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2013/10/07

Ocultamientos y suspicacias que suman incertidumbre

La Nacion. Argentina

Por CARLOS PAGNI
(La Nacion. Argentina).- El 23 de junio de 2011, en una visita al Instituto Leloir, Cristina Kirchner se derrumbó sobre el piso, lo que le dejó un tajo en la cabeza.
Unas 48 horas más tarde, reveló que Amado Boudou la secundaría como candidato a vicepresidente en las elecciones de ese año. Durante el anuncio comentó que, en el momento de la caída, la diputada María Laura Leguizamón le había advertido: “¡Es una señal, es una señal!” Ella coincidió. Creyó que había establecido una misteriosa vinculación con su esposo: en el Leloir se encontró con el médico que había atendido a Néstor Kirchner el día de la asunción del mando, cuando también él se cortó la cara por un golpe.

Si no hubiera tomado por la vía de la superstición, la Presidenta podría haber interpretado la “señal” de otra manera.

Los tropezones, cada vez más frecuentes , terminaron provocándole un problema de salud que convierte a la selección del compañero de fórmula en una decisión más trascendente. Sobre la política pesa una incógnita médica agigantada por el deterioro de Boudou: ayer la Casa Rosada, consciente del riesgo electoral al que se somete, intentaba disimular el interinato del vicepresidente como un mero trámite burocrático.

La salud presidencial está rodeada de gran ocultamiento. Anteanoche los médicos de Olivos informaron que la señora de Kirchner tiene un hematoma en el cráneo, derivado de un traumatismo ocurrido casi dos meses antes, sobre el que ellos no habían informado nada.

De modo que la novedad no fue una: fueron dos. Ahora se conoce que el 12 de agosto la Presidenta ingresó al Sanatorio Otamendi no, como se dijo entonces, para un examen ginecológico de rutina, sino porque se había desplomado una vez más.

Aunque desde Olivos no lo hayan consignado, se sabe que en esa oportunidad la atendió el prestigioso Armando Basso, neurocirujano del Otamendi. ¿Era la primera vez que la veía? Algunos especialistas comentan que, después del percance del Instituto Leloir, a Cristina Kirchner se le realizaron estudios a través de los cuales se habría detectado una afección leve en el lóbulo frontal, conocida como síndrome de Moria, cuya principal manifestación es la desinhibición.

Con independencia de esta versión, hay un interrogante más elemental que carece de respuesta: ¿por qué la Presidenta sufre esas caídas? ¿Cómo se vincula el hematoma que le descubrieron con el malestar circulatorio que la llevó hasta la Fundación Favaloro? ¿Cuál es la situación anímica de una persona sometida a un gran estrés profesional, que soporta desventuras personales desde comienzos del año 2010? Varios dirigentes del oficialismo coincidían ayer en que Cristina Kirchner ha prestado mucha atención a sus estados emocionales en el último año y medio, tanto que llegó a consultar a una prestigiosa psicóloga chilena. Las mismas fuentes indican que desde el nacimiento de su nieto se la ve mucho más entusiasmada. A propósito: desde dos semanas atrás estaba muy contenta porque el papa Francisco le había ofrecido bautizar a Néstor Iván en Roma.

La salud de los gobernantes siempre inspira hipótesis conspirativas. Ocultar la fragilidad del que manda es una forma de conservar el poder. Pero en el caso de la señora de Kirchner las suspicacias se alimentan en circunstancias objetivas. Por ejemplo: el sábado el Gobierno volvió a impedir que se encargaran de informar los facultativos que la atendieron; la opinión pública conoce la situación clínica de la jefa del Estado a través de partes suscriptos por los mismos médicos que escondieron contratiempos anteriores. Además, la propia familia presidencial ya tuvo experiencias desafortunadas con Luis Bonomo y su equipo: Néstor Kirchner se descompensó en El Calafate sin que hubiera una guardia para asistirlo, y a su esposa la operaron por un cáncer de tiroides que, después se supo, no tenía.

