Chile decidió hace tiempo que su camino al desarrollo pasaba por el comercio, una economía exportadora y abierta al mundo. El fracaso de las políticas de sustitución de exportaciones en América Latina no dejaba más opción que la apertura. Y la apuesta rindió frutos.
Nuestro país fue pionero y llegó primero a muchos mercados, pero el avance de los acuerdos multilaterales y la apertura de otros países está erosionando la ventaja inicial. En este nuevo mundo de aranceles bajos las nuevas barreras al comercio son más sutiles.
En el Banco Interamericano de Desarrollo tratan de ir abriendo camino, y para eso están planteando una nueva agenda para América Latina en general, pero que ciertamente se aplica a Chile.Esta agenda implica abordar los costos de comercio (transporte, aduanas, infraestructura, acceso al crédito) y la necesidad de que los gobiernos desarrollen mecanismos de apoyo a los exportadores que contribuyan a bajar esos costos.
También es preciso reconocer que China e India nos tomaron la delantera en las exportaciones de manufacturas y que los países latinoamericanos deben buscar otros productos y servicios para exportar.
Los costos de transporte pueden hacer una diferencia real en la competitividad de nuestras exportaciones. Un estudio de Mauricio Mesquita, economista jefe del sector de Integración y Comercio del BID, plantea que la reducción en los costos de flete podría ser superior al 40% en los casos de Perú y Ecuador si su eficiencia portuaria, aranceles y número de transportistas tuvieran el mismo nivel que Estados Unidos.
En el caso de Chile, la cifra es del 26%, sobre todo en el aspecto de eficiencia portuaria. Si se considera que el flete puede ser entre 20% y 30% del costo de un producto en su mercado final, es evidente la relevancia que tiene este punto. De hecho, una reducción de 10% en los fletes tendría un impacto casi 40 veces mayor en la mediana de las exportaciones chilenas a EE.UU. que una baja de 10% en los aranceles.
Según el diagnóstico del BID, además, la infraestructura latinoamericana se encuentra fragmentada y hay poca “containerización”, los barcos suelen tener varias paradas antes de llegar a Estados Unidos y la competencia entre las distintas aduanas eleva los costos.
En este sentido, el desarrollo de proyectos de infraestructura regional puede entenderse como una proposición ganar-ganar, ya que mejora el acceso a mercados y baja los costos.
Mesquita dice que el rechazo reciente al neoliberalismo y a las políticas de economías abiertas se ha visto alimentado por las expectativas insatisfechas creadas por los mismos gobiernos para promover sus agendas de negociación de tratados de libre comercio.
Los TLC, sostiene, no son la panacea y el comercio e integración no reemplazan a los buenos gobiernos, instituciones sólidas, políticas monetarias y fiscales responsables; una base educativa y de ciencia y tecnología robusta, programas sociales eficientes enfocados en los más vulnerables, y sobre todo, no son sustituto de la necesidad de trabajar duro ni eliminan los riesgos.
Paolo Giordano, economista de comercio del BID, cree que las agendas domésticas de los gobiernos deben considerar el desarrollo de mecanismos de apoyo a sus exportadores como entrega de información, simplificación de trámites, asesorías a eventuales exportadores.
Asimismo, vale la pena estudiar una posible integración en las cadenas de valor, en línea con lo que ocurre en Asia, donde diferentes países venden materias primas y componentes a China, que luego reexporta manufacturas a Occidente.
Mesquita estima que también es necesario que la región tome conciencia de que es muy difícil que vayamos a poder competir con China e India en manufacturas, ya que la disponibilidad de mano de obra no calificada en esos países les da una ventaja enorme en sectores como textiles.
Es probable que la respuesta esté en los sectores de commodities y recursos naturales, dándoles valor agregado o vendiendo tecnologías desarrolladas para la explotación de esos commodities.
En el caso argentino, por ejemplo, las innovaciones que se aplican al cultivo de soya. La lucha contra el calentamiento global también podría impactar el comercio, más allá de los efectos directos de tener que cumplir con múltiples estándares que han proliferado de modo desordenado y que será necesario armonizar.
Un ejemplo de lo que podría venir está en el proyecto de ley Waxman-Markey que se aprobó hace unas semanas en la Cámara de Representantes de Estados Unidos.
Aunque el objetivo de la ley es establecer un sistema de límites a la emisión de carbono, contempla también la posibilidad de cobrar un impuesto en la frontera a las exportaciones de países que superen cierto umbral de emisiones.
Aunque apunta a China e India, la norma puede aplicarse a cualquier país que supere el 0,5% de las emisiones globales. Eso incluye a Argentina, Brasil, México y Venezuela y, si se consideran sus exportaciones de cobre, alcanza también a Chile.
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