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2015/10/02

Ampuero en el Chile profundo

El escritor, desde su refugio en Olmué, dice que la desconexión de la clase política con la realidad es total, que la izquierda vive una bancarrota moral y que nadie piensa el país en el largo plazo.
Por: Marcelo soto
Fotos: Verónica Ortíz
ampuero
La vida de Roberto Ampuero parece una novela. De hecho, dos de sus libros de mayor acogida han sido “memorias imprecisas”, que combinan ficción y realidad: Nuestros años verde olivo y Detrás del muro. El escritor, por una rara cualidad, ha sido testigo, y a veces protagonista, de importantes episodios. Vio el paso de los Hawker Hunter rumbo a La Moneda, el 11 de septiembre de 1973, desde el Pedagógico, mientras los dirigentes estudiantiles brillaban por su ausencia. Entonces, decidió que nunca sería carne de cañón.
Como fiel militante de las JJCC, se exilió en la RDA, pero apenas pisó suelo alemán, al ver las alambradas que separaban los dos lados de la capital, intuyó que la promesa marxista era una fantasía. Partió a Cuba, pensando que el Caribe podría entregar un rostro más amable del socialismo, pero la decepción fue mayor. Se casó con la hija de un alto funcionario castrista, apodado no sin razón Charco de Sangre, por haber mandado a fusilar a centenares de enemigos de la revolución. Con ella tuvo un hijo, pero su quiebre definitivo con el PC lo obligó a dejar la isla y volver a Berlín Oriental.
“Me parece patético que Bachelet valore la seguridad social de la RDA. Todas las dictaduras tienen algún resultado que mostrar a su favor. Pero hay que agregar una segunda frase: fue un sistema condenado por la historia. Le faltó esa parte y es grave”.
Acosado por sospechas y en la mira de los servicios secretos de ambos bandos, finalmente pudo pasar al otro lado. Rompió con la izquierda y se volvió liberal. Sus ex camaradas aún no lo perdonan. Varios de sus amigos tomaron las armas, algunos murieron en guerrillas en África o Centroamérica. Como periodista observó desde una ventana la caída del Muro. De vuelta a Chile, en su natal Quinta Región, se convirtió en empresario inmobiliario –realizó grandes proyectos en Jardín del Mar y Bosques de Montemar– y luego de ganar el Premio Revista de Libros de El Mercurio cumplió su sueño: dedicarse a escribir. Y lo hizo con gran éxito.
Hoy, después de haber sido embajador en México y ministro de Cultura en el gobierno de Piñera, dice que está tratando de recuperar su rutina (y bajar un par de kilos que ganó, con tanto almuerzo o cena de trabajo). Va a publicar un libro de conversaciones con Mauricio Rojas sobre cómo ambos pasaron del marxismo al liberalismo, y escribe una novela, que califica de “absolutamente lúdica”. Escapando de los inviernos, pasa medio año en EE.UU. –es profesor de literatura en Iowa City y dos de sus hijos viven en California: trabajan en altos puestos ejecutivos de empresas tecnológicas como Dropbox– y el resto del tiempo en Olmué, donde tiene un refugio que muy pocos conocen. A ese lugar están vedados los fotógrafos. “Decidimos con mi mujer –ex embajadora guatemalteca– venirnos acá para conocer el Chile profundo. Y aquí te das cuenta de que hay un divorcio total entre la clase política y la sociedad. La irresponsabilidad, la desconexión de nuestros líderes es vergonzosa”.
Preocupado de la crisis que acecha a Chile, Ampuero ve coincidencias entre las desconfianzas actuales y las que llevaron al golpe del 73. Dijo algo parecido el año pasado en Icare y le llovieron las críticas. Hasta Carlos Peña lo tildó de catastrofista... y de paso le dio un palo a su calidad de escritor. “Hubo una campaña en mi contra, pero eso es música del pasado”, dice hoy mientras almorzamos en El Copihue, un clásico de esta localidad rural, que en el último tiempo ha atraído a jóvenes profesionales cansados del estrés santiaguino.
“Ojo que cuando yo hice ese pronóstico, Bachelet todavía estaba arriba en las encuestas. Los hechos resultaron peores de lo que anuncié. Lo que sucede es que yo viví en muchos países que ya no existen, aunque parecía que iban a durar para siempre. No hay que dar nada por sentado, como dicen los gringos. No digo que vaya a pasar, pero Chile es como un avión a punto de estrellarse: las naves colapsan no por una causa, sino por una serie de hechos desafortunados que coinciden. Y eso está pasando en Chile. Se alinearon los astros por así decirlo: un pésimo programa, malas reformas que impactaron de inmediato en la economía, la desaceleración de China, un pacto de gobierno extremadamente inestable y una presidenta sitiada por el caso Dávalos y las boletas de Martelli”. Pese a ello, afirma, no todo está perdido: “Bachelet tiene la llave para salir de la crisis”.
-Aunque las señales no son positivas, Chile no se está cayendo a pedazos. ¿No es apocalíptica tu visión?
-Chile es claramente la prueba de algo delicado. Un país debe compararse consigo mismo. Ahora la Nueva Mayoría se compara con Brasil o Argentina, lo que es una mediocridad tremenda. Pero fuera de eso, la evidencia chilena es que cuando hubo una crisis política profunda no pudieron ponerse de acuerdo dos sectores, que se fueron radicalizando, y terminamos en lo que terminamos. Una dictadura feroz. No es que le haya pasado a otro país; nos pasó a nosotros. Cuarenta y dos años después, volvemos a encontrarnos con una clase política incapaz de resolver sus problemas de forma consensuada. Y estamos de nuevo en situación de tensión.