Las interpretaciones sobre las perspectivas terapéuticas de la Presidenta fluctuaban anoche entre dos extremos. Los funcionarios, y también varios especialistas, le quitaban al caso todo dramatismo. Por eso llamó la atención que una versión indicara que se estaba analizando un eventual consulta con un centro médico de Houston. Estos antecedentes siembran dudas sobre lo que los funcionarios comunican. Hay una razón para despejar la incertidumbre: Cristina Kirchner está en manos de un profesional reconocido, Facundo Manes, que, además, tiene poco que ver con su Gobierno. Un detalle: el último 4 de mayo, cuando Ernesto Sanz convocó al radicalismo en Parque Norte, Manes fue uno de los tres oradores del almuerzo.

A la incógnita médica hay que agregar, desde anteanoche, otra de carácter administrativo. ¿Qué consecuencias tiene la licencia de quien concentra en sus manos todas las decisiones del Gobierno? Esta pregunta, siempre válida, es más urgente desde hace algunos meses: problemas cada vez más desafiantes son abordados por un gabinete cuya desarticulación es creciente. Los últimos días se multiplicaron los desaguisados en las tres áreas más problemáticas de la gestión. El dilema cambiario -que incluye el blanqueo de divisas, la crisis de financiamiento, la pérdida de reservas y la aceleración inflacionaria- desató una guerra interna entre los miembros del, por llamarle de algún modo, equipo económico. Desde el seno de ese grupo se filtran versiones sobre cambios: Marcó del Pont por Lorenzino, Fábrega por Marcó del Pont, Moreno por Fábrega. 

Enroques triviales que prometen una continuidad más accidentada.

El frente energético también vira al surrealismo: Miguel Galuccio viajó a Madrid para hablar de una deuda con Repsol cuyo titular no es YPF S.A., sino el Estado nacional, y fue recibido por José Manuel Soria, que es un ministro del gobierno de España y no un representante de la acreedora, que es una petrolera privada.

Sergio Berni irrumpió en la feroz disputa entre el gobernador de Santa Cruz, Daniel Peralta, y Máximo Kirchner: con la Gendarmería trasplantada al conurbano, y contra lo que establecen la ley de defensa y el sagrado garantismo oficial, el teniente coronel Berni mandó al Ejército a desalojar unas tierras en Río Gallegos, sin que el ministro del ramo, Agustín Rossi, ni los organismos de derechos humanos, abrieran la boca.

La Presidenta ingresa en el reposo dejando del otro lado de la puerta a un gabinete viciado por la indisciplina. Las zancadillas judiciales de un funcionario contra otro están a la orden del día. A Dios, a ella, ¿a quién más tienen “miedito” los ministros? ¿Boudou está en condiciones de poner orden?

La tercera incógnita que apareció anteanoche es electoral: ¿qué efectos producirá sobre las campañas la fragilidad de la Presidenta? El curso que tomó la vida pública a partir de su viudez es un término de comparación inevitable. La cirugía de tiroides, que determinó el destino de los subterráneos, es un antecedente más liviano. ¿Provocará la señora de Kirchner la misma corriente de empatía a partir de esta otra desgracia? La oposición no quiere dar un paso sin resolver ese problema. Para los encuestadores, un festín. Sergio Massa ayer deliberó con su equipo sobre el camino a seguir. Fueron interesantes los comentarios de Darío Giustozzi, el intendente de Lomas de Zamora: aportó detalles sobre los hematomas en el cráneo, porque su mujer padeció uno. Massa decidió esperar a que muevan las blancas. Quiere ver la actitud de Daniel Scioli e Insaurralde.

Desde la derrota frente a Massa, Cristina Kirchner se apartó del proselitismo bonaerense. Ahora que es mayor y es obligada, esa distancia cambiará de significado. ¿Obtendrá el kirchnerismo un beneficio? En este punto la comparación con el trauma de la muerte de Kirchner puede ser engañosa.

En octubre de 2010 -Eduardo Fidanza fue de los primeros en detectarlo-, la imagen del oficialismo llevaba un semestre de recuperación, de la mano de una economía que salía del subsuelo y estaba lejos de alcanzar el pleno empleo. A pesar de la derrota del año 2009, el kirchnerismo no enfrentaba una competencia organizada. Ausente Kirchner, la Presidenta cerró el féretro y ocupó, solitaria y vestida de negro, el centro del poder.
El panorama de hoy es muy distinto. La Presidenta no entra, sino que sale de escena. Su lugar es ocupado por Boudou, una de las figuras más desprestigiadas de su elenco. 

