Por Joaquín Morales Solá
“… En los últimos tiempos no faltó semana sin que algún kirchnerista
(gobernador, funcionario, legislador) proclamara la necesidad de cambiar
la Constitución para que Cristina Kirchner tuviera la oportunidad de
una segunda reelección consecutiva.
Esas cosas nunca ocurren en el kirchnerismo, y sobre todo en el
cristinismo, sin una orden expresa de la Presidenta. Cuando sucede una
obsecuencia espontánea o inconsulta, es ella misma la que se encarga de
desautorizar la propuesta, muchas veces en público. Esta vez, Cristina
prefirió el silencio, que es una manera de consentir, para responder a
los planes de su propia exaltación.
Ni el hiperkirchnerista Carlos Kunkel, dispuesto a eternizar a
cualquier precio el espíritu de la época, volvió a hablar desde el
jueves de la re-reelección. No lo podría hacer. Aníbal Fernández fue el
único que hizo un vuelo rasante y rápido sobre el asunto: dijo que
Cristina Kirchner no tiene posibilidad de ser reelegida en 2015 y que,
por lo tanto, no se explicaba el reclamo social contra la re-reelección.
Fue una manera desaliñada y torpe de anunciar la retirada de un
discurso.
La política sabe que ese proyecto es una decisión tomada. Desde el
socialismo hasta el macrismo, pasando por el radicalismo y el
sindicalismo de Hugo Moyano, se habían lanzado a militar contra la
reforma. Están lanzados.
El ex ministro de Economía Roberto Lavagna suele decir que no se dará
por satisfecho ni aunque le digan que la re-reelección está muerta. “Al
cuarto día iré a ver si al tercer día no resucitó”, ironiza. Lavagna
ocupa gran parte de su actual tiempo político hablando ante peronistas y
radicales contra la reforma.
Existe, sin embargo, otro hecho de estos días que podría convertirse
en un serio obstáculo para la reforma de la Constitución. Es la intensa
ofensiva verbal del kirchnerismo contra la clase media. Ninguna elección
puede ganarse en la Argentina sin ese sector social. Algunos sociólogos
estiman que la clase media argentina representa cerca del 80 por ciento
de la sociedad. “Hay sectores sociales que no son de clase media, pero
que aspiran a serlo y tienen sus mismas aspiraciones”, argumentan.
En estos días, cuando abundan los análisis de la crisis europea,
muchos analistas subrayan el hecho negativo de que la clase media de
Europa haya dejado de consumir. Es un freno enorme para cualquier
economía. Es el sector social más dinámico, ambicioso y consumista de
cualquier sociedad. El sistemático ataque a la clase media argentina
podría ser una renuncia inconsciente del kirchnerismo a nuevas victorias
electorales. “¿Por qué tanto desprecio a la clase media? ¿Será porque
gobierna una clase de magnates?”, se preguntó, cáustica, la historiadora
María Sáenz Quesada.
El Gobierno se ha encargado de resaltar la importancia de los
cacerolazos del jueves pasado. Durante cuatro días, el oficialismo tuvo
casi el monopolio de un discurso duro y constante contra las
manifestaciones. Nadie ocupa tanto tiempo ni tanta imaginación en un
episodio minoritario. Fue muy importante, por lo tanto. La dureza de la
réplica oficial es la dirección que marcó la Presidenta. Gobernadores
que se habían manifestado comprensivos de las marchas, como el
sanjuanino José Luis Gioja o el tucumano José Alperovich, rectificaron
su posición rápidamente. Oportunas llamadas telefónicas desde Buenos
Aires les indicaron que estaban equivocados.
… Entre las oscilaciones y las contradicciones, el mensaje oficial se
ha centrado en dos cuestionamientos básicos a los manifestantes del
jueves: que no tienen líderes y que se dejaron llevar por una
conspiración mediática. También se mencionaron mucho el supuesto odio o
los presuntos insultos a los que gobiernan de parte de los
manifestantes, pero varios testimonios desmienten que esas expresiones
hayan sido mayoritarias. El relato oficial necesita extender hacia todo
el universo cacerolero la mancha de aisladas groserías. Sucedería lo
mismo si se involucrara a todo el kirchnerismo en los disparatados
exabruptos de Hebe de Bonafini. Los fanáticos nunca son mayoría.
Una parte del cristinismo resalta la ausencia de líderes entre los
caceroleros (Kunkel y De Vido, fundamentalmente). Pero otra parte hace
trascender que la protesta formó parte de una conspiración política que
va desde Macri hasta Binner. ¿Cómo? ¿No es que carecían de líderes? El
kirchnerismo tiene una astucia incomparable para colocar una realidad
encima de otra realidad, hasta hacer ilegible la propia realidad.
Sólo dos canales (uno de aire y otro de noticias, ambos del Grupo
Clarín) informaron sobre las manifestaciones. Ésa es la conspiración
mediática. El subtexto del mensaje cristinista es alarmante: las
sociedades no se sublevan cuando están desinformadas. Eso era cierto
antes, cuando no existían Internet ni las amplias redes sociales. Tal
discurso, por otra parte, no deja de ser ofensivo para amplios sectores
sociales. ¿Alguien iría a una manifestación que no le gustara sólo
porque la está viendo en un canal de televisión? ¿Las sociedades son tan
manipulables? El cristinismo, al menos, cree que controlando el
monopolio del aparato audiovisual basta y sobra para alzarse para
siempre con el poder”.
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