Sobre una plataforma de tres ejes, el presidente Barack Obama abrió los fuegos para la más dura de las batallas políticas de su administración: la reforma al sistema de salud. Proporcionar un seguro de salud a quienes no lo tienen; estabilizar a quienes ya cuentan con él y reducir los costos de los seguros a las personas, a las familias y a las empresas.
Para los aproximadamente 46 millones de estadounidenses sin cobertura, el gobierno se compromete a crear una especie de bolsa de seguros médicos, a la que personas y empresas podrán acudir para buscar la póliza que les convenga, a precios competitivos.
Todo ello costaría unos US$ 900.000 millones, reconoció Obama. Pero el presidente aseguró que ese dinero no se añadiría al galopante déficit público. Para demostrar la fuerza de la acción en que está empeñado, Obama hizo un enérgico discurso quizás uno de los más importantes, porque se está jugando su capital político o la posibilidad que le ocurra lo mismo que le sucedió a Nixon y Clinton, que empeñaron parte de su fuerza en reformar la salud y se estrellaron con un sonoro fracaso.
El gobierno, en su campaña ante la opinión pública, revela casos donde el monto que se cancela por los seguros ya es una barrera inaccesible. Y agrega que las preexistencias son excusas para limitar a la población en el momento de la compra de seguros.La Casa Blanca sabe muy bien que un acuerdo sobre la “opción pública” resulta capital para un compromiso final sobre la ley de reforma sanitaria.
Y ese es un acuerdo que tiene que conseguirse primero dentro del Partido Demócrata, donde las dos facciones principales -los Blue Dogs, en la derecha, y el Caucus Progresista, en la izquierda- mantienen posiciones encontradas: mientras los primeros han dicho que no respaldarán ningún proyecto que incluya un seguro público, los segundos han advertido exactamente de lo contrario.
Obama sabiendo lo que está en juego, por lo pronto ha puesto su foco de atención en cautivar a la opinión pública y es a esa formidable máquina de comunicación. Se ha cuidado de hacer saltar el botón que derribó el trabajo de los Clinton en 1993, que enviaron un elaborado proyecto de ley, muy completo, pero que fue recibido como si les estuvieran haciendo el trabajo a los legisladores desde el poder ejecutivo.
O sea, al Congreso de Estados Unidos no le gusta que el gobierno legisle, para eso están ellos. Y sobre esta experiencia es que debe trabajar arduamente combinando la mirada que tiene Obama, con los republicanos, y una vez haya ordenado el voto demócrata, que por esas características del sistema político de esa potencia, el futuro de los políticos depende directamente del humor y estado de ánimo de los electores y no de las órdenes de partido, por lo que veremos en los próximos días es una dura sino la más fuerte batalla del Presidente Obama, para evitar caer en las arenas movedizas del fracaso.
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