El Gobierno, que en 2010 revertía una declinación, ahora protagoniza una derrota en cámara lenta. Por ejemplo: los números que maneja Scioli auguran que el fracaso bonaerense quedará envuelto en un resultado nacional peor que el esperado. Por eso él los divulga. Contra lo que ocurría tres años atrás, el kirchnerismo no se ofrece a la sociedad como un recurso político sin alternativa. Y la diferencia crucial: este trastorno neurológico aparece cuando quedó descartada cualquier posibilidad de reelección.

El infortunio de la Presidenta es recurrente. Pero el cambio de contexto le plantea un nuevo reto: deberá conseguir que su retiro no sea visto como una metáfora de su declive. Que los achaques de su cuerpo no se interpreten como el agotamiento de su política. Porque, como se sabe, la gente tiende a ver señales aun donde no las hay.

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Argentina afronta elecciones clave en medio de crecientes divisiones dentro del peronismo

Argentina afronta elecciones clave en medio de crecientes divisiones dentro del peronismoLos candidatos del gobierno sufrieron serias derrotas en las principales provincias del país en las primarias de agosto.

Por Macarena Delpino



El 27 de octubre en Argentina se llevarán a cabo elecciones legislativas que serán clave para el escenario político, ya que el esquema de poder que se ha mantenido desde 2003, el dominio del kirchnerismo a nivel nacional, expone en estos comicios las mayores fisuras y se prevé un reacomodo de posiciones entre los principales actores del entorno político local.

Más de 30 millones de argentinos están convocados a las urnas para renovar 129 de las 257 posiciones de la Cámara de Diputados, y 38 de los 72 escaños del Senado.

Actualmente, el oficialismo tiene mayoría en ambas, pero podría perderla, ya que en estos comicios el kirchnerismo arriesga 47 diputados y 15 senadores. 

Las “PASO”


Previo a los comicios de octubre, en Argentina se celebraron en agosto por primera vez elecciones primarias. Estas Primarias Abiertas, Simultáneas y Obligatorias, o “PASO” como fueron denominadas en el país trasandino, ofrecieron luces sobre los posibles resultados de octubre, ya que si bien fueron concebidas para que los partidos políticos elijan a sus candidatos para las elecciones legislativas, en la práctica se han entendido como una encuesta. 

Los resultados de las PASO evidenciaron un quiebre significativo dentro del peronismo. En la provincia de Buenos Aires la mayoría de los votos (44,9%) fueron obtenidos por el representante del Partido Renovador e intendente de Tigre, Sergio Massa, quien es opositor al kirchnerismo y se presenta hoy como una carta fuerte para las próximas elecciones presidenciales, dejando en segundo lugar al candidato de la presidenta Cristina Fernández, Martín Insaurralde con el 31,8% de las preferencias.

Los candidatos del oficialismo también fueron derrotados en las provincias de Santa Fé, Córdoba y Mendoza, entre otras.

Sanción ciudadana


Argentina no presenta el mejor escenario económico. La creciente inflación, el elevado riesgo de estancamiento económico y la desconfianza, sumado al autoritarismo del gobierno nacional, ha sido sancionado por la ciudadanía. 

El descontento comenzó a manifestarse en los primeros “cacerolazos” a fines del año pasado, y se plasmó en las urnas. Ahora, los observadores creen que probablemente volverá a impactar en los comicios de octubre.

Si los resultados de las PASO se mantienen para las elecciones del 27, es claro que el kirchnerismo encontrará serias dificultades para consolidar su proyecto de cara a las elecciones presidenciales de 2015.

Ciertos proyectos clave para perpetuar y fortalecer su esquema de poder, como la reforma a la Constitución Nacional, se toparán con fuertes obstrucciones legislativas. Se agrega el hecho de que el kirchnerismo ha perdido el liderazgo dentro del peronismo. 

En el interior de esta fuerza nacional ya ha comenzado la lucha por la sucesión de la presidenta, y los indicios apuntan a que la balanza no se carga hacia las preferencias de Cristina Fernández y sus afines. 

De este modo, la prepotencia kirchnerista se enfrenta a un posible fin de ciclo en un escenario aún dominado por el peronismo.

