paine. Pero... ¿quién es Henry Purcell? ¿Cuál es el secreto de sus negocios? ¿Cómo ha cambiado la industria del turismo en Chile en los últimos 50 años? De eso y más es lo que hablamos en esta entrevista. Aquí, el master de masters. El tata. El gurú de la nieve. El pie grande chileno. Por Sergio Paz; fotos, Verónica Ortíz.



Henry Purcell, un joven ejecutivo de la cadena Hilton, que para entonces controlaba exclusivos hoteles como el Waldorf Astoria, almuerza en la casa de sus suegros en Circus, Nueva York. En ese momento recibe una llamada. Una invitación. Una propuesta. Al otro lado de la línea Bob Purcell, el presidente de la Internacional Basic Economy Corporation –una poderosa compañía ligada a los Rockefeller– le cuenta que acaban de comprar, en medio millón de dólares, un hotel en bancarrota en Sudamérica.

-¿Quieres hacerte cargo de Portillo? -le dice el tío Bob a Henry, su sobrino.
Purcell, un energético joven de 26 años recién graduado en administración hotelera en Cornell, no tiene idea de dónde está Portillo. Pero él siempre ha soñado con una aventura real, de verdad, y acepta.
Mal.

-No pensaba con qué me iba a encontrar. Y en un principio quedé muy desilusionado –recordaría Purcell, años después.
En Cerrillos, Santiago, lo espera un fornido Chevrolet a bordo del cual repta hacia la cordillera. Es el verano de 1961 y, tras un duro viaje por un camino de tierra, Henry enfrenta la realidad: una gigantesca mole pintada de rosa furioso. Es el fracasado Hotel Portillo: un proyecto de la Corfo y Ferrocarriles del Estado que, cuando se inauguró, se pensaba que sería el St. Moritz chileno. Pero no.

Purcell entra. Sube las escaleras. Y, en el segundo piso, donde queda el estar, ve la cama del administrador arremolinada en el suelo. Y, junto a las frazadas, un cordero reposando.

Henry Purcell comprende, de inmediato, que hay mucho que hacer.

Unos días después parte a Los Andes y compra loza, sábanas, toallas. Pronto contacta a Needham y Grohamann, una empresa estadounidense de relaciones públicas, con la idea de cambiar la imagen corporativa que desde ese minuto estará orientada al mercado europeo y norteamericano. Por lo mismo, su primera medida es repintar los muros. Luego, estratégicamente, chartea un avión que saldrá desde Nueva York con invitados estrellas; entre ellos, Cliff Taylor y John Randolph Hearst. Pero se acerca el invierno. Y Purcell, quien ni siquiera sabe esquiar, aún no imagina lo gélido que puede llegar a ser el corazón de los Andes.

Las tormentas invernales ya están ahí y también, los líos. Los trabajadores del Transandino, que han iniciado una huelga, dejan abiertas las puertas de los túneles y cuando el tren reanuda su marcha, ya no puede pasar pues la nieve tapona la ruta. Desesperado, el propio Henry toma una pala e intenta despejar el camino. Hay toneladas de nieve y pronto se acaban los alimentos. El viento arranca los postes de Portillo 1, la primitiva línea telefónica.

Henry, el boss, el nuevo jefe, el gringo loco, el hombre que sabe que desde ahora en adelante debe ser el más duro entre los duros, consigue que aviones arrojen sacos con comida para sobrevivir. Luego la tormenta amaina. Las visitas se acercan pero, cuando ya están en el tren, una avalancha cae sobre la línea. Recién en el ocaso, entumecidos, los invitados logran llegar a Portillo. El pisco sour está listo para la fiesta. Afuera sigue nevando. Suena la música. Para Henry Purcell ha comenzado otra vida. Y para Portillo, también.

Desde entonces han pasado 49 años y Purcell ya tiene 78. Hoy Portillo, lejos de ser el extravagante hotel que perdía dinero a fines de los 50, se ha consolidado como un resort invernal con características únicas en el mundo.

-Hoy no hay –dice Henry Purcell, en las oficinas de Portillo en Santiago– otro centro de ski como este y eso es justamente lo que vendemos. El extranjero viene porque esto es distinto. El modelo de Portillo es ofrecer una vida íntima, relativamente tranquila, donde la gente puede esquiar sin colas, con un servicio hotelero muy personalizado. Todo lo contrario de lo que son los centros de ski hoy en día.

