La crisis europea ha oscilado recientemente de la deuda soberana hacia la crisis bancaria, significando en ambos casos la necesidad de fortalecer la estructura de la Unión Europea (UE) y acrecentar el financiamiento de capital fresco para paliar sus consecuencias adversas y crear un escenario benigno para la zona euro. Así, ante la pérdida del capital político de la UE y en la víspera de una reunión más que celebró este fin de semana, ha emergido el anuncio oficial de la necesidad de mayores recursos para capitalizar los principales bancos de ese continente.
En ese ambiente, Joseph Stiglitz (El País, 7 de noviembre) ha comentado que “los economistas en ambos lados del Atlántico no sólo discuten si el euro sobrevivirá, sino cómo garantizar que su desaparición cause la menor agitación posible”. En efecto, parece que hoy hay más preocupación en cómo salir adelante con los menores costos por el derrumbe de la moneda única que cómo salvarla, mientras en ese proceso se sigue desperdiciando el capital del bloque europeo y urgiendo por más recursos para la banca que al final saldrá de su propio cofre, o al menos así serán garantizados.
Desde 2010, la UE ha visto menguar su capital intangible como organización económica, que algunos llaman credibilidad, debido a la recurrencia de sus reuniones, lideradas por Alemania y Francia, cuyos acuerdos han sido tardíamente instrumentados o han resultado poco efectivos. De esta manera, finalmente hasta la semana pasada el Fondo Monetario Internacional (FMI) liberó a Grecia un poco más de 2,200 millones de euros (mde) de los 8,000 mde pendientes del último tramo del apoyo que en 2010 la UE comprometió con el país helénico.
Tantas reuniones de la UE, casi siempre anunciadas como “la definitiva” para tomar las medidas pertinentes para afrontar la crisis, han terminado por convencer a propios y a extraños que no bastan las buenas intenciones si no se puede seguir el rumbo deseado o no se desea realmente transitarlo. Lo pasmoso es que ante tal realidad, el Grupo de los Veintisiete ha terminado por acrecentar su propia crisis para así cumplir la profecía de las calificadoras y de “los mercados”.
Hoy la unión tiene un valor intrínseco mucho menor que hace tres años, es decir menor credibilidad de la que tenía en pleno trance de dificultad desatado por la quiebra del banco de inversión americano Lehman Brothers. Consecuentemente, cada nuevo posicionamiento técnico de la UE para atacar la crisis o cada rechazo de las medidas que estén fuera de las normas de gobernanza establecidas para la propia Unión terminan profundizando la crisis y erosionando más su capital.
Tal proceso podría explicar porque a pesar del anuncio del Banco Central Europeo (BCE) de una baja en la tasa de interés, para llevarla a sólo 1%, la bolsa siguió cayendo en lo que ya parece ser una caída sistemática. En este brete, aparentemente sin salida y con daño autoinfligido, queda contemplada la amenaza de las calificadoras de degradar la calificación del Fondo Europeo de Estabilidad Financiera (FEEF).
De esa carrera perversa sin fin se ha culpado al sistema de gobernanza de la UE, dado que limita las atribuciones monetarias y financieras de sus órganos encargados de tales menesteres, como sería la operación de prestamista de última instancia por parte del BCE, la emisión de bonos europeos por parte del FEEF. En consideración a tal limitación institucional, Alemania y Francia aparentan enfrentar el dilema de tomar resoluciones de cambios fundacionales con el establecimiento de nuevos tratados que incluyan a los 27 países de la UE o únicamente a los 17 de la zona del euro.
Tal disyuntiva enmascara la negativa de Alemania y la duda de Francia de hacer realmente cambios de fondo que subordinen mayormente la política monetaria y financiera de los miembros de la UE a un gobierno supranacional no electo soberanamente por los ciudadanos de cada país. Posibilidad a la que siempre y de manera sistemática se ha opuesto el Reino Unido y otros países, como Dinamarca. Esta circunstancia se agrava ante el escenario político de elecciones que se celebrarán en 2012, por lo que más vale pretender cambiar para no cambiar, so pena de verse castigado en las urnas.
Por ello París y Berlín han llamado al Consejo de la UE “con toda urgencia y sin dilación”, a tomar las “medidas necesarias para estabilizar la zona euro y superar la crisis actual”, proponiendo una “nueva unión para la estabilidad y el crecimiento” centrada en una “arquitectura institucional reforzada”, dirigida por un “presidente permanente” de la cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno del euro que se reunirá “de forma regular”, teniendo un “eurogrupo ministerial” para aplicar las decisiones de la cúpula y asegurar su funcionamiento ordinario (El País).