Tarea sucia


La mayor interrogante que los economistas y analistas políticos pretenden dilucidar es quién asumirá el costo de hacer la “tarea sucia” de reordenar una economía en tan malas condiciones como la que se vive al otro lado de la cordillera.

Argentina en este momento presenta una elevada inflación, la que subiría a 26% este año y a 28% el 2014, según consignaron algunas entidades financieras.

A eso se suma una pérdida acelerada de reservas y la caída en el valor de la moneda. Para el próximo año se proyecta que las reservas caigan US$ 26.000 millones desde los US$ 36.290 millones que registran actualmente, y un dólar oficial a 8,60 pesos argentinos. 

A eso se suma un creciente nivel de gasto público que alimenta el déficit fiscal, el incremento de la deuda interna y la desaceleración de la actividad.

Con todo lo anterior, los analistas privados apuestan a que el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) se desacelerará a una tasa de sólo 1,4% el próximo año, muy lejos del ritmo de cerca de 9% que registraba a comienzos de la década pasada, cuando comenzó la era del kirchnerismo en Argentina.
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2013/08/14

A Cristina le esperan dos años de soledad

La Nación

Por FERNANDO LABORDA
(Extracto del artículo publicado por el diario La Nación)-. “… las elecciones primarias enterraron definitivamente el proyecto reeleccionista. Ha quedado en evidencia que alrededor de tres cuartas partes del electorado no quiere ni oír hablar de una segunda reelección, como también que la proyectada composición de ambas cámaras del Congreso ni por asomo le permitirá al oficialismo soñar con el apoyo de los dos tercios para declarar la necesidad de una reforma constitucional.

Si en octubre se repitiera un resultado como el de anteayer -traspiés en los cinco distritos más grandes del país y caídas hasta hace poco impensables como las de Santa Cruz, San Juan o La Rioja-, también quedaría seriamente dañada la capacidad de Cristina Kirchner para imponer a dedo a su eventual sucesor.

El resultado de las primarias le pone claramente un límite a la concepción del “vamos por todo”. Representa un castigo a la proliferación de los crecientes rasgos autoritarios que caracterizaron especialmente el segundo mandato presidencial de Cristina Kirchner. También, una sanción popular por el estancamiento de la economía, por la inflación camuflada por el Indec y por un Estado ausente para garantizar la seguridad de la población, tanto en la calle como en el transporte ferroviario.

Lo que ocurrió en las PASO representa, además, la condena a un estilo de gestión cargado de agresividad. El mismo estilo que ha llevado a la Presidenta y a otros dirigentes cristinistas a humillar públicamente al gobernador Daniel Scioli, esmerilándolo y acorralándolo en su conflicto con los docentes, para terminar paradójicamente dependiendo de él en la campaña electoral.

… La conclusión de las PASO es que la ciudadanía mayoritariamente buscó premiar la moderación. Detrás del apoyo a la lista encabezada por Sergio Massa se expresa un reclamo a favor de mesura, de concordia, de seriedad en la gestión y de pluralidad. Y detrás del respaldo en la Capital Federal a la coalición UNEN hay un reconocimiento a quienes, esta vez, ofrecieron una positiva respuesta al típico interrogante “¿Por qué no se unen?”, que más de una vez escucharon los dirigentes opositores de parte de votantes independientes.

Massa tuvo poco tiempo para desarrollar su mensaje de campaña. Pero en ese poco tiempo se ingenió para dejar en claro con qué cosas del gobierno nacional no estaba de acuerdo. Mencionó su rechazo a la re-reelección, su desacuerdo con La Cámpora y con Guillermo Moreno, y se diferenció con su apoyo a los miembros de la Corte Suprema. Lo suficiente como para captar el voto antikirchnerista y el de una porción de ciudadanos que, en 2011, acompañaron a Cristina Kirchner pero que hoy se sienten desilusionados.

No pocos analistas han comparado el resultado de estas primarias y su probable proyección a los comicios generales de octubre con las elecciones de 2009, en las cuales el oficialismo, con Néstor Kirchner y Scioli a la cabeza de la lista bonaerense, cayó ante la nómina liderada por Francisco de Narváez. Tras esa derrota, el kirchnerismo inició una milagrosa recuperación que concluyó con el triunfo de Cristina en 2011 con el 54% de los sufragios. Pero hay una diferencia central entre el presente proceso electoral y el de cuatro años atrás: hoy Cristina sabe que debe dejar la presidencia en 2015.