Se estima que Portillo invierte, cada año, al menos un millón de dólares en mejorar su infraestructura. Es lo que le permitió ser el primero en tener un sistema de nieve artificial. Y ahora se apresta a construir un moderno spa conectado al hotel.

Me consta: fuera de Chile, al menos entre los fanáticos del ski (que no son pocos), Chile es conocido por hitos como Pascua, Patagonia, Atacama y también Portillo. Es lo que explica la anual peregrinación de clientes/fans; incluidas las familias Setúbal, dueña del banco Itaú; o los Fasano, propietarios de unos de los holdings hoteleros más grandes de Brasil. Lista a la que se suman Mauricio Macri y uno de los hermanos Forbes, de Estados Unidos.

Fue en medio del más reciente éxito que Henry Purcell y sus hijos (Miguel, actual gerente de Portillo y Tim, el fundador de Linzor Capital), más Carlos Ingham (también de Linzor) y Jack Bigio crearon Katari: una dinámica sociedad con la que levantaron el exitoso hotel Tierra Patagonia en San Pedro. Y un año después, con la inclusión de la familia Matetic, el no menos premiado hotel Tierra Patagonia, cerca de la portería Sarmiento en Torres del Paine. Ambos proyectos, marcados por la que debe ser, sin duda, la marca de fábrica de los Purcell: alta capacidad de explorar nuevos mercados con potencial de desarrollo. Gringos/chilenos en los negocios.
En la cordillera –justo mientras hablamos con Henry en Santiago– han comenzado las primeras nevadas de la temporada.

-¿Cómo han andado los nuevos hoteles?
-Tierra Atacama muy bien, excelente. Tierra Patagonia partió en diciembre y perdimos casi inmediatamente porque tuvimos que evacuar a los pasajeros por el incendio. Habíamos inaugurado apenas ocho días antes. Pero, bueno, la idea era diversificar nuestras operaciones.

-¿Katari, la sociedad que crearon, piensa construir más hoteles?
-Es posible, pero primero queremos estar seguros de que los dos nuevos anden bien. Suponiendo que no haya más terremotos, incendios o cosas así, tras un par de años debiéramos hacer algo más. Pero aún no tenemos un proyecto concreto. Aún estamos viendo distintas alternativas.

-¿Planean construir otro centro de ski?
-No. Ya tuvimos uno: La Parva. 

-A propósito, ese centro celebra esta temporada 50 años, de los cuales usted estuvo ahí casi 20. ¿Cómo recuerda los años La Parva?
-Muy interesantes. Yo tomé La Parva el 62 y la vendí creo que el 80. Cuando llegué, La Parva tenía un andarivel de silla, traído de una mina del norte, adaptado. Lo primero fue tratar de mejorar los andariveles, e instalamos varios modernos. Más tarde desarrollamos nuevos sectores, arriba del centro. Fueron años muy buenos pero el problema era que, si había hay un mal año, el problema se duplicaba con Portillo. Y cada vez estábamos al borde de una terrible tragedia.

-¿Cómo ve a la industria del ski chileno? ¿Hay espacio para crecer más?
-Desde el punto de vista local, el crecimiento es marginal. Sin embargo, internacionalmente, hay muchísimas posibilidades. Todos los norteamericanos, europeos, brasileños y argentinos son posibles clientes.

-Hace poco se inauguró el Puma Lodge; en Corralco se anuncia un nuevo lodge que costó tres millones de dólares; Valle Nevado tendrá desde este año una góndola; en Farellones cada año se abren nuevos hoteles. Pese a que, hablamos de nieve, todo indica que esta es una industria en llamas. En 10, 20 años más, ¿la escena será igual? ¿O distinta?
-A mí no me extrañaría ver otra área de ski en la zona central, pues tiene muchas cosas que son muy buenas; de partida, grandes pueblos cuyos habitantes buscan entretención todo el tiempo. Hay lugares en la cordillera donde se podrían desarrollar centros de ski muy interesantes, especialmente ahora que ha cambiado la forma en que los chilenos ven la montaña. Hoy hay más entusiasmo. Los padres han enseñado a los hijos y los hijos a los nietos. En Chile ha crecido mucho el número de esquiadores.

