Por Edward Luce
Henry Kissinger sugirió una vez que la Casa Blanca debía contratar a Lawrence Summers, el asesor económico saliente de Barack Obama, sólo para rechazar malas ideas. En algunas semanas, Summers regresará a Harvard, donde podrá pensar en buenas ideas sin tener que adivinar lo que le traerá el tráfico político.
Dado que el Congreso parece haber abandonado cualquier apariencia de un debate serio respecto de lo que hay que hacer para restaurar la declinante competitividad económica de Estados Unidos, el cambio sin duda será una liberación intelectual para Summers. La pregunta es si la partida de Summers da a Obama su propia oportunidad de liberación intelectual.
Apenas debe haber algún economista que niegue que Summers tiene un cerebro superior al suyo. Y, pese a las críticas válidas al modo en que se ha conducido la política, tampoco disputarían el hecho de que el manejo del rescate bancario y el estímulo fiscal de la administración Obama fueron indispensables para evitar otra Gran Depresión. Summers fue el arquitecto.
Pero, muchos de los mismos admiradores de Summers se han convertido en sus detractores. En palabras simples, lo ven como la cara de un paradigma que ha dejado de ser útil: la idea de que la globalización es una bendición clara para la economía de EE.UU. y que los empleos perdidos en la manufactura serían reemplazados por mejores empleos en el sector servicios. Las cosas no parecen estar funcionando así.
Una somera mirada al déficit comercial de EE.UU. ilustra la tendencia: lejos de importar bienes manufacturados baratos, EE.UU. importa productos de alta tecnología de países como China y Brasil, incluyendo motores de avión, computadores, turbinas y camiones pesados. Y exporta volúmenes crecientes de mercancías como celulosa, oleaginosas y otros commodities. Esa tendencia ha sido acelerada por la Gran Recesión.
La dirección es difícil de negar. EE.UU. no está produciendo nuevos empleos siguiera cerca de la calidad o cantidad que necesita para reemplazar los empleos especializados que está perdiendo. La salida de Summers ofrece a Obama una posibilidad de pensar de modo radical en el legado económico que quiere dejar.
La especulación se ha enfocado en si Obama elegirá a alguien de la comunidad empresarial para contrarrestar la incomodidad creciente del empresariado estadounidense hacia su administración. También en si el empleo lo obtendrá una mujer. Se ha mencionado a Ann Mulcahy, ex directora ejecutiva de Xerox, así como a Laura Tyson, quien tuvo el cargo en los "90.
Una elección más osada sería Jeff Immelt, director ejecutivo de GE, uno de los pocos líderes de empresa que ha mostrado abiertamente su preocupación por la declinante competitividad de EE.UU. Como cabeza de una empresa que ha hecho mucho offshoring, Immelt sabe lo que guía la reducción de la capacidad productiva estadounidense. Presumiblemente, entonces, tendrá algunas ideas respecto de cómo revertirlo. Alguien tiene que hacerlo.
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