Tal vez por eso, sea más oportuno comparar estas elecciones con las legislativas de 1997, que marcaron el comienzo del fin del ciclo menemista.

A diferencia de 2009, la fuerza política que está en el poder desde 2003 hoy debe afrontar no sólo el desafío de recuperar votos, sino también otro mucho más complejo para cualquier régimen de tinte populista: el de la sucesión de su líder. Si no es antes, las elecciones de octubre próximo señalarían el inicio de un distanciamiento de los caudillos territoriales de la actual jefa del Estado, a quien una incorrecta lectura del resultado electoral la conducirá inexorablemente a un nuevo período de dos años de soledad”.

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2011/10/21

Sinsabores y paradojas del país de Cristina


Vapuleada por los medios opositores y presa de una opinión pública crítica a su gestión, la viuda de Néstor Kirchner se encamina a paso firme hacia su segundo mandato. Su oferta populista y una oposición fragmentada explican su éxito en las encuestas, pero, ¿cuánto hay de espejismo y de verdad en su modelo? Por Roberto Cox, desde Buenos Aires.
Si el próximo 23 de octubre Cristina Fernández de Kirchner supera el 52% en las urnas –como pronostican varios analistas–, se convertirá en la mandataria que mayor respaldo popular haya obtenido desde el retorno de la democracia en Argentina después de Raúl Alfonsín. Tras el 50% obtenido en las recientes primarias de agosto, sus seguidores apuestan por un desafío aún mayor: alcanzar el 62% de Juan Domingo Perón en aquel septiembre del 73 y pasar a la historia como la presidenta más votada por los argentinos.

Lejos de anecdóticos y supuestos records, nadie, ni los más acérrimos e influyentes líderes opositores, pone en duda el triunfo cristinista. Tanto así que, a tres semanas de las presidenciales, el clima electoral es prácticamente indetectable. El ejército de candidatos que busca frenar el avance oficialista ya dio por perdida la batalla y su pobre presencia propagandística da la impresión de existir sólo por fair play.

Hace tres años el escenario era totalmente opuesto. En plena pugna con “el campo”, la Casa Rosada debía lidiar con bajísimos niveles de aprobación que superaban apenas los 20 puntos. La guerra entre el gobierno y los medios, liderados por el grupo Clarín, estaba abiertamente declarada y hasta el vicepresidente Julio Cobos ponía en jaque su propia administración al votar en el Congreso contra una de sus leyes emblemáticas, que buscaba elevar las retenciones a la producción agrícola.

El descontento popular se dejó sentir en las parlamentarias de junio de 2009 cuando el oficialista partido Frente para la Victoria obtuvo el 30% de apoyo y el ex presidente Néstor Kirchner salió segundo en su elección a diputado en la provincia de Buenos Aires. Un fuerte revés electoral que desde entonces el gobierno comenzó a revertir. Un renacer que radica en hechos concretos y palpables en la cotidianidad de los argentinos, inmersos en la histórica tradición de crisis internas que el país –una vez más– intenta superar.
Sentado en el imponente sillón de Equis, la principal consultora oficialista de estudios políticos, Artemio López es uno de los principales referentes K a la hora de analizar los vaivenes de la actualidad trasandina. Su estilo está lejos de las formas que exige su alto nivel de influencia. Recibe a Revista Capital en polera y buzo, nos ofrece amablemente un mate con edulcorante y pregunta sobre la crisis estudiantil en Chile antes de intentar una explicación de los permanentes temblores políticos que afectan a la nación.

“Argentina siempre tuvo un comportamiento de estas características, cargado de tensión con intereses contrapuestos que se resuelven quizás un poco espectacularmente en el espacio público. Este tipo de conflictos instala también un país con niveles de desigualdad bastante más atenuados, con un sistema de salud que aún sigue existiendo, un sistema de educación que tiene cierta consistencia, con universidades públicas y gratuitas. Todo eso es atribuible a esta actuación un poco desprolija de las tensiones en el marco institucional. Yo prefiero eso que la paz de los cementerios. Es una tradición del país”, señala.