El llamado galo y teutón busca explícitamente que un nuevo marco jurídico contenga leyes en los ámbitos de la regulación financiera, el mercado de trabajo, las políticas de crecimiento y un mejor uso de los fondos europeos, la instauración de una tasa sobre las transacciones financieras, así como de la convergencia y armonización del impuesto de las empresas, entre otros campos. En la confusión de la definición de cambios para el logro de objetivos específicos y concretos, no se sabe si la UE pretende atender urgentemente el contagio o evitar una nueva enfermedad, sin haber aún atendido adecuadamente al enfermo cuya salud se agrava, como lo confirma, de última hora, la pretensión de que los miembros de la eurozona deberán adoptar un freno a la deuda que limitaría el déficit anual a 0.5% de su producción económica (The Guardian, 8 diciembre de 2011), en lugar del 3% hasta ahora establecido.

Este proceso de pérdida del capital político de la UE ha terminado por generar también un proceso de afectación de riesgo de la deuda soberana, haciendo que su costo de financiamiento se incremente y, en el mejor de los casos, de la actividad productiva en su conjunto. Al mismo tiempo, el riesgo de la deuda soberana ha incrementado las necesidades de capital de los bancos, por lo que el suministro del crédito se acelerará y necesariamente terminará desatando un racionamiento del crédito, como ha sucedido en otras crisis. Tal racionamiento (Stiglitz and Weiss, 1981) se acrecentará por la aversión al riesgo de la caída de la actividad económica y por la necesidad de mayor capital en relación a activos en riesgo (deuda soberana en manos de bancos y créditos).
Así, también este jueves fue confirmado que los bancos europeos necesitan recursos para incrementar su capital del orden de 114.7 miles de mde, más de lo dicho hace sólo dos meses, para asegurar su fortaleza y restaurar la confianza de los inversionistas, según lo indicado por la Autoridad Bancaria Europea (ABE). El capital faltante es casi 8% de lo originalmente estimado de 106.4 miles de mde, debido principalmente a bancos de Italia, Austria, Bélgica y Alemania (Reuters), tal como corresponde al orden de cómo fue previsto desde hace semanas los problemas bancarios por venir.
El faltante de capital de los bancos alemanes, incluido el efecto de la deuda soberana, es de 13.1 miles de mde, después de que en octubre fue estimado en 5.2 miles de mde, menos del 50% de lo requerido ahora. Los bancos con mayores necesidades de capital son los españoles con 26.2 miles de mde. De acuerdo a la ABE, los bancos tendrán hasta enero próximo para presentar sus planes de capitalización y deberán efectuarlos en el mes de junio.
El objetivo final es alcanzar 9% de capital básico (Tier I) en relación a los activos en riesgo. Para la capitalización, los bancos tienen esencialmente tres opciones, no necesariamente excluyentes: emitir acciones, contraer sus créditos o vender activos. Por ello, el BCE estableció que comenzaría a ofrecer fondeo por tres años por primera vez para evitar el colapso crediticio, mientras la ABE se comprometió a apoyar el tratamiento de la exposición sobre la deuda soberana y otorgar garantías, especialmente a la luz de las obligaciones que deberá asumir cada país.
El incremento de las necesidades de capital de los bancos europeos ha sido significativo en sólo dos meses. Ello refleja la velocidad de agravamiento de la crisis bancaria en el Viejo Continente, que cada día da visos de acelerarse por la falta de decisión política. Sin embargo, ello parece confirmar lo ya expresado anteriormente por Sir Mervin King, gobernador del Banco de Inglaterra (The Guardian, diciembre 1-01), en el sentido de que se desconocía el monto total de necesidad de capitalización de los bancos en Europa.
Por ello, es factible que para cuando se logre definir un plan de capitalización por parte de los bancos, allá por el mes de enero, los requerimientos de capitalización se hayan incrementado sustancialmente, reforzando así la carrera sin fin del proceso que ha significado el desperdicio del capital de la UE. Para entonces, es posible que, además, se hayan comprometido más recursos de la Unión para paliar una crisis creciente que se retroalimenta así misma. Pero también, para entonces, es posible que el bloque europeo haya agotado totalmente el resto de su capital político, para la desgracia de los europeos, pero también para el resto del mundo.
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