-¿Por qué dices que hay una desconexión total entre la elite y la sociedad?
-Tanto la izquierda caviar como la elite de derecha son asombrosamente autorreferentes. Ese defecto les impide identificar cuáles son las necesidades del país. En el caso de la izquierda, se dejó llevar ingenuamente por las marchas, pensó que ése era Chile: el de la calle, el que protesta en la Alameda. A la derecha lo que le ha ocurrido es creer que el país es el barrio El Golf, donde se nota y disfruta la modernidad. Pero si vas al Chile profundo, aparece otro país, muy pobre y desfasado. Descubrir esa disonancia, entre la elite y la sociedad, me dio pavor.
-¿Por qué decidiste refugiarte en Olmué?
-Chile es la periferia, pero yo quería ver esa periferia, desde la propia periferia. Lo más increíble es que estamos a una hora quince minutos de Sanhattan, pero es otro mundo, otro ritmo, otra gente. No quiero hacer una apología popular, pero la sabiduría de las personas con las que converso acá, me llama la atención. Aparecen los temas que de verdad les preocupan. Por ejemplo, la violencia. Varios me han dicho: mire, don Roberto, me compré mi arma, porque aquí no hay seguridad. Con respecto a las rencillas que ven en la política, comentan: esto va a terminar muy mal.
-En todo caso, apelar a lo que piensa la gente es un discurso que se repite entre los políticos, sobre todo en tiempo de elecciones. ¿No es caer en la demagogia que criticas?
-No, porque lo he comprobado por mi cuenta. La verdad es que la política se hace totalmente de espaldas al país. Basta ver el Congreso. Cuando era ministro y tenía que negociar con los parlamentarios, siempre las reuniones eran en oficinas cerradas. Todo el edificio es como un búnker, que no mira a la ciudad. Eso en el plano simbólico, que es el aspecto que como escritor me interesa más, es relevante. Y se evidencia en cosas concretas. Te doy un ejemplo: estaba un día con unos vecinos, que probablemente ganan el sueldo mínimo, y en un momento en la radio los diputados discutían si hacían un reajuste a sus dietas o no, y eran 600 mil o 800 mil pesos más. Eso escucharlo en un cerro de Olmué, ¡es un insulto! ¡No se dan cuenta de la indignación que causan! Mira, las elites que no ven las demandas y malestares de su sociedad, terminan en el paredón. El pueblo se venga después, te pasa la cuenta. Y este sentimiento de rabia es transversal.
-¿A qué crees que se debe el actual escenario?
-El problema radica en que todos los actores piensan en el corto plazo. Aquí es interesante reflexionar sobre instituciones que sí tienen visiones de largo plazo, que son fundamentalmente las FF.AA. Si hay una institución que tiene visión de largo plazo son ellas.
-Es delicado el tema: nadie quiere a la FF.AA. inmersas en la coyuntura.
-Capaz que me acusen de estar golpeando los cuarteles. ¡No! Lo que digo es que carecemos de visiones de largo plazo. Y las FF.AA. podrían ser un aporte en ese sentido. Imagino que deben observar con mucha preocupación el actual momento. Sería muy interesante conocer qué piensan con respecto a Bolivia, Perú, la influencia creciente del narcotráfico. Si analizas los países exitosos y los que fracasaron, el subdesarrollo se caracteriza por vivir al día, en cambio las sociedades que triunfan miran a 30, 40 años. Aquí todo es cortoplacista.
“La izquierda aún no entiende la economía. La expresión más gráfica es lo que dijo hace poco Teillier: los capitales aquí no son patrióticos. O sea, no ha entendido nada este señor. Ni siquiera ha leído a Marx, que afirmó que el capital es el único animal que para atacar, huye”.
-¿Ves a la izquierda y a la derecha con el mismo déficit?
-La izquierda tiene un punto a su favor: se da cuenta de que hay un malestar, una voz que surge, cosa que no percibió la derecha. Eso es un gran plus, pero al mismo tiempo una ocasión desperdiciada, porque cuando levanta el diagnóstico y cuando hace la receta va en la dirección incorrecta. Debido a su ideologismo, tiene muy poca fantasía para elaborar alternativas que sean modernas y adecuadas al mundo actual. Posee buen olfato, pero pésima gestión. La derecha, al contrario, se equivoca al no ver los síntomas, pero sabe de recetas y de administración.
La expresión más gráfica de esto es lo que dijo hace poco Guillermo Teillier, líder del PC: los capitales aquí no son patrióticos, los capitales se van. O sea, no ha entendido nada este señor, desde los años 70. Lo que es peor: ni siquiera ha leído a Marx, que afirmó que el capital es el único animal que para atacar, huye.
-El dinero no tiene patria, como dicen.
-Si no se ha dado cuenta de eso, vive en la luna. Y explica lo que pasó en los países comunistas. No fue solamente la resistencia ideológica de la mayoría de la población lo que acabó con ellos, sino en gran medida la incapacidad económica del sistema para subsistir y competir con Occidente. Por ahí hay algo que todavía la izquierda no logra entender.