En la vereda contraria, Rosendo Fraga, columnista del opositor diario La Nación, opta por un análisis histórico que retrocede a los orígenes mismos de la política trasandina pero que mantiene ese aparente desorden institucional. “La Argentina tiene un fenómeno particular difícil de entender desde el exterior: el peronismo. Es partido, movimiento, doctrina, ideología y cultura política al mismo tiempo. Es oficialismo y oposición a la vez. El peronismo puede crear cierta sensación de caos, pero al mismo tiempo es el que facilita la gobernabilidad de un país complejo, ambiguo y contradictorio”.

Este contexto, un tanto extraño para la realidad chilena, no sólo ha sido propio de la administración de Cristina. Sus antecesores Raúl Alfonsín, Carlos Menem, el renunciado Fernando de la Rúa y Néstor Kirchner han navegado las mismas aguas turbulentas.
Hoy los análisis atribuyen el éxito electoral a tres factores. En primer lugar, los aparentemente buenos índices económicos (que sin embargo han sido puestos en duda; sobre todo, las mediciones oficiales de inflación). Según el FMI, Argentina es el país que más creció durante el año después de China. En segundo plano, pero no menos importante, la incapacidad de la oposición para lograr un candidato fuerte y único. Y por último, la muerte de Néstor Kirchner como elemento emotivo que permitió a su viuda un importante repunte en las encuestas.

En 2009, cuando el oficialismo perdió las legislativas, el PBI cayó 3% y el desempleo aumentó; ahora, para las presentes elecciones, el gobierno enfrenta un panorama mucho más favorable. Un crecimiento sostenido del 8% y una tasa de desempleo de un dígito (de acuerdo a las cifras oficiales). Índices que se reflejan en la mediciones de intención de voto.

Plata dulce

En la calles de Buenos Aires se respira optimismo; sobre todo, en los sectores más populares, el núcleo duro del apoyo a Cristina. El “tenemos laburo y para comer” es recurrente y basta para obtener espontáneas sonrisas de satisfacción. El descontento generalizado de los argentinos con su clase dirigente es conversación obligada en cualquier charla de café y siempre lo fue, pero si de balances se trata el consumo ha aumentado. Hay largas esperas para obtener una mesa en los concurridos restaurantes porteños y todo indica que Mar del Plata quintuplicará su población este verano a pesar de estimaciones que hablan de una inflación del 30%, muy por arriba de la estadística oficial, que la sitúa en 6%.

La periodista Sylvina Walger, autora de la polémica biografía Cristina, de legisladora combativa a presidente fashion, reconoce que por sus venas fluye un exacerbado anti-kirchnerismo. Ya no ejerce su profesión porque “me han cerrado todas las puertas”. Aún así mantiene su discurso.

“Básicamente el argentino es un frívolo absoluto. Es una persona totalmente intrascendente. Es una persona a la que lo único que le importa es tener plata. Mientras el argentino tenga plata, pueda ir a Punta del Este, a Mar del Plata, vos podés poner el país de cabeza y a nadie le importa. Eso presentí que iba a pasar en 2001 y lo vuelvo a sentir ahora”, asegura. “El estilo de gobierno es comprar a los pobres, no quererlos. Y tienen razón, porque los pobres no quieren que los quieran, quieren tener para comer. Toda la plata que entra a la Argentina es la mitad para ellos y la otra mitad para subsidio de los más humildes”.

Walger hace referencias a los múltiples programas financiados por el gobierno en beneficio de los sectores vulnerables. Entre ellos la Asignación Universal por Hijo de 220 pesos –unos 25 mil pesos chilenos– para desocupados, trabajadores que ganen menos que el salario mínimo o personal de servicio doméstico; el programa Conectar Igualdad que busca entregar tres millones de computadores portátiles a estudiantes secundarios; el plan Carne para todos; o el polémico LCD para Todos de los jubilados.

