Las dificultades que enfrentan grandes proyectos de inversión en Latinoamérica
Varios megayacimientos y centrales hidroeléctricas
tienen oposición social en la región. En Perú, el gobierno media para
frenar las protestas contra mineras, mientras en Brasil las centrales en
el Amazonas siguen en juicio.
COMUNIDADES indígenas, grupos ecologistas e incluso poderes del Estado
con distintas visiones. Ese es el panorama general que hoy deben
enfrentar algunos grandes proyectos de inversión en Latinoamérica.
Si
en Chile el tema ha adquirido relevancia debido a la dificultad para
construir proyectos energéticos, una preocupación similar se cierne
sobre iniciativas hidro y termoeléctricas en la región, y sobre algunos
proyectos mineros que en Perú, Ecuador y Argentina, han debido hacer
frente a diversos cuestionamientos.
El director ejecutivo de la
Fundación Futuro Latinoamericano -que promueve el diálogo en episodios
de conflicto social-, Diego Luna Quevedo, sostiene que los
enfrentamientos entre comunidades y empresas tienen un diagnóstico común
en la región: “Hay una ausencia de ordenamiento territorial, los
mecanismos regulatorios necesitan actualizaciones, sobre todo en
materias de compensaciones y mitigaciones. Las empresas siguen haciendo
proyectos como hace 10 años. No se dan cuenta de que la sociedad ha
cambiado”.
A eso se suma el hecho de que en la región
andino-amazónica, las comunidades originarias dependen fuertemente de
los recursos naturales para su subsistencia. Eso explica su resistencia a
la instalación de proyectos productivos.
El director ejecutivo
del Centro de Estudios del Cobre (Cesco), Juan Carlos Guajardo, dice que
“hoy es difícil no encontrar grandes proyectos mineros sin problemas”
dentro de Latinoamérica. No es irrelevante, considerando que en la
región existen iniciativas por unos US$ 300 mil millones hacia 2020,
según cifras expuestas en la Semana Cesco, en abril pasado.
El caso peruano
En
particular en Perú, las dificultades se presentan porque hay muchas
comunidades rurales pendientes de qué sucederá con sus recursos
hídricos, a lo que se suma la falta de institucionalidad en zonas
alejadas de la capital que permitan canalizar las demandas.
Según
la Adjuntía para la Prevención de Conflictos Sociales y la
Gobernabilidad del gobierno peruano, a mayo había 245 conflictos: 173
activos y 72 latentes. La mayor parte de ellos están relacionados con
actividades mineras o energéticas. El presidente del comité aurífero de
la Sociedad Nacional de Minería de Perú, José Miguel Morales, cuenta que
desde octubre pasado, cuando Humala decidió apoyar la inversión
privada, sobre todo en minería, “se han levantado movimientos sociales
promovidos por agitadores, que a veces usan la excusa del medioambiente
para frenar proyectos”.
El líder gremial cree que debido a las
judicializaciones y paralizaciones por protestas sociales, los proyectos
mineros en Perú demoran hoy seis meses más de lo previsto en su puesta
en marcha. “Lo mismo se está viendo en iniciativas energéticas, sobre
todo hidroeléctricas, porque se requieren permisos de las comunidades”,
asegura.
Entre los casos más bullados por estos días están los de
las minas Conga, de la norteamericana Newmont, en Cajamarca, y Tintaya,
de Xstrata, en Espinar. El primero, que significará un desembolso de
US$ 4.800 millones, está paralizado desde noviembre pasado y hace apenas
una semana el Presidente Ollanta Humala reafirmó que se realizará, pese
a las protestas de grupos locales, que temen por las fuentes acuíferas
de la zona.
El argumento que ha dado el gobierno es que, de no
ejecutarse la obra, el país se expone al incumplimiento del Estado de
derecho. “Hacer esto causaría un enorme daño a todos los peruanos”, ha
dicho Humala. A la par, la autoridad exigió a la empresa cumplir con un
plan más estricto de mitigación ambiental. Pese a ello, las protestas no
se han detenido y, debido a los hechos que se han producido, la zona
sigue en estado de excepción.
Mineras con dificultades
En
otros países de la región, como Ecuador y Colombia, con minería más
emergente, “los gobiernos están comprometidos con el desarrollo de
proyectos y hay una gran voluntad política para llevarlos adelante”,
afirma Guajardo.
En la vereda opuesta están los casos de Bolivia y
Argentina, que son países con menor estabilidad política y reglas
cambiantes, añade. Un ejemplo de eso es el anuncio hecho por el
Presidente Evo Morales, hace un mes, sobre la nacionalización del
yacimiento de zinc Colquiri, de la suiza Glencore, luego de
enfrentamientos de sindicatos por mejoras salariales.