Bachelet y las dictaduras

-¿Qué te pareció esta frase de Bachelet sobre la RDA, cuando dijo que recordaba y valoraba el modelo social que le dio seguridad para criar a sus hijos?
-Me parece patético. En todo el mundo el régimen de la RDA está condenado, por los alemanes, por la historia. Entonces, que salga un presidente de Chile a defender una parte de ese sistema no resiste análisis, yo pienso que es un error, un faux pas (tropiezo). ¿Sabes lo que pasa? Todas las dictaduras tienen también resultados que mostrar a su favor.
-¿Rescatas algo de la RDA?
-Se puede rescatar algo, desde luego, pero hay que ver el marco completo. Hay una frase que después debes pronunciar. Todas las dictaduras tienen algo positivo que mostrar, todos los dictadores tienen una parte humana, que uno puede celebrar. Tú puedes hablar de Castro y decir qué gran memoria tiene. Qué afable.
-Hasta Allamand habla con admiración de Castro.
-Claro. “Ay, se acordaba de mi nombre, me recibió a las tres de la mañana, hablamos tres horas”. Eso tiene sentido y lo puedes decir si a continuación agregas: pero es un tipo que gobierna Cuba hace 56 años, mediante un partido único, donde jamás le ha preguntado a la población qué opina en elecciones libres y secretas. Recordemos que hay gente que celebra los Volkswagen y las autopistas de Hitler. Son factores objetivos, reales, pero a continuación tienes que decir: fue una de las peores dictaduras de la historia. Sobre la URSS, lo mismo: puedes mencionar que había pleno empleo, el Estado se hacía cargo de ti, y te daba salud gratuita, pero no puedes olvidarte del rostro real de Stalin. Cuando nosotros vamos a analizar a un dictador, por sus características personales, hogareñas, de amor a sus nietos, a sus mascotas, y nos quedamos allí, estamos cometiendo un grave error, y estamos pasando a justificar o ignorar las violaciones a los DD.HH. Falta siempre agregar la otra parte. La gratitud con los países comunistas, donde viví, y trabajé siempre; la gratitud porque encontré un lugar donde vivir y dormir, con tranquilidad, escapando de Pinochet, tiene que venir acompañada de una segunda frase, y es la segunda frase, el silencio de no pronunciar la segunda frase, lo dañino para un político. Y habla de tu visión de lo que son los DD.HH. y de lo que es una sociedad democrática. Eso es lo grave. No es haber dicho qué bueno era el sistema de salud, sino de haber omitido una segunda frase que tienes que decir. Eso es lo tremendo.
-¿Conoces a la presidenta?
-No. Ella se fue de la RDA meses antes de que yo llegara de vuelta de Cuba a Berlín, en 1979. Me dicen que la vieron leyendo Detrás del muro, en un avión, pero tapando la portada (risas). Conozco a la mamá, porque a inicios de los 70 estábamos en la misma universidad en algunos cursos, en el Departamento de Antropología Social de la Chile. Ella era la esposa del general Bachelet, en esa época debe haber tenido 40 y tantos años, y era estupenda, el sueño erótico de todos los alumnos... Era una mujer muy distinguida, elegante, socialista. Ahí nos conocimos. Nunca más la vi hasta que nos encontramos de nuevo en Chile, en alguna actividad, y me reconoció. Siempre fue muy amable. Después, cuando estaba de ministro, la invité a actividades de La Moneda donde hablaba el presidente en grupos muy pequeños. Cuando se inauguraron las salas de La Moneda con nombres de los poetas más importantes, nos reímos mucho porque ella dijo: “Me gusta que Ampuero recuerde que éramos compañeros, porque la gente piensa que tengo muchos menos años de los que tengo”.
“Ponce Lerou puede financiar a quien quiera, pero es impresentable que gente de izquierda, hablando a diario contra el pinochetismo, y con toda la razón, haya recibido durante años dineros de alguien tan cercano a Pinochet. Eso es una bancarrota moral”.