Esta y otras medidas de inclusión social habrían permitido reducir los índices de pobreza en Argentina. El cuestionado Instituto Nacional de Estadística y Censos, INDEC, establece un 2,4% de la población bajo la línea de indigencia y un 8,3% en condiciones de pobreza. Datos, al igual que el de la inflación, que la mayoría mira de reojo por considerar que son manipulados por la Casa Rosada. La misma consultora K de Artemio López desdijo estos números oficiales cuando en un reciente informe situó la indigencia en un 4,8% –el doble– y la pobreza en un 20,9; es decir, cuatro veces más. López justifica estas diferencias en el método de estudio. “La diferencia es que la valorizaciones de la línea de pobreza y de indigencia son distintas. La canasta básica del Indec y la de nuestra consultora tienen valores muy distintos. En lo que sí coincidimos con el Indec es en que el proceso de desempobrecimiento ha sido muy sólido”.

El melodrama argentino

Hasta el 27 de octubre de 2010, a un año de las elecciones, no existía ni la más mínima duda de que el candidato oficialista sería el ex presidente Néstor Kirchner. Era el siguiente paso del plan orquestado por el matrimonio K para sucederse indefinidamente en el poder hasta que algún infortunio del destino dijera lo contrario. Una dinastía todopoderosa.

Pero aquella mañana, día del último censo nacional, la noticia tomó de sorpresa a cada uno de los argentinos. El líder pingüino falleció de un paro cardiorrespiratorio, instalando un halo de misterio y duda en el devenir político del país.

“Ese momento fue una bisagra. La oposición quedó muy conmocionada. Se les fue el enemigo; durante mucho tiempo no podían embestir contra Cristina. Ella no hizo mal las cosas, se refugió en sí misma, se blindó y la gente comenzó a verla de otra manera. Vio que sin él, ella podía gobernar. Cristina logró mantener el timón, hubo un click en la sociedad”, explica José Ángel Di Mauro, director de Semanario Parlamentario y autor de Cristina K, la dama rebelde.

Fraga también apunta en la misma dirección: “Kirchner era una figura desgastada por casi ocho años de ejercicio del poder y su muerte hizo que Cristina apareciera como una figura nueva. En realidad, el gobierno de Cristina como tal tendrá sólo un año al momento de la elección presidencial el 23 de octubre”.

Walger opta por una visión más descarnada: “la Argentina, junto con México, son los creadores del melodrama. Es de telenovela. Una mujer muy criticada de golpe está sola, frágil y sin marido. Es la telenovela que les hacía falta a los argentinos. La empezaron a encontrar divina, buena, sufriente”.

Mauro tiene 44 años. Es arquitecto. La crisis de 2001 lo obligó a trabajar desde entonces arriba de un taxi. Cuenta que siempre votó por los radicales y que jamás lo habría hecho por Néstor y menos por Cristina. “¿Sabés qué me pasó? Cuando él murió me sorprendió ver esa inmensa cantidad de jóvenes llorando desconsolados su partida y ahí me di cuenta de que por algo pasaba eso. No podía ser porque sí y decidí darle una oportunidad. Yo sigo con mi taxi, pero me alcanza para vivir y mantener a mis dos nenes. En octubre voy a votar por ella”. Su relato es el ejemplo de los que muchos llaman “efecto luto”.

En el oficialismo prefieren esquivar dicha teoría. Señalan que sólo es un intento de la oposición por ningunear el liderazgo de la mandataria y hacerla ver demasiado dependiente de su marido. “Esos episodios normalmente acontecen y circundan el periodo del acontecimiento solamente por un tiempo, pero no se prolongan un año. De no existir consistencia en la gestión, eso se diluye”, se defiende López mientras saborea su décimo mate.

Una de las mayores interrogantes de los argentinos es saber qué pasará cuando Cristina asuma un nuevo periodo. Los más alarmistas hablan de una radicalización política del proceso iniciado en 2003 por Kirchner, mientras los más cautos creen en la continuidad de una gestión que ha traído buenos réditos económicos a sectores del país.

Los temores apuntan a una eventual voluntad oficialista por reformar la Constitución y permitir futuras reelecciones. Hoy el gobierno no cuenta con los dos tercios necesarios en ambas cámaras para dichos efectos, pero la futura renovación de la mitad del parlamento podría facilitar los hasta ahora supuestos deseos kirchneristas.

López ríe cuando escucha la teoría de las reformas: “si por radicalizar se entiende desacomodar el país en términos institucionales para garantizar la perpetuidad en el poder, eso no va a acontecer. Si por radicalizar se entiende afectar los intereses empresarios a la manera del populismo chavista, eso tampoco va a acontecer”.