-Y yendo a lo general ¿cómo ha cambiado, en relación a cuando llegó, la atmósfera para hacer grandes inversiones de turismo en Chile?
-El turismo en Chile es mucho mejor que antes por varias razones. Una es la conectividad. No solamente hay mejores caminos, mejores puertos, mejores aeropuertos. Chile, además, tiene una nueva telefonía y las cosas ahora son bastante distintas a como eran tres, cuatro décadas atrás. Cuando llegué a Portillo había una línea que se llamaba Portillo 1. Y cuando querías hablar larga distancia, tenías que llamar a Los Andes y convencer a la operadora para que te comunicara. Era bien folklórico todo. Muy, muy difícil.

-¿Y qué hay con el ambiente político? En el caso de la nieve, sin ir más lejos, los gobiernos nunca se la han jugado por el sector. Carlos Ibáñez del Campo, por ejemplo, ni siquiera quiso ir a la inauguración del hotel Portillo.
-Antes todo era complicado, tremendamente burocrático. Chile vivió una etapa de muy poco interés de los gobiernos, simplemente, porque no se creía en el turismo. Creían que estábamos demasiado lejos y, por lo tanto, que nadie iba a llegar. Uno tenía que hacer mucho por su cuenta, y eso no era fácil.

-¿Hoy hay más apoyo?
-Sí y es más fácil. Con la actual subsecretaría de Turismo, por ejemplo, ha habido un cambio importante y ahora hay con quién dialogar. Desde hace un tiempo, además, contamos con un organismo que toma plata de los privados y del gobierno y la invierte en promoción y eso, indudablemente, es un paso adelante. Aún, eso sí, estamos lejos de los países con mucha experiencia en turismo como España, que tiene grandes presupuestos y hoteles, playas, centros de ski, en fin.

-¿Cree que Chile es realmente un país privilegiado? ¿O es sólo parte del chauvinismo local?
-Chile es un país con tremendas oportunidades para el turismo, pero con muchas dificultades, también. Y uno de los principales problemas siguen siendo, justamente, los caminos. La Carretera Austral, por ejemplo, es muy bonita, pero no todos los turistas la van a encontrar cómoda. Moverse ahí es realmente un problema. Para llegar al hotel Tierra Patagonia, sin ir más lejos, los pasajeros deben bajarse del avión y andar tres horas en van hasta Natales. Más una hora hasta la entrada del Paine. ¡Cuatro horas en total! En circunstancias que si Natales tuviera un buen aeropuerto, sólo sería una. Entiendo, en todo caso, que se está trabajando en ello y ya en el verano podrán aterrizar en Natales los vuelos de Lan y Sky. Lo que quiero decir es que una buena conectividad es clave para el desarrollo de Chile.


El maestro, la leyenda
Lo reconozco: quien escribe es fan incondicional de Henry Purcell. Y, en ese carácter, debo haberlo entrevistado cinco, seis veces. Varias de ellas, mientras editaba Cocina con historia: las mejores recetas del Hotel Portillo, un grueso libro que mezclaba ricas recetas con memorabilia.

¿Lo conozco? No mucho. Un poco. Henry Purcell es un hombre cariñoso, amable, aunque es mejor ni hablar con él cuando anda de malas pulgas. Si está de buen humor, uno le pone play y el tata se larga. Habla en voz baja, casi susurrando, como si siempre estuviera en la montaña con la conciencia de que, si alzara la voz, podría provocar una avalancha.
No sé: en el último tiempo he conocido gente igual de exitosa que Henry Purcell. Y quizás es cosa común entre quienes hacen las cosas bien que siempre hablan en voz baja. Como quitándose mérito. Como queriendo decir que nada de lo que han hecho es realmente importante.


Pero no es verdad.
Basta sólo pensar en el caso Portillo; un hotel impulsado por Martín Lira en los 40, en una clásica parada del Transandino donde noruegos como Rosenquist, Hermudsen y Berg, todos trabajadores del ferrocarril, habían sido los primero en esquiar en Chile.
Apoyados por Ferrocarriles y después por la Corfo, Lira y sus secuaces levantaron un insólito hotel que, pese a todo el cariño empeñado, nunca funcionó porque, en el fondo, todos pensaban que era absurdo. Raro. Inentendible. La gente en Chile no quería la nieve: la nieve no era más que sinónimo de frío o, a lo más, de excursionistas perdidos. Por lo mismo, Portillo pronto quebró y quedó abandonado. A merced de la nieve y el viento.

