2010/10/31

La economía K, sin Néstor Kirchner

Frente al drama personal, afectivo y político que significó el repentino fallecimiento de su esposo, la presidenta Cristina Kirchner no debería preocuparse demasiado por el futuro de la economía argentina. 

Para 2011 el mundo vuelve a ayudar, como tantas otras veces en la era kirchnerista. Los precios de la soja se sitúan en niveles récord (si se excluye el pico de 2008, que dio origen al conflicto con el campo); la cosecha de granos también promete batir récord, ayudada además por el clima, mientras la apreciación del real hace prever una sostenida demanda brasileña de productos industriales argentinos. 

La combinación de todos estos factores asegura que no faltarán divisas ni ingresos fiscales, típicas restricciones previas a esta década, aun cuando la incertidumbre preelectoral pueda reactivar cierta fuga preventiva de capitales. Las reservas del Banco Central también son récord (51.800 millones de dólares), aunque pueden dejar de serlo en el transcurso del año próximo, cuando el Gobierno eche mano a los 7500 millones de dólares expropiados de hecho para atender pagos externos del Tesoro, como si fueran un recurso fiscal más. Incluso hasta podría endeudarse en el exterior aprovechando la abundancia mundial de capitales, sólo que a un costo muy superior. 

La alternativa más conveniente, que sería refinanciar la deuda con el Club de París para reabrir el financiamiento a largo plazo y bajas tasas, sigue en cambio clausurada por la resistencia kirchnerista a cualquier contacto con el FMI, al que no se le debe nada excepto información sobre las cuentas nacionales. 

En el plano interno también se podrían agregar varias páginas a esta suerte de Libro Guinness , aunque no todas sean para despreocuparse. El PBI cerrará este año con un crecimiento de 9% (y completará un período de siete años a un promedio récord de 8,2% anual, incluyendo la no reconocida recesión de 2009), impulsado por un creciente gasto público que también alcanza niveles récord, medido ya sea en relación con el PBI, en términos reales o en dólares corrientes. 

La contrapartida es una presión tributaria récord, que desalienta una mayor inversión productiva para sostener aquel crecimiento. Otro tanto ocurre con la tasa de inflación real (25% anual), que se ubica entre las cinco más altas del mundo y es récord para la Argentina en los últimos 18 años, aunque no figure en las inverosímiles estadísticas del Indec para ocultar que en los últimos tres años, cuando el PBI subió por el ascensor, la pobreza bajó por la escalera. 

Con este esquema básico, plagado de récord a favor y en contra, Néstor Kirchner estaba convencido de que la economía podría funcionar en "piloto automático"; o sea, sin cambios hasta las elecciones de 2011. No le faltaba razón. La salvedad es que la función automática mantiene las ventajas, pero no resuelve los problemas y las distorsiones que se van acumulando. 

Como virtual superministro de Economía, había decidido evitar que se dispare la inflación, mediante el cuasi congelamiento del tipo de cambio nominal (el dólar subió apenas 3,4% en los últimos 12 meses) y la continuidad de los crecientes subsidios para mantener congeladas las tarifas de energía y transporte (que ya se acercan a 4% del PBI). Mientras tanto, se dedicó a sobreestimular la demanda interna con más gasto público, más emisión monetaria, indexación rezagada de salarios en blanco, controles de algunos precios y tasas de interés negativas, que empujan el consumo pero provocan mayores presiones inflacionarias. 

Para atenuar sus efectos sociales, ajustó el salario mínimo, las jubilaciones y la asignación por hijo, aunque en porcentajes inferiores a una inflación que cada año se ubica en escalones un poco más altos. Difícilmente este rumbo vaya a alterarse en los próximos 12 meses. 

Este típico esquema de viaje ahora y pague después no "cierra" en el largo plazo; pero tampoco "explota" necesariamente en el corto, sobre todo con mayor ingreso de "sojadólares" y cierta tolerancia social a la inflación en su viaje de ida. Lo que genera en el ínterin son presiones redistributivas y conflictos de todo tipo. 

El eje que falta 

En la resolución de esos conflictos es donde Cristina Kirchner seguramente va a extrañar la gestión hiperactiva y omnipresente de su esposo. NK fue, por lo menos desde 2006, el eje de todas las decisiones relacionadas con el manejo de la política económica, desde las más trascendentales hasta las mínimas. Y también el árbitro, por las buenas o por las malas, de todas las controversias que suscitaron. Con las empresas, sólo se apoyó en operadores de confianza como Julio De Vido si trataba de persuadir; o en Guillermo Moreno y Ricardo Echegaray si buscaba imponer. 

Los ministros del área se limitaron a ser ejecutores o intérpretes de sus medidas y hasta de justificar contramarchas propias en anuncios apresurados. Los conflictos internos siempre se resolvieron puertas adentro. Si trascendían, algún protagonista quedaba afuera. Más cerca en el tiempo, esos cortocircuitos se resolvieron con un equipo homogéneo e incondicional al pragmatismo de Kirchner, que siempre adoptó decisiones caso por caso, área por área y rara vez se dedicó a articular o coordinar políticas, aunque resultaran contradictorias entre sí. Si esas contradicciones eran muy evidentes se resolvían con un recurso de manual, consistente en desacreditar públicamente a quienes se animaban a cuestionarlas. 

A partir de ahora CFK, quien no estaba habituada a delegar decisiones económicas en otra figura que no fuera su esposo, probablemente se vea obligada a respaldarse en funcionarios leales (como Mercedes Marcó del Pont, Débora Giorgi, Amado Boudou o Diego Bossio), quienes tampoco están habituados a coordinar acciones fuera del eje central que representaba NK en esta estructura radial de toma de decisiones. Las órdenes, o contraórdenes, siempre venían "de arriba", en alusión al superministro fallecido. 

Por ahora, en plena época de duelo familiar y político, resulta prematuro aventurar cómo funcionará la futura dinámica del Poder Ejecutivo y cuál será la usina de iniciativas económicas. También de qué manera se arbitrarán los habituales conflictos internos por la distribución de fondos públicos. Sobre todo en un año electoral en el que todos pedirán más gasto y en el que el presupuesto 2011 es un simple dibujo numérico con destino incierto en el Congreso, si se mantienen los superpoderes y los DNU como hasta ahora. 

Aunque por lo general ha pregonado el dogmatismo económico, Cristina Kirchner tiene por delante la oportunidad de generar confianza si se dedica a desactivar fuentes de conflicto en lugar de alimentarlas. Una mayor disposición al diálogo con la oposición y con el sector privado sería un paso adelante, después de casi tres años de políticas de hechos consumados, para que cada sector no perciba el próximo año electoral como una amenaza de la cual cubrirse. 

Néstor O. Scibona
Para LA NACION

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