Machismo y funas

-La izquierda no perdona que se cambien de bando. A Justo Pastor Mellado, por ejemplo, cuando votó por Piñera, muchos le hicieron la cruz. Para ti debe haber sido difícil. ¿Te sientes aislado?
-Si mi único referente fuese Chile, a lo mejor me preocuparía. La izquierda chilena habla mucho de la diversidad, pero no la puede vivir en sí misma. Habla en términos teóricos de la diversidad, pero en la vida práctica es tan elitista como alguien que no sale del Club de la Unión y nunca hace negocios o trata con nadie que no sea de su círculo. Chile es un país de muchas tribus.
-¿No te han funado? Jorge Edwards contaba que cuando estaba de embajador en París, la comunidad chilena de exiliados le había hecho varias protestas. Hasta rayados ofensivos en la embajada.
-No me ha pasado. Pero la funa es un método de lucha de la izquierda dura, cuando no está en el poder. Cuando está en el poder la funa no es necesaria, porque se utilizan las turbas divinas, que es enviar al pueblo enfurecido a romper los actos de protesta. Así pasa en Cuba y Venezuela. Las Damas de Blanco y los opositores cubanos son reprimidos directamente por gente que llega en buses, agentes vestidos de civil, todo organizado. El que estableció el concepto de turba divina fue Tomás Borge, del Frente Sandinista. Es lo que vimos en La Moneda cuando pasaron los camiones.
-¿Esa izquierda de la que hablas tiene una deriva totalitaria?
-Muchas veces pensamos que el fascismo es una cosa de derecha, yo creo que es una actitud que puede estar también en la izquierda. Surge cuando un sector quiere imponer su hegemonía al costo de anular o exterminar las fuerzas contrarias a su proyecto. Es pensar que los DD.HH. de quienes piensan distinto no valen tanto como los de tus camaradas.
-¿Te quedan amigos en la izquierda?
-Sí, amigos que fueron muy radicales, estaban en el MIR, por la lucha armada, por cortarle el cogote a un montón de gente, y terminaron siendo socialdemócratas algunos, otros de derecha, algunos incluso le estiraron la mano al yerno de Pinochet (risas). Bueno, se arreglaron, se acomodaron. En un sistema democrático, si no están condenados, tengo que reconocer que eso es válido.
-¿Te tomó por sorpresa lo de SQM?
-Ponce Lerou tiene todo el derecho a financiar los partidos que quiera dentro del marco de la ley. Ahora, es impresentable que gente de izquierda, hablando a diario contra el pinochetismo, y con toda la razón, haya recibido durante años dineros de alguien tan cercano a Pinochet. Eso es una bancarrota moral tremenda. Pero más allá de eso, me preocupa que parte de ese sector aún no rompa con su pasado totalitario. Todavía hay partidos en el Gobierno que admiran a Castro, a Chávez y saludan al régimen norcoreano. Eso no pasa en ninguna democracia del mundo.
-¿Confías en este segundo o tercer tiempo? ¿Crees que Valdés y Burgos aporten una mayor racionalidad?
-Pienso que no entendemos lo que está pasando. Hablas de racionalidad. Acá hay un elemento que me parece que no es plenamente racional. Creo que hay una rectificación retórica que no va acompañada de la rectificación en los hechos y eso es lo que desordena el análisis, y hace que crezcan el escepticismo y la desconfianza. Lo vimos con mucha claridad con la entrevista a Nicolás Eyzguirre, un caso único en la historia de América Latina, donde un ministro importantísimo del gobierno plantea que prácticamente todo está muy mal hecho, que es inaceptable lo que está pasando. La pregunta es si habló como individuo, como ministro o lo consultó con la presidenta. Al día siguiente el portavoz dice que representa lo que piensa la presidenta. Si están todos de acuerdo dentro de la oposición y dentro del Gobierno, entre los ministros y hasta la presidenta, de que las cosas están mal hechas, ¿cuándo viene el golpe de timón? Ahí hay algo que racionalmente no puedo seguir.
-Se ha dicho que este Gobierno da un paso adelante, y dos atrás. Las contradicciones en Educación, por ejemplo, son llamativas. O el fuego cruzado que aparece una y otra vez en la Nueva Mayoría.
-Estas citas casi semanales de las cúpulas del oficialismo, donde se ratifica la amistad cívica, son un ejercicio ritual, que ya carece de sentido. Uno sabe que si algo se dice el lunes, ya el miércoles va a contradecirse. Le quita seriedad a la política, pero también desubica a la oposición, porque tiene el lunes a un adversario político claro, al que va a atacar, o con el que puede negociar, y el miércoles ya se le movió la foto. Es la falta de liderazgo. Ahora, lo que me preocupa a mí es esta necesidad convertida en un ritual, de todos estos señores, que son hombres, que tienen que ir a respaldar a la señora, a la presidenta, que es una dama. Y ellos mismos acusan que hay machismo en quienes la atacan. ¡Es debilitar más la imagen de la presidenta, ellos no deberían ni acordarse de que es hombre o mujer!
-¿Qué actitud deberían tener los líderes de la Nueva Mayoría?
-Primero, ser leales con ella, no atacarla ni hacerle actividades cuando ella no está. Que el presidente Lagos, al que le tengo un gran respeto, haya hecho esa declaración dentro de La Moneda, eso no ha pasado nunca en la historia de Chile. O lo de Nicolás Eyzaguirre, algo verdaderamente insólito. La están debilitando. Hay un machismo de los mismos que la quieren defender del machismo.
-¿Qué le recomendarías a la presidenta?
-Tiene que salir a defenderse, pero hablando de las cosas que son importantes. No bailando cumbia, no evitando los temas o diciendo que son cosas artificiales, sino enfrentando los problemas. Puede marcar el discurso y decir no necesito a nadie que me venga a apoyar, no necesito una defensa viril, yo soy la presidenta, esto es lo que pienso y a esto los convoco. Ella tiene la llave para salir bien, todavía. •••
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Las bilaterales de Piñera
Ampuero tiene una relación cercana con Sebastián Piñera, y hablan con cierta frecuencia. Todavía recuerda el nerviosismo que le causaban las llamadas “bilaterales” cuando era ministro. “Se hacían cada 2 o 3 semanas, él llegaba con sus asesores, y tú con los tuyos, pero 48 horas antes, ni un minuto más tarde, tenías que enviarle a su equipo la información de todo lo que había hecho el ministerio. Él no aceptaba una cosa coloquial, era muy formal. Te sentabas, le entregaban una copia a él, sacaba una regla y los lápices de colores que tiene y empezabas a leer el informe oficialmente. Y él iba subrayando algunas cosas. De repente mirabas sobre la mesa y te dabas cuenta de que ibas en la página 8, eran como 15, y él iba ya como en la 12. Luego, empezaba a preguntar. Uf, estaba al tanto del mínimo detalle. Y después dejaba tareas: usted ministro, tiene que tener esto, esto y lo otro. Plazos, horas. Estaba el equipo tenso, porque siempre te pillaba, porque estudiaba todo. Eran famosas estas reuniones, los mozos traían café, y el ambiente era de una tensión que se podía cortar con un cuchillo. Me han dicho que ex ministros le han preguntado a los mozos: ‘y, bueno, ¿cómo están las bilaterales?’. ‘Ya no hay’. Es otro estilo. Duraban 45 minutos a 1 hora y afuera estaba esperando otro ministro”.
-¿Piñera es tu candidato para las próximas presidenciales?
-Todavía no ha tomado la decisión. He hablado con él, y no estoy tan seguro de que él quiera de nuevo, que su familia quiera que vuelva, porque esto que está pasando, que es pesado, va a ser peor para el próximo gobierno. Si esto sigue así, cómo en el próximo gobierno pones orden de nuevo. El principio de autoridad, encauzar la economía, la confianza de los inversionistas, todo eso se ha perdido y es muy complicado de recuperar. Además, la izquierda va a tirar todo a la calle. Este gobierno ha sido muy malo y lo tremendo de un gobierno malo es que no sólo genera una cosecha magra, sino que lo peor es para el que viene, lo que tiene que cosechar y rearmar, y replantar. Por eso no diría que está absolutamente convencido. Claro, se da cuenta de que su imagen creció, por comparación, y eso le da alegría. Porque se esforzó 24 por 7. Y es verdad: no me dejaba tranquilo nunca.
-Es probable que Chile siga apostando por más izquierda en una nueva elección.
-Lo que puedo aventurar es que sea una segunda vuelta entre ME-O y Piñera, y sería un escenario difícil, porque Piñera diría que hay que volver a trabajar, ponerse las pilas, esto no es fácil, no va a proponer nada que después se le escape de las manos. Y ME-O y la izquierda dura van a plantear que si hemos fallado, es porque no fuimos lo suficientemente coherentes y radicales en nuestras reformas: hay que hacerlas hasta el final y el resultado nos va a premiar después. El pronóstico sería muy malo. Por eso pienso: cuidado. Todavía no hemos llegado al fondo de la crisis.