Pero con la llegada de Henry Purcell todo cambió. Y, desde entonces, el hotel no sólo pudo funcionar normalmente, sino que además se transformó en un mito del que se hicieron fieles clientes los Ibáñez, los Luksic, los Yarur, los Von Appen, los Bezanilla; Fernando Léniz, Mario Lobo, Vicky Gancia, Jorge Errázuriz, Felipe Briones, León Avayú y tantos otros. Estar en Portillo era estar en Chile, pero a la vez no en Chile. Ahí las cosas se hacían de un modo distinto.

Por lo mismo, hablar de Portillo como de un hotel, incluso como de un centro de ski, es quedarse corto. Cuando leyendas como Arturo Hammersley, Chaco Domínguez y Tito Belledone anunciaban que el ski chileno podía ser de alta competitividad, en Portillo ya enseñaban grandes del mundo, partiendo por el francés Emile Allais. Y eso es parte del mito, como saber que fue en Portillo donde Fidel Castro (en visita oficial) no tuvo otra que comer de su propia medicina: chancho chino. O que ahí durmieron los Kennedy, los Rockefeller. O que ahí entrenó Hermann Maier antes de arrasar en la Copa del Mundo de Suiza en el 2003, cuando ya nadie daba un peso por él.

Y, bueno, si el mito existe es porque existe Henry Purcell: otro fanático que, hasta el día de hoy, cada mañana está ahí sacándoles filo a los cantos de los esquís en el mesoncito que tiene junto a su escritorio en Portillo.

-Tras tantas décadas trabajando en turismo, ¿cuáles son, según Ud., los tres principios que no se pueden transar para tener éxito? ¿Cuáles son las recetas de Henry Purcell?
-La primera receta es que no hay receta. Portillo ha ido buscando, desarrollando su propio camino desde que empezó. Y lo que a nosotros nos funcionó no es una receta que otros centros puedan aplicar. Sí creo que el nuevo turismo va en la dirección en la que hemos estado caminando hace ya tiempo: hoteles chicos, como los nuevos que hemos hecho, donde la gente se sienta cómoda y relajada. Hoteles con más y mejores servicios. Sin televisión. Nosotros no tenemos televisores en las habitaciones.

-Ese es un buen principio. ¿Y el segundo?
-Servicio. El servicio hay que darlo. Y eso es algo que requiere mucha paciencia. No es fácil mantener una sonrisa y capacidad de ayudar a la gente desde las 8 de la mañana hasta la medianoche. Pero lo intentamos. Y, por eso, en Portillo decidimos que siempre estaríamos en el comer: desayuno, almuerzo y comida. Cualquiera se puede acercar a nuestra mesa y decirnos que hay un problema.

-En Chile, durante muchos años, se instaló la idea de que tenemos lindos paisajes, pero mal servicio.
-Hace poco leí un artículo en el que se planteaba la idea de que los garzones argentinos tienen buena memoria, a diferencia de los garzones chilenos. ¿Sí? No me convence la idea. En Chile el servicio es bueno y, desde la gerencia, es algo que siempre se puede desarrollar aún más. ¿Cuál es el camino? Decidirse a hacerlo. Eso es todo. Aunque, claro, no es fácil. El servicio es una actitud y no algo que se pueda aprender. 

-¿Por qué vive en Chile?
-Vivo en Chile porque quiero vivir en Chile. Vine hace más de 50 años y me encontré con un lugar y con gente que, en general, me gustaron mucho. Hay mucho bueno en Chile. No es una cosa: es un conjunto de cosas. Me gusta la vida de familia acá; la importancia que tienen los niños, el sentido de familia. Hay mucho respeto por la familia. 

-El de ustedes es, justamente, un negocio familiar. ¿Es mejor trabajar en familia?
-Yo lo encuentro genial, porque me gustan mucho mis hijos. Nos llevamos bien y podemos trabajar muy bien juntos. Todos entendemos el negocio de la misma manera. Y, en el fondo, esa es la gran suerte en todo esto, porque hay familias que pasan peleando. Y sé que, a nosotros, eso no nos va a pasar.



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