Di Mauro también pone paños fríos a las elucubraciones más temerosas y hace hincapié en un factor que pocos toman en cuenta. “No veo a Cristina con voluntad de perpetuarse en el poder. Sí, la voluntad de perpetuar el modelo. Estos otros cuatro años ella los asume como una carga. Es un desgaste físico muy grande. Antes era un doble comando: ella y su marido; ahora es único”.

Analistas coinciden en que el alto apoyo en las urnas, una mayoría en el parlamento y una oposición desarticulada le permitirán transitar un tranquilo periodo de gracia para mantener las políticas del gobierno. “La gente confía en que esto se va a mantener y que podrán manejar los factores externos más complicados, como los gremios y los empresarios. No tendrán enemigos salvo la crisis internacional, contra la cual Argentina no está blindada. También está el hecho de que Cristina no podrá ser reelecta por tercera vez, por lo que en dos años se va comenzar a pensar en quién la va a suceder, siempre en el seno del propio kirchnerismo”, agrega Di Mauro.

A menos que ocurra un cataclismo, el próximo 10 de diciembre Cristina comenzará su segundo mandato, el tercero de la era iniciada por su difunto marido. Hoy pocos ponen en duda su capacidad para superar el infortunio y enfrentar las turbulencias, pero, ¿serán esos atributos suficientes para conducir a Argentina a través de la incierta crisis internacional?

El efecto Macri
“Da asco la mitad de Buenos Aires”. Estas palabras fueron escritas por el autor de canciones como El amor después del amor. Así Fito Páez expresó a través de una carta publicada en Página 12 su rechazo a la reelección de Mauricio Macri como jefe de gobierno de la ciudad de Buenos Aires.

Su opinión, compartida por los kirchneristas más acérrimos, causó un repudio generalizado, pero a la vez demostró el nivel de radicalización del discurso político. Fue la evidencia del desprecio a todo lo que oliera a liberalismo, personalizado en Macri y reencarnado en corporaciones mediáticas como Clarín.

Desde que Cristina se colocó la banda presidencial, el candidato a vencer en las elecciones venideras era el jefe de gobierno porteño. Exitoso empresario y representante de la nueva generación política, Macri no pudo mantener ni el más mínimo diálogo con la Casa Rosada. Su figura era vista como la única carta capaz de contrarrestar a la maquinaria oficialista pero, previendo lo que venía con las encuestas en la mano, decidió dar un paso al costado y asegurar su reelección en la capital.

Meses después la oposición llegaría a las primarias fragmentada con nombres ya conocidos como Eduardo Duhalde, Ricardo Alfonsín, Alberto Rodríguez Saá, Elisa Carrió y Hermes Binner. Ninguno superó el 13%, mientras Cristina miraba de lejos con su imponente 50,24%. Salvo un cataclismo político de última hora, el destino estaba escrito.

A modo de consuelo, Fraga busca atenuantes. “Con una oposición unida y bien articulada, a lo mejor el oficialismo obtenía cuatro o cinco puntos menos, pero además el voto opositor no se hubiera dispersado y entonces la elección se hubiera planteado entre dos bloques relativamente equivalentes. Aunque el oficialismo finalmente ganara en segunda vuelta, la situación política sería muy distinta”.

En la Casa Rosada están conscientes de que el triunfo fue facilitado por lo que denominan anacronismo de sus competidores. “Creo que no notan el cambio del paradigma. No se dieron cuenta de que este es otro país. Ellos están hablando del país de 2001. Están atrasados en el tiempo, por lo menos 10 años. No han tomado nota de la resolución de la crisis por parte del kirchnerismo. No han tomado nota de la recomposición social, de las transformaciones de las estructuras productivas de la Argentina que demandan otro tipo de representación política. En ese sentido son todos prekirchneristas”, analiza López mientras ceba su último y ya deslavado mate.

“Hoy candidatos como Duhalde dan manotazos de ahogado con frases como las elecciones se definen en las últimas semanas o vienen etapas difíciles y el Gobierno no tiene capacidad de gestión, mientras un resignado Alfonsín hace “un llamado al diálogo entre las distintas fuerzas políticas para encarar en conjunto los problemas del país”.

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