2013/09/08

Ara, no pedestal

Roberto Ampuero: "...como militante comunista en la adolescencia quiero pedir perdón a mis compatriotas porque entre 1970 y 1973 desfilé por las calles convencido de que a la democracia de Chile había que arrojarla por la borda...".

Desde el 11 de septiembre de 1973 me opuse a la dictadura de Augusto Pinochet. Entonces tenía yo 20 años y era el único militante de la juventud comunista en el Departamento de Antropología de la Universidad de Chile, en Santiago. Mi rechazo lo mantengo hasta hoy, tras haber vivido en países socialistas (1973-82), Alemania Occidental, Suecia, Estados Unidos y México, y lo expresa mi obra literaria, ensayística y periodística. Nada puede justificar la violación de DD.HH. Salí de Chile el 30 de diciembre de 1973 a Berlín Oriental porque conocí casas de seguridad de mi ex organización y allí a dos ministros de Salvador Allende, que habrían sido asesinados de ser descubiertos. Nunca había visto el temor a la muerte en los ojos de alguien.

Hablo desde esa experiencia y autoridad moral sobre los años 70. Intento hacerlo con objetividad y altura de miras, sin odio ni resentimiento, preocupado por la polarización y división política de Chile, y azorado por la facilidad con que un sector se arroga una superioridad ética vitalicia y se yergue como el inquisidor del resto del país. Su dedo apunta no solo a quienes tienen las manos manchadas de sangre o colaboraron con la dictadura, sino también a quienes optaron por la indiferencia y, lo que denota una inquietante visión tribal estigmatizadora, inclusive a los descendientes de estas personas, como si la responsabilidad política o criminal se transfiriese de padres a hijos.

Aunque renuncié a la juventud comunista en La Habana, en 1976, decepcionado del socialismo real, en mi calidad de ex militante de esa organización también quiero pedir perdón. Lo hago porque intenté refundar el Chile de fines de los 1960 para construir, con apenas 36% de apoyo ciudadano, un Chile radicalmente nuevo, que rechazaba la gran mayoría del país, representada entonces en el Parlamento por la Democracia Cristiana y el Partido Nacional. En su acuerdo en Cámara de Diputados, del 23 de agosto de 1973, ambos sectores le representaron a Allende "el grave quebrantamiento de la institucionalidad y la legalidad" en que había incurrido su gobierno, dato que merece análisis profundo.

Pido perdón también a Allende por haberlo dejado solo en su hora final. Yo fui uno de los tantos que marchaban por las calles gritando "Allende, Allende, el pueblo te defiende", pero no llegué a La Moneda a defenderlo. Siempre me ha parecido inaudito que Allende haya muerto rodeado solo de amigos médicos y escoltas. Su soledad es un símbolo poderoso. Ese 11 de septiembre no hubo un dirigente político de la Unidad Popular con él. Murió solo y huérfano de aliados, disparando un arma en la que no creía. Para parte de la izquierda era apenas un reformista, para otra un masón incapaz de manejar la economía y su alianza, para otros un pije o un comunista disfrazado. Lo dejaron sacrificarse solo los mismos que hoy lo celebran e imprimen su rostro en sus banderas. Lo hacen como si lo hubiesen acompañado al minuto postrero. Allende es ara, no pedestal, diría José Martí.

Como militante comunista en la adolescencia quiero pedir perdón además a mis compatriotas porque entre 1970 y 1973 desfilé por las calles convencido de que a la democracia de Chile había que arrojarla por la borda y de que los sistemas que imperaban en Bulgaria, la Unión Soviética o Cuba eran superiores y dignos de ser imitados. Pido perdón porque marché vociferando "Ho Ho Ho Chi Minh, lucharemos hasta el fin", "expropiar, expropiar es mandato popular", "los momios al paredón, las momias al colchón" y hasta "pueblo, conciencia, fusil, MIR MIR!". También adherí a grupos que se adiestraban en defensa personal para "neutralizar a los fascistas", que eran la gente de centro y derecha. Todos estábamos enfermos de odio. Como tenía 18, podría alegar inocencia. No lo hago. A esa edad yo contribuí a emponzoñar el clima nacional y a ver al que pensaba diferente como reaccionario y enemigo de clase, incluyendo a ex compañeros de mi conservador colegio alemán, familiares y amigos, y a los democratacristianos, que llamábamos entonces democretinos. Me arrepiento de haberme dejado arrastrar por ideas antidemocráticas, de haber creído que tenía la panacea para todos los males bajo el brazo y que los que no coincidían conmigo pertenecían al basurero de la historia. Por ello hoy le temo tanto a la polarización política, la intolerancia y la división que campea en mi querido país.

