
La peligrosa plaga inflacionaria sigue viva, pero ha comenzado a debilitarse. Las fuertes alzas internacionales de los alimentos y de los combustibles parecen amainar. En el frente interno, el Banco Central ha desplegado su artillería. ¿Habrá, entonces, pasado ya lo peor? Es probable, pero la tarea más ardua de enrielar las expectativas de inflación y evitar un desborde de presiones salariales está recién comenzando, y exigirá más sacrificios. En ello, las políticas fiscal y laboral han de jugar un papel crucial.
Cómo se nos arrancó la inflación ha sido objeto de intenso debate.
Es a todas luces imprudente encarar las alzas de costos externos con una demanda interna tan acelerada. Es cierto que una sostenida caída
El Banco Central está haciendo su tarea. Después de descansar desaprensivamente en su buena reputación, ha elevado su tasa de interés en cada una de las últimas cuatro reuniones mensuales. La tasa de política de 8,25% establecida ayer se traducirá en un significativo incremento
En el camino pueden surgir dificultades. La política monetaria actúa enfriando la demanda y la actividad económica. Su efecto sobre la producción y el empleo puede ser muy duro si las expectativas de inflación no concuerdan con la meta oficial. En su próximo Informe de Política Monetaria, es seguro que el Banco Central reiterará su compromiso de mediano plazo con una inflación en torno al 3%. Pero el mercado comprenderá que habla en serio sólo si lo percibe decidido a mantener en los próximos trimestres muy cortas las riendas monetarias, aun cuando ya entonces sea patente una ingrata desaceleración de la actividad económica.
En las próximas semanas conoceremos también el proyecto de ley de presupuesto para el próximo año.
Es imperioso que la política presupuestaria se haga cargo de su impacto inflacionario. El gasto fiscal promueve la expansión de la demanda, eleva las expectativas y alimenta las alzas. De acuerdo a los parámetros recientemente dados a conocer, la regla vigente permitiría en 2009 un incremento demasiado alto en el gasto público. La autoridad deberá introducir en ella los ajustes necesarios para evitarlo. Un aumento
Donde las actuales expectativas inflacionarias pueden hacer más daño es en las negociaciones salariales. Los índices de remuneraciones marcan incrementos en doce meses de entre 7 y 9%, según qué indicador se mire. Ello refleja la inconveniente y extendida práctica de la reajustabilidad por IPC pasado. La política laboral debe favorecer los reajustes de acuerdo a la inflación esperada a futuro, que en las condiciones presentes ha de ser significativamente inferior a la pasada. Desde luego, sería ideal compensar a todos los trabajadores por el mayor costo de los alimentos y la energía. Pero ello equivaldría a ofrecer pan para hoy y hambre para mañana. La inflación de segunda vuelta así ocasionada anularía todo beneficio real para los asalariados y dificultaría aun más el restablecimiento de la estabilidad.
Las señales de política laboral no son tranquilizadoras. El alza de más de 10% en el salario mínimo generó un mal precedente. Las próximas negociaciones
Cuando la economía está sometida a un tratamiento antiinflacionario, ello ocurre con sorprendente rapidez. En 1998, con una cómoda tasa de desempleo de 6%, el mercado laboral parecía capaz de tolerar los fuertes aumentos en los salarios mínimos y fiscales de entonces. Un año más tarde, y luego que el Banco Central, alarmado por el impacto de la crisis asiática y el gasto público, se sintiera en la necesidad de pisar el freno a fondo, el desempleo saltaba al 10%. Vale la pena recordar que la cesantía reinante casi le impide llegar a La Moneda al formidable candidato presidencial oficialista en 1999. Tanto desde la óptica económica
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