Por Philip Stephens
A Europa le obsesiona de nuevo la cuestión alemana. En el pasado, a los vecinos de Berlín solía preocuparles un estado poderoso y expansionista. Ahora, tienen que lidiar con una Alemania indiferente e introvertida.
La hostilidad mostrada por Angela Merkel hacia un paquete de rescate de la eurozona para Grecia forma parte de una realidad más amplia. Ya sea en materia económica o de política exterior, la canciller alemana habla por una nación que se ha encerrado en sí misma -un país que ha reevaluado, y reducido, sus obligaciones para con Europa.
El conflicto va más allá de una discusión sobre las respectivas responsabilidades de las naciones deficitarias y excedentarias. Afecta más de lleno a la alianza franco-alemana, en una época el motor fundamental de la integración europea. Nicolas Sarkozy, el presidente francés, aún concibe la UE como un actor global: una institución cuya fortaleza económica será igualada un día por una firme influencia política. Merkel quiere más tranquilidad.
La nueva Alemania tiene una visión más intolerante en relación a sus intereses. No carga con la culpa que determinó el comportamiento de la generación de la postguerra.
En general, la solidaridad con los aliados y vecinos no es un interés prioritario para la opinión pública alemana. Algunos dirán: ¿y por qué no habría de ser así? ¿Por qué debería Alemania mostrarse altruista? No podemos esperar que Alemania pague siempre las reparaciones. A nadie se le ocurriría pedir a Sarkozy, o a Gordon Brown, que anteponga el interés de Europa al de su propia nación.
Estamos asistiendo a un cambio inevitable. La segunda mitad del siglo 20 fue una excepción. Alemania es ahora un país "normal". Si escoge un futuro como una Gran Suiza (supuesta realización de un paraíso en el que ha triunfado el Estado del bienestar, intervencionista en lo social y lo económico), ¿de qué puede quejarse el resto de Europa?
A aquellos con nociones de historia, les resultará sin duda extraño que se le reproche a Alemania falta de ambición. ¿De verdad quieren sus socios que la nación más poderosa del continente comience a extender su influencia? ¿No es eso a lo que los padres fundadores esperaban poner fin con la creación de una Comunidad del carbón y del acero?
Mi primer trabajo serio en el periodismo fue como corresponsal en Bruselas para Reuters a principios de los "80. El gran tema era el conflicto titánico entre François Mitterrand y Helmut Kohl, que enfrentaba la búsqueda del crecimiento económico de Francia contra la ortodoxia financiera alemana. El canciller alemán ganó esa batalla, obligando a Francia a aceptar la deflación como precio de la devaluación.
El debate de aquella época sobre las respectivas responsabilidades de las naciones excedentarias y deficitarias era muy similar al actual. Lo irónico es que la posterior campaña de Francia a favor de la unión monetaria nació de la convicción en París de que el euro acabaría con este tipo de disputas. El acuerdo unió el poder económico alemán con el liderazgo político francés.
Este es el proyecto que Merkel desafía, no con una política de expansionismo, sino ocultándose bajo las cálidas mantas del puro interés alemán. Ha habido muchos nervios en torno a la Europa que terminará surgiendo de la actual era de tumultuoso cambio político. Antes hay que preguntarse: ¿y en el caso de Alemania?
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