También quiero pedir perdón a los sufridos ciudadanos de los países comunistas donde viví. Y lo pido porque -a pesar de que en el socialismo comprendí de inmediato que eso tampoco lo quería para Chile- me siento responsable de haber integrado un exilio que no hizo declaración alguna de solidaridad hacia sus conciudadanos de los países comunistas, que sufrían sin libertad. Para los chilenos, exigíamos libertad, pero no veíamos el Muro ni las torres de vigías que impedían a los germano-orientales escapar al capitalismo. Para nosotros exigíamos el fin del exilio, pero nunca hicimos declaración alguna condenando la forma en que los Estados comunistas desterraban a disidentes. Para nosotros exigíamos libertad de expresión y elecciones libres, pero guardamos silencio frente a la inexistencia de partidos opositores y elecciones libres en el comunismo. Para Chile exigíamos, y con razón, el fin de la DINA, pero nunca articulamos una queja sobre la Securitate de Ceausescu, la KGB de Brezhnev o la Stasi de Honecker. Exigíamos el fin a la censura en Chile, pero nunca dijimos nada frente a la censura en el comunismo, como nos reprocha Zoé Valdés. ¿O existe alguna declaración al respecto, hecha entre 1973 y 1989, por alguna agrupación política chilena de izquierda? ¿O alguna que salude la caída del Muro de Berlín? Condenábamos con toda razón al dictador Pinochet mientras aplaudíamos y corríamos detrás de dictadores comunistas. Esto solo tiene un nombre: doble moral.

Reitero mi convicción de profunda raíz liberal y humanista: no hay dictadura buena, nada justifica violar derechos humanos. Tal vez con el repudio a dictaduras de izquierda y derecha y a las ideologías antidemocráticas, podremos hallar la ruta perdida hacia el necesario reencuentro nacional.

Roberto Ampuero

2013/06/21

Roberto Ampuero: “Este Chile polarizado me recuerda al de los 70″

Roberto AmpueroEl ministro de Cultura Roberto Ampuero está preocupado. Dice que el país se está dejando llevar por consignas añejas y por la falta de acuerdo que originaron –según su punto de vista– el golpe militar. A 40 años del 11 de septiembre de 1973, el escritor analiza el nuevo escenario. Y de paso, recuerda su encuentro cara a cara con la muerte. 

Por Marcelo Soto / Fotos: Verónica Ortíz

En Chile nadie lo supo, pero Roberto Ampuero, el recién nombrado ministro de Cultura, casi se muere. Fue en enero. El escritor venía llegando de unas vacaciones con su familia en El Caribe, poco después de año nuevo, y un día despertó con algo de fiebre y tos. Pensó que era un simple resfrío.
“En la tarde –recuerda– ya tenía más de 42 grados. Y no podía respirar; era un virus muy peligroso, mortal, que te cierra los pulmones. Fue muy violento. No me era posible ni siquiera llamar al chofer para que me llevara al hospital y mi señora tuvo ahí que tomar un taxi en la calle en plena Ciudad de México. Yo no sentía nada, estaba nocaut. Pensé ‘aquí se acabó la cosa’. Termino en el hospital, me aíslan. A todos en la Embajada tuvieron que vacunarlos, hacerles tratamientos, revisarlos si estaban bien, la familia, todo. Y a mí me mandaron a un pabellón aislado y no podía entrar nadie. Con máscara, entubado por completo. Una cosa muy tremenda y fíjate que en esa fiebre y en esa locura yo decía: ‘me voy a morir y no terminé de corregir la novela que tengo lista’. Y me dije: ‘si me salvo de esto, voy a volver a corregir todo’. Y eso hice cuando me recuperé, a partir de febrero, entre seis y siete y media de la mañana, estuve trabajando en la novela”.
“A veces cuando escucho las discusiones en Chile, parece que tienen lugar en un país absolutamente aislado del mundo. Estamos como ajenos a las grandes crisis, a los grandes desafíos del planeta, que son todos de escasez de recursos”.
Cuando nos juntamos con Roberto Ampuero, acababa de renunciar Luciano Cruz-Coke a la cartera de Cultura y el nombre del escritor figuraba entre los candidatos a sucederlo. Venía llegando de una cita con el Presidente en La Moneda, que aunque estaba programada con antelación, encendió las alarmas. De hecho, mientras conversábamos recibió una llamada del director de un diario. “No soy el nuevo ministro”, afirmó. Ampuero esa tarde de jueves insistía en que no podía dejar su cargo como embajador en México. “Las relaciones con México están pasando por un muy buen momento y además hay una relación muy cercana entre los dos presidentes. México es un gran aliado. Existe la posibilidad de que el presidente visite el país norteamericano. No sería oportuno dejar ahora la embajada: allá tal vez no gustaría un cambio de embajador en tan poco tiempo”, se excusaba Ampuero ante las suspicacias periodísticas.
Sólo al final de la tarde del día siguiente, se anunciaría oficialmente que el autor de Boleros en La Habana había aceptado ser el nuevo ministro de Cultura, cargo que finalmente asumió el domingo en La Moneda. ¿El presidente le hizo una propuesta que no pudo rechazar? El caso es que la entrevista a Capital la dio como escritor, no como ministro. Aún así alcanzó a dar un ejemplo de lo que podría hacer: “Me llama la atención que Bolaño en México lo presentan como escritor mexicano. Deberíamos promover su figura como la de un escritor chileno, de lo contrario lo vamos a perder. Los mexicanos ya han gastado mucha plata organizando homenajes y encuentros sobre Bolaño. Y si les dices que Bolaño es chileno, contestan: ‘nació en Chile, pero es mexicano…’ (Risas). A Chile le cuesta apropiarse de sus grandes artistas”.

