I. Ramos/P. Namur/M.I. Alvear
El domingo 3 de octubre nueve candidatos se enfrentarán en las urnas para convertirse en el próximo presidente de Brasil. El desafío no es menor, ya que Brasil es la mayor economía de Latinoamérica y la octava del mundo, con un crecimiento "a tasas asiáticas" y uno de los actores que tiene potencial para convertirse en uno de los grandes jugadores de la escena mundial en las próximas décadas, junto a China e India.
Pero esta elección tendrá algo distinto. Ningún candidato de derecha está entre los favoritos y tres representantes de la izquierda se disputarán la presidencia. La ventaja corre de la mano de Dilma Rousseff, del oficialista Partido de los Trabajadores, seguida de José Serra, representante del Partido de la Social Democracia Brasileña, y de Marina Silva, del Partido Verde.
El Producto Interno Bruto del país creció 8,8% en el segundo trimestre, respecto del mismo período del año anterior, y un 9% en los primeros tres meses del año, su expansión más rápida en quince años. Para este año, los analistas proyectan un crecimiento de 7,34%, de acuerdo con una encuesta del banco central.
Sin embargo, aún quedan importantes desafíos que deberá enfrentar la administración que asuma el 1 de enero de 2011. Uno de ellos será controlar el gasto fiscal.
En esta campaña, el tema de la política fiscal ha sido opacado por otros asuntos, como la salud, educación y seguridad, en parte porque resuenan más entre los votantes, pero también porque las diferencias entre las políticas económicas de los candidatos son menores.
Rousseff, la candidata con más opciones de ganar, se ha comprometido a implementar una reforma para simplificar el sistema tributario, pero también se ha comprometido a reducir la deuda neta como proporción del PIB a un 30% para 2014.
Otra tarea importante será mantener controlada la inflación, en un escenario de creciente demanda interna. Los programas sociales del presidente Luiz Inácio Lula da Silva y su meta de creación de 1 millón de empleos anuales han hecho crecer a la clase media, lo que ha aumentado el mercado de consumidores.
Entre 2003 y 2008, 23 millones de brasileños ingresaron a la clase media. Este sector reúne ahora a un 53,6% de la población brasileña y sus integrantes cuentan con un ingreso que oscila entre US$ 630 y US$ 2.700.
Por ahora, la inflación se mantiene por debajo de la meta, cayendo a un mínimo en ocho meses en agosto, a 4,49%, lo que llevó al banco central a anticipar que no se producirán alzas en la tasa de interés en el futuro cercano.
Sin embargo, una mejora en las condiciones de la economía internacional o un alza significativa en los precios de los alimentos podrían causar presiones inflacionarias.
Otro de los desafíos será controlar el creciente ingreso de capitales, que ha llevado al real a ser una de las monedas con más rápida apreciación en lo que va del año. Este fenómeno ha sido impulsado por la entrada de Inversión Extranjera Directa para financiar proyectos de infraestructura y por el alto diferencial de tasas de interés entre Brasil, donde la tasa de referencia se ubica en un 10,75%, y las economías industrializadas, donde los tipos se mantienen en niveles históricos cercanos a cero.
Pobreza: un gigante con pies de barro
Pero quizás el mayor desafío de las nuevas autoridades será disminuir la pobreza y la desigualdad.
Los programas sociales del gobierno de Lula han permitido reducir en 43% el número de pobres (personas con ingresos inferiores a US$ 100 mensuales), desde 50 millones en 2003 a 29,9 millones actuales. No obstante, Brasil se mantiene como uno de los países con mayor desigualdad en el mundo.
Si las metas se cumplen y las iniciativas sociales permiten reducir la pobreza y la desigualdad, el Mundial de Fútbol de 2014 permitirá al nuevo presidente -quien quiera que gane las elecciones de octubre- mostrar al resto del mundo la nueva cara de Brasil.
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