En el caso
de Argentina, la oposición a la minería en las comunidades tiene
diferentes estados. El municipio de Abra Pampa, en Jujuy, dictó una
ordenanza que prohíbe la minería a cielo abierto, mientras que en San
Juan se promueve el desarrollo del sector. Según datos de la Cámara
Argentina de Empresarios Mineros, hacia 2015 se proyectan US$ 20.716
millones de inversión, encabezados por un proyecto de potasio, Río
Colorado, de la brasilera Vale, por US$ 5.900 millones.
Ahora
los ojos están puestos sobre la decisión que tomó la Corte Suprema de
ese país, que revocó lo dispuesto por una Corte de San Juan, que
suspendía la aplicación de la nueva ley de glaciares dictada en 2010,
por considerarla inconstitucional. La nueva normativa obligaba a crear
un registro nacional de estos glaciares, fijándolos como “bien
nacional”, y establecía medidas de preservación como fuentes de agua a
futuro.
El fallo de primera instancia en San Juan, donde se ubica
el proyecto binacional Pascua Lama, de Barrick Gold -que comenzaría a
operar en 2013-, había permitido que el proyecto se siguiera realizando.
El vicepresidente de Asuntos Corporativos de Barrick en Sudamérica,
Roth Jiménez, dijo que el proyecto no se realiza en zonas de glaciares y
que seguirá ejecutándose de acuerdo a las aprobaciones ambientales
vigentes. No obstante, aún falta que la Corte Suprema se pronuncie sobre
la constitucionalidad de la ley que afecta a los proyectos próximos a
la cordillera y preocupa al sector minero transandino.
En el área
eléctrica, la oposición a proyectos es “mucho más baja que en Chile”,
según Daniel Montamat, consultor y ex ministro de Energía de Argentina.
Explica que como en ese país las grandes inversiones no las hacen
privados, sino el Estado, “la oposición ambiental está acotada. No es
una prioridad. Los problemas económicos desplazan este tipo de
demandas”.
De hecho, luego del desastre nuclear en Fukushima por
el maremoto en Japón, que generó un debate internacional sobre este
tipo de energía, siguió adelante sin dificultades la construcción de la
central nuclear Atocha II (700 MW), la tercera de ese tipo en ese país,
que se ubica a sólo 115 kilómetros de Buenos Aires y comenzará a operar a
mediados de 2013. “La oposición y el gobierno tienen una sola opinión
sobre la energía nuclear. Eso permite que avance”, sostiene Montamat.
Al
mismo tiempo, apunta que “las cambiantes reglas del juego” en el país
llevan a que las empresas no se arriesguen a invertir fuertes montos. Y
pone como ejemplos los proyectos Condor Cliff y la Barrancosa,
hidroeléctricas que se emplazarían a la altura de HidroAysén, pero al
otro lado de la cordillera. “Estas son obras en pañales, que no están
para nada avanzadas al nivel de las iniciativas que se han detenido en
Chile. Entonces, no hay una oposición masiva”. Ambas represas generarían
1.700 MW y demandarán una inversión cercana a los US$ 5.000 millones,
pero aún no se realiza la licitación que permitiría su construcción, a
través de consorcios de empresas privadas.
Brasil y las hidroeléctricas
En
el caso de Brasil, la oposición a proyectos va de la mano de
comunidades indígenas y defensores de la Amazonía, zona donde se
proyectan más de 10 megacentrales hidroeléctricas. Montamat señala que
“la intervención estatal en las obras estratégicas permite que éstas
avancen pese a los reparos ambientales”.
Un ejecutivo de una
empresa que desarrolla proyectos eléctricos en Brasil cuenta que en el
caso de los proyectos estratégicos como Belo Monte, una hidroeléctrica
de 11.233 MW y una inversión por US$ 11 mil millones, el gobierno licita
las obras y entrega una licencia ambiental previa, lo cual permite
avanzar más rápido con las obras. “El Estado tiene un peso fuerte en la
planificación. De hecho, la Presidenta (Dilma) Rousseff era la ministra
de Minas y Energía”, agrega.
No obstante, también hay una
judicialización que va retrasando los proyectos, en promedio, tres meses
desde que obtienen la licencia ambiental hasta la licencia de
construcción, pero difícilmente la justicia revierte decisiones técnicas
de los organismos encargados de evaluar los proyectos. Belo Monte, por
ejemplo, ha enfrentado manifestaciones de grupos indígenas por el
anegamiento de tierras ancestrales, en las que ha participado el
director de cine James Cameron (Avatar). Pese a todo, la construcción
continúa y se negocian compensaciones con los municipios afectados.
En
el caso de proyectos mineros, la oposición también es menor, porque la
mayor parte de los proyectos los desarrolla la brasileña Vale.
www.latercera.com
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