“Para un escritor es más cómodo ser de izquierda”

La novela que Ampuero decidió terminar luego de su cuasi encuentro con la muerte pertenece a la serie de Cayetano Brulé, el popular detective que inventó hace 20 años y que ha protagonizado seis títulos, el último de ellos El caso Neruda, elegido en Estados Unidos y Alemania entre las mejores novelas negras de 2012. La nueva aventura de Brulé será lanzada este año: “Transcurre en distintos escenarios, en Corea del Norte, y una parte en México. Es absolutamente actual. La historia tiene que ver con la relación España-América Latina. Parte con un documento secreto que se encuentra y que hace explotar la trama. Me gusta la novela. Me tiene entusiasmado”.
“La otra cosa que hemos perdido es la cultura del debate, tenemos un déficit terrible. En muchos países se enseña oratoria en la educación básica y media. Y uno se pregunta, ¿dónde aprenden a debatir los chilenos hoy?”.
Ampuero fue comunista en su juventud (vivió en la RDA y Cuba antes de romper con el partido), y siempre votó por la Concertación, hasta 1999, cuando escuchó el discurso de Lavín. “Voté primero por Lagos, pero después vi la campaña de Lavín, y fue muy interesante para mí, una nueva forma de hacer política, un tipo muy honesto. Yo trato de ver sin esquematismos a la gente”.
-¿Participar de un gobierno de derecha, le ha traído problemas?
-El mundo cultural siempre está más a la izquierda. El cálculo de si me trae costos o no, no tiene sentido. La gente agradece del intelectual que asuma la verdad. Es cierto, es más cómodo como novelista decir que uno es de izquierda, que está a favor del pueblo, pero son definiciones que en la práctica no conducen a ninguna parte.
-A usted los críticos chilenos le han dado duro. A propósito de esto, Sebastián Edwards dijo que algunos reseñadores eran estalinistas.
-(Se ríe sonoramente) Yo creo que no hay que darle mucha importancia a ese tipo de versiones. Al final puedes tener 10 muy buenas críticas, pero uno tiene que evaluarse ante los lectores y yo he tenido una respuesta notable. Si yo hubiese hecho el cálculo no habría sido escritor, me hubiese quedado en La Habana calladito, no hubiese renunciado a la Jota y estaría hoy día celebrando a Kim Jong y sus descendientes.
-¿Pero le duelen las críticas?
-Te voy a confesar algo: tengo 60 años, mi primera novela cumple dos décadas, tengo millones de lectores y nunca en mi vida había sido invitado a representar a Chile en una feria del libro. En la feria de Turín de este año fue la primera vez que lo hice, fue muy emotivo. No quiero reclamar, pero el corazoncito te dice algo… ¡Tuvo que pasar tanto tiempo para poder decir que representé a Chile como escritor chileno!
“Todas las dictaduras son deleznables”
El escritor, antes de todo el barullo por el cambio de gabinete, vino a Chile invitado por la Universidad Finis Terrae, donde dirigió un seminario sobre los 40 años del golpe y el estado de la democracia en América Latina. De eso hablamos en su hotel de El Bosque, donde se dio el tiempo para conversar, pese a que el celular no dejaba de recibir llamadas.
-Con todo lo que ha pasado, ¿cómo ve ahora el 11 de septiembre? ¿Era evitable? ¿Resultó mejor para Chile?
- No. Yo no diría que fue para mejor, no lo catalogaría de esa manera. Dado por un lado el programa y la radicalización de la Unidad Popular, más crisis económica, más división del país, más oposición de Estados Unidos, más el desamparo en que la Unión Soviética dejó a Allende, más la misma división de la izquierda y en el marco del desabastecimiento y la Guerra Fría, creo que en un momento –hoy lo veo así– iba a llegar ese instante de definición: alguien en el país iba a tomar el poder. Ese país, así, no podía seguir. El que estuviera mejor preparado, más organizado, más estructurado, iba a tomar el poder. Fundamentalmente, el golpe es una lección que no hay que olvidar. Es un fracaso de la clase política de ese entonces para buscar soluciones consensuadas dentro del país: la falta de acuerdo es la que crea las condiciones para que alguien armado, organizado, disciplinado, tome el poder. Eso es lo que pasó.
- ¿Piensa que es mejor un dictador con ideas económicas liberales como Pinochet, que una dictadura marxista?
-No, yo pienso que todas las dictaduras son deleznables. Entrar a ese terreno, de comparaciones entre dictaduras, es ofensivo. Lo que queda es un rechazo frontal a cualquier tipo de dictadura. Ésa es la gran conclusión que saqué después de ser un tipo que vio que su país caía en una dictadura de derecha, y que le tocó vivir además en regímenes totalitarios de izquierda. No hay dictadura buena. No hay ninguna dictadura justificable. Merecen la condena. Unos se justifican probablemente por la Divina Providencia, la seguridad nacional, otros por las leyes de la historia, en aras de la construcción de una sociedad más justa. Todo eso son disfraces ideológicos.
- ¿Cuál fue el momento clave de su rompimiento con la izquierda?
-Fue en 1978, cuando voy hasta el comité chileno antifascista de La Habana con una carta que escribí en una máquina germano-oriental donde renuncio a las Juventudes Comunistas. Me había hecho comunista en el Colegio Alemán de Valparaíso, en un mundo conservador del Chile capitalista. Y renuncio a todo eso, viviendo allá, después de haber estado un año en Alemania Oriental, detrás del muro; y tres años en Cuba. Ahora, lo importante es que hubo, previo a eso, todo un proceso de desencanto, desilusión, de duda, de miedos. Mientras más yo asistía a actos de solidaridad con Chile, en teatros cerrados en La Habana o en Alemania Oriental, donde las autoridades apoyaban a los chilenos, las demandas eran: libertad, democracia, pluripartidismo, fin de las policías políticas, fin al exilio, elecciones libres pluralistas… todo eso era muy bueno para Chile. Pero si salías con ese mismo discurso a la calle en La Habana o en Berlín Este, eras contrarrevolucionario. Lo convertías en un discurso que le hacía el juego al imperialismo, al enemigo de clase; era la traición. Y eso nunca me lo tragué. Me despertó una profunda sospecha.
- En una columna reciente en El Mercurio decía que le preocupaba la polarización actual, que era el Chile más radicalizado que recordaba desde los años 70…
- En democracia, no había visto tanta polarización desde fines de los 60 y principios de los 70. El 68, cuando tomo conciencia política como un joven que tenía 15 años y hoy, son los dos momentos de mayor polarización que he visto dentro de la sociedad chilena, donde se observa mucha intolerancia, mucha división, mucho análisis político extremo, mucho sentido de urgencia de dar soluciones radicales para todo tipo de males. Y eso me preocupa. Y me preocupa no porque sea masivo en Chile, yo creo que esto todavía pertenece a la elite. Pero también en los 60 empezó como algo minoritario, de algunas elites ilustradas y de pronto comenzó a contagiar a la sociedad, generando anticuerpos y respuestas igualmente intolerantes, simplistas, violentas. La otra cosa que hemos perdido es la cultura del debate, tenemos un déficit terrible. En muchos países se enseña oratoria en la educación básica y media. Y uno se pregunta, ¿dónde aprenden a debatir los chilenos hoy? O ¿dónde lo han aprendido estas últimas generaciones, los últimos veinte años, en democracia? No ha habido espacio. Tampoco hay que olvidarse que Chile es una democracia joven, 22 años apenas. No sabemos cuán fuerte es. No la hemos probado. No es lo mismo que en Francia, no es lo mismo que en Alemania, no es lo mismo que en Inglaterra, que tú sabes que hay ahí una tradición sólida y sabes cuánto resiste la sociedad sin autodestruirse.
- Usted es profesor y ha conocido de cerca varios modelos educativos, ¿qué piensa, por ejemplo, de la demanda por educación gratuita para todos?
- Hay que situarse en el mundo en que estamos. A veces cuando escucho las discusiones en Chile, parece que tienen lugar en un país absolutamente aislado del mundo. Estamos como ajenos a las grandes crisis, a los grandes desafíos del planeta, que son todos de escasez de recursos, y pareciera que eso no cuenta; pareciera que el mundo se acaba aquí mismo, en nosotros. Esto de pensar que no hay límites para exigir nuevos beneficios, nuevas prestaciones sociales, es muy peligroso. Se hace sin tener conciencia de que los modelos para esas ideas están sufriendo recortes profundos, porque no son capaces –pese a su poderosísima economía– de financiarse. Es curioso. El año 70, el modelo utópico de Chile, de la izquierda, era un modelo que ya estaba con fecha de vencimiento; entré a ser comunista en realidad tardíamente, cuando ya la cosa iba para abajo. Era un desastre terrible, o sea, hubo algo de añejo en la versión de la izquierda chilena de la UP y hoy nuevamente estas demandas están inspiradas en modelos que los están desmontando; pertenecen al pasado, a los años 60. Creo, en todo caso, que en una sociedad nadie que tenga la capacidad para acceder a los estudios superiores, debe quedar al margen de ellos por una razón del bolsillo de los padres. En eso estoy absolutamente de acuerdo, pero es un flaco favor para la igualdad pensar que el Estado tiene que financiar la educación de quienes tienen más recursos. Eso no pasa en Estados Unidos y en algunos países europeos sí pasa, pero están desmontándolo y están pidiendo cada vez más la participación de los padres en relación con el bolsillo.
- En Estados Unidos el modelo de educación también está en crisis…
- También. Por un problema de costos, pero tiene un tratamiento diferenciado en términos de lo que es el payment, los fees, en el sentido de que si tienes la capacidad, perteneces a un grupo muy discriminado, minoritario o sin recursos, te van a dar becas y te van a dar créditos. Pero también quiero decir una cosa: yo estudié en la Universidad de La Habana, que es un sistema supuestamente gratuito: asistía a cuatro horas de clases por la tarde y trabajaba cuatro horas por la mañana en una fábrica y me pagaban alrededor de siete dólares al mes y el día sábado trabajaba cuatro horas.
- O sea no era gratis…
- Un cubano me dijo un día, y me pareció muy provocador: “¿Y tú crees que esto es gratuito? Yo he trabajado toda mi educación”. En Cuba obtuve mi bachiller y todo el tiempo trabajé. Nunca estuve en la universidad sin trabajar. Cuando me dicen “malagradecido, estudiaste gratis…”, les dijo: yo trabajé. Obtuve en Estados Unidos mi maestría y mi doctorado sin beca; trabajando. Enseñaba en la universidad y con eso me descontaban la matrícula y la mensualidad y entonces podía financiar mi curso de perfeccionamiento. Entonces, ojo: hay cosas que suenan muy bien, pero pueden ser un canto de sirenas que nos pueden llevar a encallar. Y obviamente que suena mucho mejor decir “educación gratuita, de calidad y para todos”, quién va a estar en contra. Son planteamientos maravillosos. Lo que pasa es que cuando tú sacas el lápiz o la calculadora y sumas: “bueno, a ver: ingresos que hay en el país con los recursos que tenemos… ¿educación de calidad? Ok. Vamos a ver si podemos, es un proceso largo. ¿Gratuito? Ah ya. ¿Y para todos?”. Ahí ya se te viene abajo el sistema. •••
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